Toy Story 4 (2019)

Toy_Story_4-posterUna de las ideas que el estudio de animación Pixar ha cultivado a lo largo de los años es que la historia narrada es lo más importante en cada uno de sus proyectos, y si esta no funciona en la etapa de preproducción entonces no vale la pena continuar con una obra solo por la obligación de terminar algo ya iniciado. Esa, al menos, es la noción que la compañía se ha encargado de instalar como parte de su propia mística, perfilándose como un lugar donde el arte está antes de lo comercial. Pero con películas que requieren tanto tiempo y recursos, recibiendo a cambio enormes ingresos en la taquilla, la importancia del dinero no puede ser ignorada, y por lo mismo surgieron varias dudas cuando se anunció el estreno de una cuarta película de la saga de Toy Story, sobre todo después de una tercera entrega que había creado un gran desenlace para esos personajes.

Cuando Andy, el niño que era dueño de los juguetes protagonistas crece y debe entrar a la universidad, le regala sus preciadas posesiones a una niña llamada Bonnie, incluido su leal vaquero Woody (Tom Hanks). Era un cierre impecable para una trilogía que había madurado a lo largo del tiempo junto con los espectadores, creando un final que en teoría hacía innecesaria una cuarta parte. Si bien se estrenaron algunos cortometrajes luego de aquella cinta, eran historias bastante acotadas y solo cumplían el fin de mostrarnos en qué estaban algunos de esos personajes, y se sentían más como obras secundarias que como una continuación directa de lo ya visto. Toy Story 4, por lo tanto, estaba obligada a justificar su existencia más allá de como un simple intento por obtener un buen resultado comercial, ya que de lo contrario le restaría la fuerza a lo logrado en su antecesora.

Ese desafío se siente particularmente difícil durante los primeros minutos del metraje, cuando la obra presenta los problemas que debe enfrentar Woody, algo que hace recordar lo que ya habíamos visto en las películas previas. Aunque Bonnie es una niña imaginativa que tiene una fuerte conexión con sus juguetes, el vaquero queda relegado en comparación al resto de sus compañeros, y el miedo de ser olvidado lo empieza a incomodar. Un día, cuando la niña debe ir a su primer día de clases, Woody decide acompañarla y se esconde en su mochila, siendo testigo de los obstáculos que su dueña tiene para adaptarse a su nuevo entorno. Para ayudarla, deja a su alcance unos materiales de desecho que la niña ocupa para crear un compañero llamado Forky (Tony Hale), que no tarda en convertirse en el juguete favorito de Bonnie.

Junto a las situaciones creativas y coloridas que narra, las que giran en torno a la idea de que los juguetes tienen conciencia propia cuando las personas no los ven, la franquicia de Toy Story presenta varios elementos existenciales que le dan una interesante perspectiva a las cintas. Ya en la primera película de 1995 podíamos ver el miedo a la obsolescencia de Woody cuando el interés de Andy pasa a ser ocupado por su nuevo juguete, Buzz Lightyear (Tim Allen). En la segunda parte, estrenada en 1999, el personaje de Jessie (Joan Cusack) encarna la melancolía de que alguien sea dejado de lado, de ver cómo la niña que alguna vez fue su dueña creció y la desechó. Y en la tercera entrega, que llegó a los cines en 2010, los juguetes enfrentaron el mayor temor de todos, la destrucción material, en un momento bastante oscuro donde incluso llegaban a aceptar su trágico destino.

Esta dimensión existencial vuelve a estar presente en la cuarta película, no solo con lo vivido por Woody, que añora el pasado que pasó junto a Andy, sin poder ajustarse a la nueva realidad con Bonnie, sino también con la incorporación de Forky. Este personaje con cuerpo de tenedor-cuchara (o cuchador), brazos de limpiapipas y ojos saltones, plantea unas fascinantes preguntas acerca de qué seres son capaces de tener vida en ese mundo ficticio, y sobre todo cómo surge esa cualidad. Más que los elementos que lo conforman, la clave está en el fin que cumple, como compañero de Bonnie, y el afecto que la propia niña imbuyó en su creación, entregándole un rasgo esencial de ella como el nombre que escribe en la planta de sus pies.

En el proceso de creación de la película se produjo una efectiva combinación de visiones, lo que se nota en los dos guionistas acreditados en la cinta; por un lado, está Andrew Stanton, un veterano de Pixar que ha estado ligado al estudio desde incluso antes de la primera Toy Story, y por otro Stephany Folsom, quien no tenía experiencia previa trabajando en largometrajes animados. El director, Josh Cooley, parece ser una combinación de ambos enfoques, ya que si bien es el primer largometraje que dirige, ha trabajado hace 15 años en diferentes proyectos de la compañía, cumpliendo diferentes roles, desde la animación hasta la escritura, pasando por la actuación. De esta manera, posee la destreza de alguien que ha aprendido a dominar una disciplina a través de un largo periodo, pero a la vez el espíritu de alguien que está asumiendo un nuevo desafío.

Al ver Toy Story 4 uno reconoce la esencia de sus predecesoras, pero también un aire ligeramente distinto. Puede que sea el humor, que no solo parece ser más prominente en esta entrega, sino también dotado de una cierta singularidad propia de esta época. Esto se siente sobre todo con Forky, quien está con una constante expresión de terror en su rostro, presa de una ansiedad por su propia existencia que no logra entender del todo. A pesar de los esfuerzos de Woody por explicarle que es un juguete creado por Bonnie, el personaje se identifica más con la basura debido a que está hecho de desperdicios, y su principal afán consiste en desecharse a sí mismo. Hay algo medio millenial en la constante angustia de Forky y sus impulsos de autodesprecio.

