The Mustang (2019)

The_Mustang-posterAlgunos años atrás, la actriz francesa Laure de Clermont-Tonnerre leyó un artículo acerca de un programa destinado a la rehabilitación de reos que consistía en ocupar animales y ponerlos bajo el cuidado de los convictos para desarrollar su empatía. Ese programa, que en algunas cárceles de Europa recurría a animales de tamaño reducido, la inspiró para dirigir el cortometraje Rabbit (2014), acerca de una reclusa a quien le es asignado el cuidado de un conejo. La cinta fue exhibida en el Festival de Cine de Sundance, y durante los años siguientes la realizadora trabajó con la colaboración de ese evento para crear su primer largometraje, The Mustang, en el que desarrolló el núcleo de esa misma idea, ahora desde una perspectiva ligada a lo que ocurre en Estados Unidos.

A diferencia de los animales pequeños utilizados en las prisiones europeas, en el país norteamericano la rehabilitación se hace en ciertos lugares con caballos salvajes, los que son domesticados por los reos y posteriormente subastados. La película comienza con un texto que nos explica que aproximadamente 100.000 caballos mustangs salvajes aun deambulan por el territorio de Estados Unidos, los que se han visto amenazados por la escasez de recursos y la privatización de los terrenos donde habitan. Como una manera de controlar la alta población de esos caballos, el gobierno captura y destina a un porcentaje de ellos a estos programas de rehabilitación en cárceles, como una manera de beneficiar tanto a los animales como a los reos.

La cinta transcurre en una prisión ubicada en pleno desierto de Nevada, en la que se encuentra Roman Coleman (Matthias Schoenaerts), un hombre retraído que de vez en cuando deja salir la violencia que lleva dentro, algo que le impide relacionarse de manera normal con el resto de las personas. Debido a su particular situación, la psicóloga de la cárcel (Connie Britton) lo asigna a desempeñar labores de limpieza en los establos del recinto, donde acaba de llegar un combativo caballo que llama su atención. El encargado de la domesticación de estos animales, Myles (Bruce Dern), se da cuenta de esto y aprovechando las similitudes que hay entre el reo y el caballo, incorpora a Roman al grupo de apaciguadores, donde deberá aprender ese oficio de manos de Henry (Jason Mitchell), un hábil convicto que maneja muy bien esas tareas.

Con una premisa como esa, no es difícil adivinar cuál será el desarrollo de la historia. The Mustang plantea de manera evidente el paralelo entre Roman y el caballo, como dos seres indomables que en la superficie parecen infranqueables, pero en el fondo esconden una gran vulnerabilidad. Por lo mismo, no es una sorpresa que a lo largo del metraje se va a crear una conexión entre ambos. Aunque su primer acercamiento es complicado, la paciencia y la empatía los lleva a un entendimiento mutuo, desenlace que surge de forma casi obligada debido al tipo de relato que tenemos adelante. Y como si eso no bastara, a veces el guion recurre a algunas frases medio clichés como “si quieres controlar a tu caballo, primero debes controlarte a ti mismo”, para reiterar la idea.

Los puntos recién señalados tenían la capacidad de transformar a la película en algo aburrido, plano, pero la obra termina entregando más que lo sugerido por su sinopsis. El valor adicional de la película no depende tanto de la trama, que se desenvuelve de una manera más o menos previsible, sino que de la caracterización de su protagonista y algunas de las ideas que explora. Es a través de esos aspectos que la cinta es capaz de construir matices interesantes y otorgarle una mayor profundidad a un relato que podría haber sido fácilmente olvidable. De repente, un trabajo que comenzamos viendo como algo desechable va adquiriendo una mayor sustancia a medida que el metraje avanza, no a través de revelaciones o giros en su historia, sino que gracias a la humanidad que le entrega a su personaje principal.

Visualmente, la película tiende a lo íntimo, por medio de una estética realista y cercana. La fotografía a cargo de Ruben Impens logra acentuar el vínculo que se crea entre el protagonista y su caballo incluso en las escenas donde ambos están en el exterior, las que son filmadas a través de planos medios y primeros planos. La obra no deja de lado la clara influencia del western en su historia y entorno, así que también crea imágenes más espaciosas, como una muy elocuente donde vemos a los reos montando sus caballos a modo de práctica, uno al lado del otro, flanqueados muy de cerca por dos vehículos de los gendarmes de la prisión.

Debido a lo reservado que es Roman con sus emociones y palabras, la actuación de Matthias Schoenaerts depende bastante del lenguaje no verbal para darle vida al personaje. Cuestiones como la postura, los movimientos físicos, la expresividad de los ojos y el tono de voz nos ayudan a entender lo que siente el protagonista, quien encapsula una potente rabia que aprovecha cualquier excusa para salir a flote. Se trata de una tarea meticulosa, donde los detalles nos van mostrando la evolución que experimenta su personalidad y la forma de relacionarse con los demás. La labor sobria pero efectiva de Schoenaerts me hizo recordar un poco a la de Ben Foster en Leave No Trace (2018), una historia que al igual que esta presenta la relación entre un padre y su hija.

The Mustang triunfa gracias a sus emociones crudas, las que convierten una obra que podría haber resultado empalagosa en manos de otro cineasta, en una cinta de fuerte peso dramático. Roman, al igual que varios de sus compañeros, debe luchar por mantener sus arrebatos violentos en raya, algo que los deja en un constante estado de tensión, de energía contenida. Dentro de las buenas escenas que tiene la película, hay una donde la psicóloga de la cárcel realiza una sesión de control de la ira con un grupo de reos, y ante la pregunta de cuánto se demoraron entre pensar y cometer el crimen que los llevó a estar en esa situación, los personajes mencionan que bastó solo un par de segundos para reaccionar violentamente.

La historia narrada en esta película se encuentra marcada por la noción de masculinidad torturada, por esa combinación de salvajismo y culpa que a veces se utiliza para identificar la esencia de “lo masculino”. Es curioso que haya sido una directora mujer quien decidiera contar este tipo de relato, pero eso no significa que haya hecho un mal trabajo, todo lo contrario. Puede que su perspectiva le haya dado un enfoque distinto al que habría tenido un cineasta varón, aunque ahí ya estaríamos entrando al terreno de la especulación. Algo que define la labor de Laure de Clermont-Tonnerre en esta obra es la empatía con la que explora las situaciones narradas, buscando lo complejo y lo humano por sobre lo simplista y artificioso.

De Clermont-Tonnerre demuestra una visión optimista sobre la posibilidad de rehabilitar a los reos, aunque no cae en el error de reducir el dilema de forma ingenua. La razón de que Roman se encuentre en la cárcel es mantenida en secreto durante gran parte de la película, y cuando es revelada nos obliga como espectadores a replantear o considerar algunas cosas que habíamos dejado de lado mientras veíamos la película. No son dilemas fáciles de responder, y por lo mismo pueden existir opiniones diversas acerca de el fin que tienen las penas, la dignidad de los convictos, el perdón, la responsabilidad, la salud mental, y la capacidad para cambiar como personas.

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