Under the Silver Lake (2018)

Under_the_Silver_Lake-posterComo el western, otro género que ha sido desarrollado en Estados Unidos, el cine negro puede demostrar una fuerte conexión con el lugar donde están ambientadas sus historias, convirtiéndose en un personaje más dentro de la obra. Una vertiente dentro de dicho género se caracteriza precisamente por transcurrir en una ciudad determinada, Los Ángeles, y ocupa su idiosincrasia para crear una atmósfera determinada. El L.A. Noir, al que pertenece la cinta Under the Silver Lake de David Robert Mitchell, aprovecha el glamour y la búsqueda de la fama, dos elementos que representan a la industria del entretenimiento que funciona en aquel lugar, para que sirvan como máscaras de los turbios secretos que se arrastran bajo su superficie.

La industria del entretenimiento tiene un rol fundamental en esta cinta, que además presenta varios guiños o referencias estilísticas a la filmografía de directores como Alfred Hitchcock o David Lynch. Dentro del entorno donde transcurre el relato, la presencia de esta dimensión es habitual, y bastante evidente. Lo notamos en los afiches de películas que hay en el departamento del protagonista, en las lápidas de un cementerio, en los diálogos donde se nombran algunas obras, y en ciertas escenas que recrean momentos famosos de otras películas. Alusiones como esas pueden caer en el riesgo de crear un resultado vacío, que solo se centra en lo superficial, pero en este caso apuntan a la esencia de la historia narrada. De hecho, la idea de lo superficial sirve para entender el núcleo de la obra, que no escogió la ciudad de Los Ángeles como escenario solo por casualidad.

El protagonista de Under the Silver Lake, Sam (Andrew Garfield), no es un detective, pero eso no le impide participar de una investigación que presenta los elementos típicos de este tipo de películas. Aunque está a punto de ser desalojado de su departamento por no pagar la renta, Sam no trabaja, tampoco estudia, y dedica la mayor parte del día a actividades de ocio, como espiar a sus vecinos desde el balcón. Es así como ve por primera vez a Sarah (Riley Keough), una atractiva joven por la que se siente atraído. Los intentos del protagonista por conocerla son interrumpidos de forma imprevista, cuando Sarah se muda de la noche a la mañana, en misteriosas circunstancias. El tiempo libre con el que cuenta Sam lo lleva a iniciar una búsqueda de su vecina, que revelará una compleja y vasta conspiración por medio de mensajes encriptados.

Con su anterior largometraje, It Follows (2014), el director David Robert Mitchell alcanzó un meritorio éxito comercial y de crítica, que le permitió ganar la suficiente reputación para tener mayor libertad en su nuevo proyecto. Lo esperable habría sido seguir dentro del cine de terror, un género que ayudó a renovar gracias a esa cinta, pero los planes de Mitchell eran más ambiciosos. En vez de seguir el camino fácil, prefirió desarrollar una obra de casi dos horas y media de duración, con una trama intrincada, elementos poco convencionales, y una inclinación por lo peculiar. La reacción dividida que recibió en el Festival de Cannes el año pasado, y los múltiples retrasos que sufrió el estreno en cines comerciales, dan cuenta de un trabajo osado, difícil de definir.

Durante la primera mitad del metraje, el director construye una atmósfera enigmática que nos mantiene intrigados por lo que ocurrirá después, aún cuando no entendemos del todo lo que está ocurriendo. Hay momentos en los que se menciona a un asesino de perros que ataca a las mascotas cuando las sacan a pasear, conocemos a un conspiranoico (Patrick Fischler) que escribe una revista acerca de varios misterios que existen en la ciudad, vemos a un grupo de música llamado Jesus & The Brides of Dracula, un conocido empresario desaparece en extrañas circunstancias, y surgen rumores acerca de una siniestra mujer que al atacar a sus víctimas se les aparece desnuda y ocupando una máscara de búho.

Todos esos factores pueden resultar algo desconcertantes, ya que además de lo estrafalarios que son no sabemos cómo están relacionados con el misterio principal, la desaparición de Sarah. Mitchell, sin embargo, es capaz de anteponer los estados de ánimo y las sensaciones por sobre la lógica para intentar cautivar a la audiencia a través de la atmósfera. La fotografía de Mike Gioulakis, y sobre todo la banda sonora de Disasterpeace (nombre artístico de Richard Vreeland), con alusiones a los thrillers de décadas atrás -específicamente al trabajo de Bernard Herrmann-, crean la ilusión de que estamos ante una película que pertenece a otra era, algo coherente con las constantes referencias que realiza al cine de hace medio siglo. Pero no se trata solo de una imitación barata de esos trabajos, sino que de algo que funciona con gran peso y eficacia.

Este hechizo va desapareciendo durante la segunda mitad de Under the Silver Lake, cuando la acumulación de interrogantes provoca el surgimiento de preguntas acerca del sentido de lo que estamos viendo. La investigación de Sam depende bastante de las coincidencias, de estar en el lugar y el momento adecuados, algo que hace medio artificioso su avance. Además, una parte importante del relato, que dice relación con una gigantesca conspiración que atraviesa la industria del entretenimiento, resulta entretenida como parte de esta película, es decir, como elemento de la narración, pero no convence mucho si la analizamos desde la lógica interna del mundo ficticio donde transcurre la obra.

El propio desenlace de la cinta, que deja cabos sueltos y prefiere sumergirse en la insensatez, puede convertirse en el gran punto de discordia de la película, aquel que lleve a algunos espectadores a considerarla incluso como una pérdida de su tiempo. Su final evita la resolución que uno normalmente esperaría, y muestra en cambio algo más anticlimático, decisión que me provocó algunas dudas cuando la vi. Sin embargo, al pensar sobre lo que había presenciado fui encontrando los méritos de la obra y esa atmósfera medio absurda que me gustó tanto de su primera mitad le entregó una mayor coherencia a los minutos finales, justificando así que el destino de este viaje escape de lo habitual.

A veces la opinión que uno tiene sobre una película va evolucionando con el paso del tiempo, y lo que pensábamos cuando los créditos finales aparecen es diferente a lo que creemos dos días o dos años después. En este caso, dejar reposar a la obra me dio la distancia suficiente para ver algunas virtudes que no habían quedado claras de inmediato. Si al principio la caracterización de Sarah me pareció deficiente, demasiado simplista, convertida solo en un ideal que el protagonista debe rastrear para su propio crecimiento personal, luego pude ver que ese era justamente el objetivo, y que la actitud de Sam no estaba siendo excusada por la película, sino que la estaba exponiendo.

La película está llena de alusiones a la idealización de las personas, algo que se puede ver sobre todo en una industria como la del cine, donde sus artistas son elevados al estatus de estrellas. Esto permite que en una fiesta se puedan ocupar sus lápidas como opulentas mesas, o que alguien sea capaz de coleccionar réplicas de sus rostros y exhibirlas con orgullo en su casa. Es a partir de ese proceso, que despoja a las personas de sus matices y contradicciones, para verlas como conceptos abstractos, que el personaje principal convierte a Sarah en un objetivo que busca alcanzar, y también explica las motivaciones que dan forma al gran misterio del relato.

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