Dark Phoenix (2019)

Dark_Phoenix-posterLa saga fílmica de los X-Men, que debutó hace casi veinte años y generó más de una decena de películas, ayudó a instalar las primeras piedras del actual panorama del cine de superhéroes en Estados Unidos. Sin embargo, esa importancia cultural y económica no se tradujo en una serie demasiado regular en su calidad ni en su coherencia narrativa en el largo plazo, lo que llevó a sus realizadores a introducir primero algunas versiones jóvenes de sus personajes con X-Men: First Class (2011) y luego intentar una especie de reinicio gracias a los viajes temporales en X-Men: Days of Future Past (2014). Ese tipo de rectificación ha permitido que incluso se puedan contar nuevamente algunas historias que ya habíamos visto dentro de la misma franquicia, algo que ocurre en su nuevo estreno, Dark Phoenix.

Esta historia extraída de los cómics, obra del escritor Chris Claremont y del artista John Byrne, fue publicada a lo largo de varios números en 1980, y fue adaptada al cine primero en X-Men: The Last Stand (2006) de Brett Ratner. El resultado de aquella cinta fue insatisfactorio, ya que los elementos de ese relato fueron relegados a un segundo plano y no fueron demasiado fieles a lo que aparecía originalmente en las viñetas, algo que incomodó al coguionista Simon Kinberg, quien era fanático de estos personajes. Con el paso del tiempo, Kinberg pasó a ocupar un rol más prominente dentro de la franquicia, llegando no solo a escribir las películas de estos superhéroes sino también a producirlas, y tras la salida de Bryan Singer de la saga ahora tuvo la oportunidad de debutar como director.

Aprovechando el borrón y cuenta nueva que ocurrió hace algunos años con estas películas, Kinberg decidió llevar nuevamente la historia de la Fénix Oscura a la pantalla, a través de la línea temporal que surgió de ese reinicio. El estreno de Dark Phoenix supone el cierre de un ciclo para él, ya que no solo revisita la historia que narró en The Last Stand, su primer trabajo dentro de esta serie, sino que además parece ser la despedida de esta versión de los mutantes. Con la compra que Disney hizo de Fox, y su interés por utilizar a los X-Men en el Universo Cinematográfico de Marvel, lo más seguro es que el estudio quiera mostrar su propia versión de los personajes, con nuevos actores e historias, sin estar sujeto a las limitaciones de un mundo ya creado. Aunque la producción de esta cinta comenzó antes de que ocurriera esa adquisición, el guion de Kinberg tiene la sensación de una conclusión o despedida.

La película está ambientada en 1992, época en la que los mutantes ya no son perseguidos por el resto de la sociedad e incluso han adquirido una reputación de héroes. Esto es en parte gracias a los esfuerzos de Charles Xavier (James McAvoy), quien con la ayuda de los alumnos de su instituto utiliza esos poderes para el bien. En una de esas misiones, el grupo de mutantes conformado por Mystique (Jennifer Lawrence), Beast (Nicholas Hoult), Jean Grey (Sophie Turner), Cyclops (Tye Sheridan), Storm (Alexandra Shipp), Nightcrawler (Kodi Smit-McPhee) y Quicksilver (Evan Peters), viaja al espacio para rescatar a la tripulación de un transbordador, pero en medio de ese procedimiento Jean es alcanzada por una extraña erupción de energía.

En vez de matarla o herirla, el accidente incrementa los poderes de la mutante telepática-telequinética, quien además experimenta un profundo cambio en su subconsciente, derribando algunas barreras que habían ocultado unos traumas de su infancia. Si bien al comienzo estos cambios no son demasiado notorios, la situación se va agravando y a la joven le es cada vez más difícil controlar sus acciones. El nuevo poder de Jean atrae a una raza de extraterrestres capaces de adoptar una apariencia humana, los que son liderados por Vuk (Jessica Chastain), que quiere controlar esa energía cósmica y utilizarla en su propio interés.

Aunque Dark Phoenix es la conclusión de una etapa que se extendió durante varios años, no hay en la obra un ánimo tan descomunal como, por ejemplo, lo que significó Avengers: Endgame (2019). De hecho, hasta su antecesora X-Men: Apocalypse (2016) llega a tener una escala más gigantesca que esta entrega. La diferencia es que mientras en aquella obra se le intentaba dar una mayor atención al objetivo del espectáculo, en esta nueva cinta el foco pasa a estar sobre las relaciones entre los personajes, una decisión que no era la más esperable, sobre todo en un panorama donde los blockbusters tienden a apuntar a lo monumental, pero que le otorga una meritoria cuota de diversidad. Que Kinberg haya escrito, dirigido y producido la película facilita ese tipo de apuestas, al no estar expuesto a la influencia externa de tantas personas.

