Godzilla: King of the Monsters (2019)

Godzilla_King_of_the_Monsters-posterEl buen resultado que obtuvo en la taquilla, sumado a que giraba en torno a un personaje altamente reconocible en la cultura popular, hizo que la idea de estrenar una secuela para la película Godzilla (2014) fuese algo que la empresa productora Legendary Pictures no podía dejar pasar. La pregunta, sin embargo, estaba en el enfoque que se ocuparía en la nueva cinta, ya que uno de los aspectos que generó división entre los críticos y los espectadores fue la manera en que el director Gareth Edwards desarrolló la presencia del monstruo que da título a la obra, mostrándolo de a poco y limitando su lugar en la pantalla solo a lo estrictamente necesario, surgiendo en todo su esplendor solo en los minutos finales del relato.

Esa estrategia, que estuvo influenciada por su primer largometraje, Monsters (2010), no fue bien recibida por un sector del público que consideró insuficiente sus breves minutos en la pantalla. Estas dudas, quizás, hicieron que Edwards saliera finalmente de la producción de la segunda parte, pese a haber sido escogido inicialmente para repetir su rol como director. El puesto fue luego asumido por Michael Dougherty, quien optó por un enfoque distinto, reemplazando la revelación lenta que ocupó la anterior cinta por un estilo más directo. Si quienes criticaron la película previa lo hicieron sobre una supuesta ausencia de la criatura principal, en Godzilla: King of the Monsters (Godzilla 2: El rey de los monstruos) no solo aparece más tiempo en la pantalla, sino que además interactúa con otros kaijus de la saga japonesa original.

La mayor presencia que tiene Godzilla en esta cinta no llega al extremo de que la historia prescinda completamente de los personajes humanos, quienes tienen la función de transmitir la información relevante y generar un lazo más cercano con los espectadores. Los protagonistas de la cinta anterior no aparecen en esta segunda parte, pero las consecuencias de los sucesos narrados en ella sirven como punto de partida para la nueva obra. La destrucción causada en la ciudad de San Francisco por la pelea entre Godzilla y sus enemigos provocó también la muerte del hijo de Mark y Emma Russell (Kyle Chandler y Vera Farmiga), un matrimonio de científicos que trabajaba para Monarch, organización dedicada al estudio de estos monstruos gigantescos.

Mientras Mark considera que Godzilla y las demás criaturas deben ser destruidas, Emma ha dedicado sus investigaciones a un aparato que le permite comunicarse con ellos. Sus labores son interrumpidas por el coronel Alan Jonah (Charles Dance), un militar británico rebelde que está obsesionado con reinstaurar el apogeo de estos monstruos en el mundo, como una especie de castigo contra los vicios de la humanidad. Para lograr eso, la máquina de Emma resulta esencial, y la propia científica lo ayuda a despertar a diferentes criaturas, incluido Ghidorah, un dragón de tres cabezas. En medio de todo esto se encuentra Madison, la hija adolescente de Emma y Mark, que intentará detener el plan de Jonah antes de que sea demasiado tarde.

Aunque hay un esfuerzo por parte de la película para hacer que los personajes humanos tengan algo de peso y repercusión emocional, y en principio son más interesantes que los personajes de la película previa, por lo general sus escenas no llaman demasiado la atención. Su presencia se siente como algo necesario, casi de rutina, así que el impacto que producen es muy limitado. La cinta tampoco aprovecha a algunos de sus actores secundarios, entre los que se encuentran Thomas Middleditch y O’Shea Jackson Jr., dos personas que se caracterizan por su talento cómico y que no logran brillar en este proyecto. Otros miembros del elenco, como Sally Hawkins, nominada a dos premios Óscar, ocupan también papeles injustamente unidimensionales y restringidos.

A veces, la cinta presenta algunos puntos en común con Batman v Superman: Dawn of Justice (2016) de Zack Snyder. Ambas tienen un afán por reunir varios elementos reconocibles de los universos ficticios a los que pertenecen, juntando personajes y referencias que se sienten algo apresuradas ya que sus películas previas no prepararon del todo el terreno para su llegada. Además de eso, se nota un interés por sembrar las semillas para una nueva cinta que se convierta en la culminación de algo que está a punto de estallar, lo que en este caso corresponde al encuentro entre Godzilla y King Kong, otro monstruo colosal que Legendary Pictures tiene dentro de su catálogo y del cual ya había estrenado su propia película, Kong: Skull Island (2017).