La historia no se centra solo en Forky y su aprendizaje, ya que aprovechando un viaje que emprende la familia de Bonnie introduce a los juguetes a un nuevo entorno y permite reunirlos con una vieja conocida, Bo Peep (Annie Potts), una pastora de porcelana que era novia de Woody. Aunque el personaje formó parte de las dos primeras películas de la saga, estuvo ausente en la tercera, y en esta nueva cinta se explica la razón durante los minutos iniciales con un flashback que transcurre nueve años en el pasado. Luego de ser vendida a otras personas, Bo Peep terminó en una tienda de antigüedades, pero se cansó de vivir constantemente en una vitrina así que decidió independizarse y ayudar a otros juguetes recorriendo los rincones de un parque de diversiones.

Es en este contexto que aparece también la antagonista de la obra, una muñeca llamada Gabby Gabby (Christina Hendricks), que vive en la tienda de antigüedades y añora ser el juguete preferido de algún niño. Sin embargo, a pesar de los años que lleva en el lugar no ha llamado la atención de ningún comprador, algo que ella asocia a un problema que tiene con su caja de voz, así que ve la repentina llegada de Woody como una gran oportunidad para reemplazar esa pieza por una que funcione. A diferencia de lo que ocurre con los villanos de las otras cintas, Gabby Gabby no es completamente maligna, y sus cuestionables métodos parecen obedecer más a la desesperación que a la perversidad, adquiriendo un aire trágico que le entrega un mayor peso.

No es habitual destacar las actuaciones en una película animada, pero en el caso de Toy Story 4 se trata de un aspecto de gran valor. Quizás por ser una franquicia que se ha extendido por casi un cuarto de siglo, teniendo fanáticos que ya son adultos, se estrenaron algunas versiones subtituladas de la cinta en Chile, lo que me permitió verla con sus voces en inglés, lo que permite apreciar el trabajo del elenco original. Es asombroso lo que puede hacer Tom Hanks con su interpretación de Woody, un personaje con el que ya ha compartido durante décadas, y que en esta entrega adquiere una mayor cantidad de matices y un enorme grado de “humanidad”. Se siente el paso del tiempo en su caracterización.

El humor también se ve beneficiado al ver la película en su idioma original, con Tony Hale como uno de los grandes pilares de la obra. Los personajes más accesorios también brillan gracias a un acertado proceso de casting, destacando el dúo de Keegan-Michael Key y Jordan Peele, como Ducky y Bunny, dos deslenguados animales de peluche, y Keanu Reeves como Duke Caboom, un temerario motociclista canadiense marcado por un amargo pasado. Hay incluso un ingenioso cameo de un grupo de veteranos de la comedia estadounidense (Mel Brooks, Carol Burnett, Betty White y Carl Reiner) que no solo es simpático, sino que además remarca el tema del miedo a la obsolescencia que se extiende a lo largo de toda esta franquicia.

Para crear un resultado redondo, que presente situaciones y personajes creíbles, el buen trabajo del elenco es complementado por la maestría técnica que ha caracterizado a los trabajos de Pixar. Esto lo vemos en la enorme evolución de las herramientas digitales desde la primera cinta hasta ahora, que permite manejar con mayor verosimilitud las texturas, iluminación y efectos especiales dentro de las escenas, pero también en la animación en si misma, es decir, en los movimientos que vemos dentro de cada plano. No todos los personajes se mueven de la misma manera, ya que están limitados por sus articulaciones y materiales, lo que se nota al comparar las extremidades más temblorosas de Woody con el cuerpo rígido de Forky. El nivel de detalle alcanzado por los artistas involucrados es impresionante, y si uno presta atención puede verlo en algo tan sutil como los ojos de Gabby Gabby, que funcionan con la lógica de esas muñecas que abren o cierran sus ojos dependiendo de la posición de su cabeza.

Toy Story 4 parte con algunos conflictos que pueden resultar algo familiares si la comparamos con sus predecesoras, pero su mérito consiste en tomar esos aspectos comunes y crear algo que se siente novedoso a medida que la película avanza. No solo se profundizan cuestiones como el paso del tiempo y la relegación, sino que explora la base misma del mundo ficticio donde transcurren esas historias. El vínculo entre niños y juguetes es la esencia de esta franquicia, y en esta cuarta entrega vemos el debilitamiento de esa conexión en el caso de Woody, el anhelo de Gabby Gabby de construir ese lazo, la perplejidad de Forky de formar parte de una relación que no comprende y que fue creada de la nada, y por último la postura más cuestionadora de Bo Peep.

Esta película no se conforma solo con reiterar lo que vimos en las cintas previas, sirviendo como una mera prolongación de lo ya visto. Estamos ante una película que va incluso más allá que lo mostrado en Toy Story 3, justificando su existencia y hasta introduciendo un desenlace que se siente más definitivo que el visto en esa obra. Si en la tercera parte vimos una especie de cambio generacional, pasando los juguetes de un dueño a otro, en esta ocasión el final llega a alterar la situación de una forma que no me esperaba, pero que aun así parece acertada. Con elementos tan introspectivos como emocionantes, es difícil encontrar una saga tan admirable como esta dentro del Hollywood actual.

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