Brightburn (2019)

Brightburn-posterAun dentro del universo ficticio que habita, era poco probable la existencia de Superman tal y como lo conocemos. Que uno de los seres más poderosos del universo haya llegado a un planeta lleno de individuos insignificantes, y su deseo sea protegerlos y no destruirlos, demuestra una visión bastante optimista de sus creadores. Esto se debe principalmente a la forma en que es criado por sus padres adoptivos, quienes le enseñan acerca de la empatía y a ocupar sus poderes para ayudar a quienes más lo necesitan. La idea de que el destino de ese superhéroe dependía del lugar donde creció es también desarrollada por algunos cómics de la editorial DC donde se narran historias alternativas sobre su origen, como Red Son o Speeding Bullets, que muestran al kryptoniano aterrizando en la Unión Soviética y en Gotham City, respectivamente.

Las habilidades sobrehumanas de un personaje como ese corren el gran riesgo de ser utilizadas para fines malignos, una idea que es explorada por la película Brightburn (Brightburn: Hijo de la oscuridad) de David Yarovesky. Producida por James Gunn y escrita por su hermano Brian y su primo Mark, la cinta no esconde los paralelos que quiere crear con la historia de Superman, desde la nave que aterriza en una zona rural de Kansas con un bebé abordo, y la pareja que lo adopta, hasta los poderes que tiene (súper fuerza, invencibilidad, vuelo, lanzar rayos por los ojos) e incluso su icónica capa roja. Estamos ante una versión oscura del superhéroe que lucha por “la verdad, la justicia y el estilo americano”.

En este caso, Smallville es reemplazado por el pueblo que da nombre a la película, y el rol del matrimonio Kent es ocupado por Tori y Kyle Breyer (Elizabeth Banks y David Denman), una pareja de granjeros que no han podido tener hijos debido a problemas de fertilidad. Una noche, su situación cambia cuando descubren una nave espacial que transporta a un bebé aparentemente humano, al que deciden adoptar. Doce años después, Brandon (Jackson A. Dunn) comienza a experimentar algunos cambios en su cuerpo, y no solo por la llegada de la pubertad, descubriendo que tiene unas poderosas habilidades que lo diferencian del resto. Guiado por un misterioso vínculo con la nave que lo trajo al planeta, el adolescente adquiere pensamientos megalómanos, que lo hacen ver su particular naturaleza como una muestra de su superioridad y del derecho que tiene para someter a los demás a su voluntad.

Problemas cotidianos como los desacuerdos que tiene con los adultos, el hostigamiento que recibe de algunos compañeros en el colegio, o su interés por el sexo opuesto, adquieren una dimensión nueva y siniestra debido a sus habilidades. La volatilidad o impulsividad que caracterizan a la adolescencia pasan a materializarse de forma más intensa cuando el individuo es capaz de cumplir sus deseos oscuros con facilidad. Las acciones de Brandon son tan violentas como caprichosas, y basta cualquier excusa para que opte por el camino de la furia, a través de un enmascarado alterego que incluso tiene la osadía de dejar su firma en cada escena del crimen. En esta película los superpoderes no son utilizados como una herramienta heroica, sino que para generar terror.

En una época donde las cintas sobre superhéroes dominan Hollywood y la persistencia de este fenómeno ha permitido el surgimiento de lugares comunes y clichés, siempre son bienvenidas las alternativas que abordan este tipo de historias desde una perspectiva distinta. Brightburn no solo narra el relato de un joven que se aleja de esa senda que uno generalmente asocia con los superhéroes, sino que además lo hace con reglas ligadas al cine de terror. Con la ayuda del director de fotografía Michael Dallatorre, la obra logra algunas imágenes de gran impacto visual, como Brandon flotando en el aire con los ojos brillantes y rojos, asechando a sus víctimas, mientras que el diseño de vestuario de Autumn Steed le da una apariencia distintiva. Estos méritos permiten incluso pasar por alto algunos jumpscares que no aportan demasiado.

Sin embargo, es en el núcleo de la película, aquellas ideas que parecía proponer, donde la cinta no cumple con las expectativas. La oportunidad para explorar cómo determinadas circunstancias pueden influir en el tipo de personas que terminamos siendo, se queda en una confusa posición donde mezcla tantos los elementos innatos del sujeto como los factores externos que lo rodean, pero sin entregar una visión demasiado comprometida. No existe, por parte de la obra, una postura interesante o compleja sobre el tema, prefiriendo una solución desdibujada, débil. Hasta el riesgo de crear un nexo entre el bullying sufrido por el protagonista y sus deseos por destruir su entorno -con la comprometedora posibilidad que implica, considerando hechos como los tiroteos de escuelas en Estados Unidos- podría haber llamado más la atención.

Una premisa que podría haber servido para explorar la mente del protagonista, sus dificultades y motivaciones, es reducida a un ejercicio simplista, que entrega un resultado solamente correcto. A diferencia de Chronicle (2012), la cinta dirigida por Josh Trank y escrita por Max Landis, que desarrollaba de mejor manera esas ideas, Brightburn no se da el tiempo suficiente para mostrar a sus personajes con detención. La película no es muy asidua a las pausas, a los momentos donde podamos ver situaciones cotidianas que le entreguen una cuota más humana al relato, lo que se nota en el montaje utilizado, que pasa de una escena a otra de forma demasiado acelerada. Debido a esa estrategia, es poco lo que la obra puede profundizar sobre sus personajes y temas, limitándose a un enfoque más superficial del relato.

Incluso el descubrimiento de las habilidades de Brandon, que tenía el potencial de convertirse en un aspecto vibrante de la obra, es mostrado de una manera discreta, poco llamativa. A pesar de los defectos que tuvo la aproximación de Zack Snyder al personaje de Superman, uno de los elementos más destacables de su película Man of Steel (2013) fue la secuencia donde un joven Clark Kent se ve agobiado por la intensidad de sus propios poderes. Eso no solo se ve en la escena donde sus sentidos reciben los estímulos del entorno en el que se encuentra, sino también en el miedo que siente por todo lo vivido, y la confusión de no pertenecer al mundo en el que vive. David Yarovesky no logra crear momentos que se acerquen a ese tipo de impacto.

Que la cinta no sea tan efectiva como prometía parece depender de la falta de confianza que tiene por su material y por los espectadores que la verán. En una escena que ocurre durante el primer tercio del metraje, Brandon responde una pregunta de su profesora y explica que hay una especie de avispa que infiltra a sus crías en nidos de otras especies para que se alimenten de sus huéspedes, lo que es una clara referencia a la presencia de ese adolescente en nuestro planeta. Ese tipo de reiteración también es utilizada en los créditos finales de la obra, cuando suena la canción “Bad Guy” de Billie Eilish, una elección que busca ser irreverente por su obviedad, pero que al mismo tiempo demuestra una desconfianza hacia las sutilezas y la ambigüedad.

Como película, Brightburn no es deficiente, y hay ratos en los que se nota un buen trabajo de sus realizadores. En definitiva, cumple con el restringido desafío que se autoimpone, pero es inevitable quedar con un gusto a poco, como si la cinta no aprovechó lo que tenía a su alcance, y prefirió seguir un camino menos interesante que las demás rutas disponibles.

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