La trama es bastante directa en los elementos que la conforman, estando por un lado la máquina capaz de despertar y poner en movimiento a las criaturas, y por otro lado la figura de Godzilla que se enfrenta a los demás monstruos para intentar detenerlos. Pero ese planteamiento se complica cuando examinamos las motivaciones de algunos de sus personajes humanos, ya que no queda del todo claro qué es lo que quieren lograr en última instancia. Quizás la respuesta está en la misma película, y mi falta de interés mientras la estaba viendo me impidió identificarla, pero para descubrirlo tendría que verla de nuevo y es difícil que eso ocurra porque no hay muchas cosas en ella que justifiquen repetírsela.

Incluso las escenas que muestran a los monstruos son incapaces de generar demasiado entusiasmo, lo que es un inconveniente cuando ese es el aspecto que buscaba convertirse en el gran atractivo de la cinta. De las películas estadounidenses que se han hecho sobre Godzilla, esta es la que más se acerca al espíritu de las versiones japonesas, debido al número de criaturas que aparecen, el carácter estrafalario de las situaciones narradas, y el rol de Godzilla como protector de la humanidad. No obstante, pese a las intenciones de King of the Monsters de presentarse como un espectáculo de destrucción y peleas colosales, la forma en que están construidos esos enfrentamientos y la manera en que se relacionan con la historia de los personajes humanos, no llega a alcanzar el carácter épico que busca.

Es cosa de comparar esta película con Pacific Rim (2013), de Guillermo del Toro, para confirmar cómo se deben caracterizar los personajes para que resulten interesantes, otorgándoles rasgos de personalidad fáciles de identificar, y cómo hacerlos partícipes de la historia, para que no se sientan como una mera interrupción de las peleas entre los monstruos. Hay también en la obra de del Toro una clara habilidad para representar la escala enorme de los kaiju, y para planear las escenas de acción con el objetivo de que tengan una clara progresión dramática, introduciendo riesgos nuevos a medida que avanzan. Si bien en esta obra presenciamos de vez en cuando ciertos momentos creativos que llaman la atención, se trata de instantes aislados dentro de un trabajo que tiende solo a lo correcto.

Algo que se nota en Pacific Rim y en la Godzilla de Gareth Edwards es que pese a ser grandes blockbusters no pierden la impronta personal de sus respectivos directores. Eso que fue tan criticado por algunos en la cinta de Edwards es en realidad una muestra del compromiso que tuvo por su visión como artista, prefiriendo arriesgarse a crear algo del montón. La representación de Godzilla como un desastre natural, cuyo paso por un determinado lugar es capaz de influir sobre los elementos naturales en una escala gigantesca, tuvo un efecto singular en esa obra y demostró una visión propia de su autor. Ese tipo de enfoque, a pesar de lo arriesgado que es -o debido a lo arriesgado que es-, le otorga un valor adicional a aquella película, un interés mayor que haber escogido el camino más fácil.

King of the Monsters, en cambio, opta por ese camino más fácil, y a pesar de ello el resultado no está a la altura de lo que prometía. Más preocupada de reunir a las famosas criaturas de la franquicia a la que pertenece, apelando al fan service, la cinta se olvida de que antes debe contar una buena historia y narrarla de manera eficiente. Además de eso, la manera en que trabaja con los elementos que tiene a su alcance no le permite construir una identidad propia tan marcada, aún teniendo en la dirección a alguien talentoso como Michael Dougherty, que anteriormente había estrenado películas de terror con personalidad como Trick ‘r Treat (2007) y Krampus (2015). A diferencia de Pacific Rim o Godzilla, donde cambiar a sus directores podría dar como resultado unas obras muy distintas a las creadas, no se ve con claridad en este caso cuál sería el rasgo distintivo que se perdería en caso de reemplazar a Dougherty con alguien más.

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