Gracias a esa forma de desarrollar el relato, podemos ver una nueva e interesante dimensión de Charles Xavier, cuyos esfuerzos por dar a conocer los beneficios de su escuela pueden sugerir también un cierto grado de egocentrismo de su parte. El ansia de recibir un reconocimiento por su labor lo lleva incluso a exponer la seguridad de sus alumnos, un sacrificio que parece justificable para él con tal de alcanzar ese objetivo. También se nota un mayor peso en la caracterización de Beast, quien en un determinado punto de la historia demuestra unas reacciones más impulsivas de lo normal, debido a todo lo ocurrido, recurriendo a un actuar más visceral que intelectual. Incluso Nightcrawler, que no recibe la misma atención que esos dos personajes, tiene un momento de catarsis durante el último tercio del metraje.

El número de personajes secundarios no permite que todos puedan ser explorados con la misma profundidad, así que algunos de ellos se limitan solo a ser funcionales para la trama, como Storm, Cyclops, y más notoriamente Quicksilver, quien ha sido relegado solo a una sombra de aquel popular mutante que vimos en Days of Future Past. Un caso aparte es el de Mystique, que de manera similar a lo que vimos en Apocalypse no justifica toda la atención que recibe de parte de la obra. Esto tampoco es ayudado por el poco interés que demuestra Jennifer Lawrence en sus escenas, algo curioso si consideramos que la actriz había fijado como condición fundamental para participar en esta película que Kinberg fuese el director. Su desinterés contrasta con el compromiso que demuestra Michael Fassbender, quien vuelve a interpretar a Magneto con una intensidad admirable.

Debido al estilo más contenido que ocupa, Dark Phoenix no recurre tanto a las secuencias de acción exaltadas que uno podría esperar del cine de superhéroes. Aunque hay algunas escenas repletas de efectos digitales, hay algo en ellas que las hace un poco planas, sin crear un gran impacto en el espectador. La excepción ocurre durante el clímax de la cinta, en una secuencia que involucra un enfrentamiento a bordo de un tren militar. Es en esos minutos donde vemos una mayor claridad por parte del director al momento de representar la acción, mostrando las diferentes habilidades de los mutantes y entregándoles oportunidades para que cada uno brille.

La parquedad demostrada por la obra también se extiende a su forma de caracterizar a la protagonista. Somos testigos del sufrimiento de Jean Grey por el poder inconmensurable que se apodera de su cuerpo, la vemos sentirse traicionada por unos aspectos de su pasado que le fueron ocultados, y presenciamos su descenso hacia los rincones más oscuros de su ser, pero todo eso se siente medio ajeno, medio lejano. Pese a que entendemos lo que ocurre con ella, salvo un par de ocasiones no sentimos del todo ese golpe emocional que la obra pretende generar. La propia Sophie Turner parece algo desplazada, no solo por una interpretación sin muchos destellos, sino también por aparecer en el quinto lugar de los créditos, pese a que la película gira en torno a ella e incluso el título hace referencia a su personaje.

Sin ser el desenlace excepcional que necesitaba una saga tan larga e importante, Dark Phoenix igual cumple con crear esa sensación de cierre que permitiera dar paso a la nueva etapa que surgirá con Marvel Studios y Disney. Su interés por centrarse en las relaciones de los personajes más que en la pirotecnia de los efectos especiales es meritorio, aunque el resultado no termina de salir de esa zona intermedia de lo simplemente correcto. A pesar del esfuerzo por destacar los lazos que existen entre sus personajes, la película sigue sujeta a aquellas convenciones que son esperables de una cinta de superhéroes promedio, lo que en este caso además nos hace preguntar qué habría pasado con una apuesta más jugada; si la idea era poner el foco sobre lo que siente este grupo de superhéroes, recurrir a una visión más comprometida con ese objetivo.

Sobriedad y empatía no tienen por qué ser necesariamente sinónimo de falto de vida. Logan (2017), la mejor cinta del universo de los X-Men, ya demostró el potencial de este tipo de historias.

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