Dolor y gloria (2019)

Dolor_y_gloria-posterComo buen director de cine que pertenece a la categoría de “autor”, el español Pedro Almodóvar ha imbuido a sus trabajos de una indiscutible impronta personal. La veintena de largometrajes que ha hecho a lo largo de cuatro décadas muestra señales de sus intereses, gustos, estética y forma de ver el mundo, siendo un fiel reflejo de quién es como persona, y por consiguiente se trata obras que solo podrían haber sido creadas por él. Aunque hay una parte de él mismo que vuelca en esas cintas, ha sido con su más reciente película, Dolor y gloria, estrenado a los 69 años de edad, donde Almodóvar creó el que considera su trabajo más personal.

No estamos ante una autobiografía propiamente tal, ya que la ficción también se abre camino entre aquellos elementos que pueden ser rastreados a aspectos de su propia vida. Así como existen cuestiones con una clara influencia de su entorno, hay otras que fueron creadas de forma exclusiva para la película, y otras que si bien no ocurrieron en realidad parecen reflejar cosas que Almodóvar siente como parte de sí. El departamento del protagonista, por ejemplo, está basado en el del propio cineasta, mientras que el deseo por una droga como la heroína ha sido indicado por él en entrevistas como algo propio de este relato. A esta obra no le interesa tanto distinguir lo que es real y lo que no, prefiriendo la sinceridad emocional por sobre la verosimilitud de carácter enciclopédico.

El alter ego de Almodóvar en esta obra es Salvador Mallo (Antonio Banderas), un director de cine que se encuentra en una etapa de su vida llena de enfermedades y molestias físicas. La retrospectiva que se hará de una de sus antiguas películas, Sabor, estrenada décadas atrás, no solo lo lleva a revisitar esa cinta, sino que a contactar al actor protagónico, Alberto Crespo (Asier Etxeandia), con quien no había hablado desde su estreno original debido a un conflictivo rodaje. Este reencuentro lo expone además al consumo de heroína, como una manera de apaciguar sus constantes dolores, una experiencia que saca a flote algunos recuerdos de su pasado, especialmente aquellos ligados a su madre Jacinta (Penélope Cruz y Julieta Serrano).

En esta cinta, el pasado cumple un rol fundamental. Además de los flashbacks que nos muestran el pasado lejano del protagonista, representado por su infancia en el pueblo valenciano de Paterna, y aquellos que transcurren en una época más próxima, cuando su madre tiene una edad avanzada, las experiencias previas de Mallo aparecen de forma recurrente para sacudirlo. Esto lo vemos no solo en su reunión con Alberto, sino también en alusiones a algunas experiencias sexuales de su juventud, como la extenuante relación que tuvo con Federico (Leonardo Sbaraglia), a quien vuelve a ver de manera imprevista décadas después, o el accidental hallazgo de una antigua pintura que lo hace recordar sus primeras inquietudes eróticas.

La catarsis a la que apunta Almodóvar, que mezcla elementos reales y ficticios para explorar algunas interrogantes que tiene en lo profundo de su ser, está representada dentro de la propia película desde una perspectiva diferente, a través de unos escritos que el protagonista ha mantenido en secreto y que son descubiertos por Alberto. El actor lo convence de adaptarlos como monólogos teatrales, pero el director solo acepta bajo la condición de que la autoría de esos textos no se vincule a su nombre. Así, y pese a que se trata de obras ligadas de forma íntima a él, ese ejercicio de saneamiento lo prefiere realizar desde el anonimato. Es por medio de ese monólogo que vuelve a encontrarse con Federico, quien por mera casualidad ve una de las presentaciones y es capaz de reconocerse a si mismo en uno de los personajes mencionados.

De los términos que aparecen en el título de la cinta, la gloria es representada como algo lejano, a lo que Mallo se demuestra incluso indiferente. Corresponde a unos éxitos de su pasado artístico que vuelven en forma de coloquios a los que no quiere asistir, o como reconocimientos provenientes del extranjero que no logra comprender. Aunque el cine es su principal oficio y la causa de su fama, el personaje principal lo trata casi como algo secundario o superficial. Es en el dolor donde encontramos el núcleo de la obra, pero no se trata de un dolor truculento ni manipulador, sino que uno más honesto, en el que vemos la vulnerabilidad de Almodóvar, lo que le da una importante cuota de sinceridad a la película.

Los mejores momentos de Dolor y gloria están dotados de melancolía, como la escena donde Mallo vuelve a hablar con Federico luego de estar varias décadas alejados. La secuencia es planteada de manera sencilla, sin gestos desmesurados, dejando que sean los detalles los que hablen por si solos. Uno de los aspectos más elogiados de la obra ha sido la actuación de Antonio banderas, quien ganó el premio al mejor actor en el Festival de Cannes de este año, y durante esos minutos podemos ver por qué. Algo tan simple como Federico explicando lo que ha sido de su vida desde que dejaron de verse en la década de los 80, adquiere un enorme peso emotivo gracias a la sutil reacción del protagonista, quien trata de mostrarse contento por su antiguo amor, pero sufriendo al mismo tiempo por lo que no funcionó entre ellos.

Como es costumbre en los trabajos de Almodóvar, esta cinta posee destellos del estilo kitsch que lo caracteriza, reflejado en ciertos aspectos del diseño de vestuario, la paleta de colores, y la escenografía. Hay hasta una secuencia animada diseñada por Juan Gatti, habitual colaborador del cineasta, que ilustra los problemas de salud del protagonista de una forma didáctica y llamativa. Esa estética sobrecargada no es tan predominante como en otras de sus obras, sino que aflora de vez en cuando, en instancias puntuales. Fiel al tipo de historia que quiere narrar, el director opta por un enfoque más transparente, que trata de prescindir de elementos más superficiales.

Pese a no tener el impacto emocional de las películas que más me han gustado de este director, como Todo sobre mi madre (1999), Hable con ella (2002) y Volver (2006), ni la poderosa atmósfera de un trabajo como La piel que habito (2011), Dolor y gloria entrega un relato que demuestra el interés de Almodóvar por sincerar algunos rincones de si mismo. Si bien hay instantes en los que parece construir una obra algo trivial, que explora sus temas de forma simplista, la vulnerabilidad que termina demostrando le otorga el valor que necesita esta historia.

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