Serenity (2019)

Serenity-posterCuando escribí sobre la película danesa Den Skyldige (The Guilty; 2018) me acordé de Locke (2013), una cinta dirigida por Steven Knight que se caracteriza por su modestia narrativa. Ambientada de manera exclusiva en el interior de un vehículo conducido por su protagonista, quien interactúa con los demás personajes solo a través de su teléfono, se trata de una obra que despoja al relato de cualquier elemento prescindible y crea de forma inesperada un resultado que no solo es interesante en términos de historia, sino que además resuena emocionalmente. Es el tipo de trabajo que le permite a un cineasta ser notado y generar expectativas acerca de su próximo trabajo, lo que en el caso de Knight -cuya carrera ha estado más ligada solo a la escritura de guiones para televisión y cine, y no tanto a la dirección- se tradujo en el largometraje Serenity (Obsesión).

Sin embargo, esta película nos muestra uno de los riesgos que corren los directores talentosos, y es que no siempre son infalibles, pudiendo de vez en cuando equivocarse. No se trata solo del traspié de un buen director, es decir, de una obra irregular en medio de una filmografía de buen nivel, como por ejemplo Trance (2013) en el caso de Danny Boyle. Esta película se asemeja más a lo que ocurre con The Cobbler (2014) y Tom McCarthy, es decir, algo que se adentra al terreno de lo desastroso. Ambas obras incluso comparten unos giros en sus tramas que buscan darle una nueva perspectiva a las historias que estábamos viendo, tratando de expandir los límites del mundo donde transcurren, pero con un efecto más confuso que deslumbrante. No puedo negar que la cinta me fascinó, ya que lo hizo, pero por las razones equivocadas.

La historia está ambientada en una isla tropical llamada Plymouth, que está ubicada cerca del estado de Florida. En aquel lugar vive Baker Dill (Matthew McConaughey), el capitán de un barco que trabaja como guía de pesca para turistas adinerados, junto a su auxiliar Duke (Djimon Hounsou). Sin embargo, el negocio de Dill se ve perjudicado por la obsesión que tiene con un esquivo atún que bautizó “Justicia”, al que trata de capturar por cualquier medio posible. Justo cuando se encuentra en su peor situación económica, llega a la isla Karen (Anne Hathaway), una antigua pareja del protagonista con quien tuvo un hijo. Aunque no se han visto en varios años, la mujer le propone llevar a su violento marido Frank (Jason Clarke) en una expedición de pesca, embriagarlo y arrojarlo por la borda para que lo coman los tiburones, de tal forma que todo parezca un accidente. A cambio de eso recibirá 10 millones de dólares.

Con ese tipo de premisa, Serenity podría haber sido un buen y acotado thriller, donde el protagonista se ve enfrentado al dilema de dejar atrás su pasado, rechazando la oferta de Karen, o decidir ayudarla a ella y a su hijo a través de un crimen de esa envergadura. Pero desde los primeros minutos la obra transmite la sensación de que hay algo más que lo apreciable a simple vista. La atmósfera que emana de la isla es muy particular, lo que se nota en el recurrente anhelo del protagonista por perseguir a ese misterioso pescado, a la manera en que los secretos y rumores se propagan entre los habitantes del lugar, y a la presencia de un insistente hombre de negocios que quiere hablar con Dill.

Todos esos elementos nos sugieren que algo no anda bien en la isla, o que las cosas no son del todo lo que parecen. Incluso algo tan primordial como los movimientos de cámara son utilizados de vez en cuando de formas poco convencionales para aludir a lo que ocurre realmente. Las actuaciones también presentan algunas variaciones de lo que podría ser considerado “normal”, lo que se nota en la primera escena que comparten McConaughey y Hathaway, donde la actriz está envuelta en una espesa aura de cine negro, acercándose a los extremos de la caricatura debido a su artificialidad. Aunque la cinta va esparciendo estos indicios acerca de lo que se esconde en su trama, y pese a que podemos ir sospechando algo más o menos cercano a lo que está ocurriendo realmente en la película, la decisión de Knight sigue teniendo un aire descabellado.

El giro no ocurre durante los minutos finales de la película, sino que antes, cerca de la mitad del metraje. No hay, por lo tanto, un simple ánimo de sobrecoger a la audiencia con una sorpresa al cierre, sino que se pretende lograr algo más. Lo que el guion busca es mostrar la historia desde una perspectiva nueva, cambiando el entendimiento que teníamos acerca del mundo donde transcurre la obra. Steven Knight cambia la precisión y economía narrativa que ocupó en Locke por un relato más desmesurado, en el que no tiene miedo de explorar vertientes estrafalarias. Se nota el esfuerzo que hace por intentar crear una cinta alucinante, que descoloque al espectador, pero pese a su empeño el resultado se aleja bastante de ese objetivo.

Aunque Serenity trata de instalar ideas existenciales, preguntas sobre la línea que separa a la realidad de la ficción, y planteamientos sobre la identidad, esos objetivos se ven perjudicados por una historia que no termina de convencer. Su trama presenta imperfecciones relacionadas con la verosimilitud, tanto interna como externa, lo que suscita diferentes preguntas involuntarias acerca de por qué están ocurriendo algunas cosas en la pantalla. Quizás por un tema generacional, la manera en que desarrolla ciertos elementos de la obra resulta anticuada, como si estuviésemos viendo una película de los años 80 o 90; es difícil sumergirse en una obra que ni siquiera podemos tomar en serio.

Estamos ante una inusual combinación de elementos, donde un director de gran potencial, actores de renombre (dos de ellos ganadores de premios Óscar), y un presupuesto considerable, crean una obra tan fallida. Este efecto es aun más poderoso debido a las pretensiones del guion, ya que un simple thriller podría haber dado lugar a algo mediocre, olvidable, pero su afán por introducir un giro en la trama, esa ambición de construir una historia aparatosa hace que el descalabro se sienta más estrepitoso. A la cinta no le basta con una trama estándar, sino que aspira a algo más, a algo incluso cerebral, lo que expone aun más sus falencias.

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