The Man Who Killed Don Quixote (2018)

The_Man_Who_Killed_Don_Quixote-posterHay películas cuyas problemáticas producciones se volvieron tan célebres como las propias obras que engendraron. En algunos casos, como Apocalypse Now (1979), las complicaciones del rodaje aparecen como los sacrificios necesarios para dar forma a una obra maestra, mientras que en otros como Fantastic Four (2015), sirven para explicar un resultado desastroso. Entre las historias de proyectos dificultosos, pocas abarcan tantos años e intentos como los que Terry Gilliam invirtió en The Man Who Killed Don Quixote (El hombre que mató a Don Quijote), una película que demoró cerca de tres décadas en concretarse, desde su génesis hasta su estreno. Las numerosas complicaciones que tuvo la producción no son el único desafío que debe enfrentar, ya que su largo periodo de gestación ha levantado grandes expectativas ahora que por fin podrá ser vista por las audiencias.

Aunque Gilliam tuvo la idea de hacer la película a fines de los años 80, pasó cerca de una década para que obtuviese el financiamiento necesario.  En su primer intento de rodaje los protagonistas iban a ser Johnny Depp y Jean Rochefort, pero la producción debió ser interrumpida mientras filmaban en España debido a una combinación de problemas de salud, inclemencias del clima y complicaciones con los seguros involucrados. Los fallidos esfuerzos del director por concretar ese proyecto fueron registrados en el documental Lost in La Mancha (2002), que ayudó a instalar la idea de que se trataba de una obra “maldita”. Durante los años siguientes Gilliam continuó con el objetivo de filmar su película, y el reparto fue cambiando con el paso del tiempo, con nombres como Ewan McGregor, John Hurt, Robert Duvall y Jack O’Connell vinculados en algún momento a la cinta. Incluso después de haberla terminado, Gilliam tuvo algunos inconvenientes con el estreno, ya que uno de los productores que estuvo asociado al proyecto, el portugués Paulo Branco, lo demandó señalando que él era el titular de los derechos de la película, pero eso no impidió que The Man Who Killed Don Quixote fuese finalmente estrenada en el Festival de Cannes del año pasado.

Ya desde sus primeros minutos la película demuestra estar consciente de su tortuoso camino, con un texto que nos presenta la obra que ha estado “más de 25 años en desarrollo y desarme”. El protagonista es Toby Grisoni (Adam Driver), un director que se dedica a crear comerciales, y que de manera pertinente es mostrado en medio del complicado rodaje de un proyecto basado en el Quijote. Las dificultades técnicas de la filmación y una falta de entusiasmo por su trabajo lo llevan a reencontrarse con una antigua película que hizo cuando era estudiante, también basada en la obra de Miguel de Cervantes y también filmada en España. El cineasta decide volver a la pequeña aldea donde estuvo años atrás, con el fin de inspirarse, pero descubre que su antiguo proyecto afectó de forma negativa a sus participantes, como una joven llamada Angélica (Joana Ribeiro) que creyendo en las palabras de Grisoni viajó a Madrid para iniciar una carrera como actriz, con resultados trágicos, y Javier (Jonathan Pryce), el humilde zapatero que fue contratado para interpretar a Don Quijote, y que con el tiempo pasó a estar convencido de que en verdad era el “caballero de la triste figura”.

En vez de hacer una adaptación directa del libro de Cervantes, Gilliam prefiere crear un diálogo con ese escritor, combinando los elementos de la obra literaria con los intereses que el cineasta ha desarrollado a lo largo de su carrera. Los puntos en común que existen entre ambos dan lugar a un resultado que se siente tanto inventivo como fiel al material original. Dentro de los aspectos que la filmografía de Gilliam comparte con la novela se encuentra la inclinación por difuminar las líneas que separan realidad de ficción, lo que pone en movimiento a la trama de esta película cuando el zapatero confunde a Grisoni con Sancho Panza. Así como el Quijote de Cervantes es influenciado por los libros de caballería, que trastocan su sentido de la realidad, el de Gilliam sufre un efecto similar a raíz del cine.

Esto da paso a momentos como la ya conocida pelea contra los gigantes que son en realidad molinos de viento, que también aparece en The Man Who Killed Don Quixote. Lugares comunes como esos trascienden al libro de Cervantes y son conocidos incluso por quienes no lo han leído, formando parte de la cultura popular. De hecho, Gilliam tuvo la idea de crear esta película incluso antes de hojear la novela, motivado por ese tipo de conocimiento, pero su esfuerzo una vez que la leyó va más allá de unos guiños superficiales a la obra. Hay, por ejemplo, referencias a episodios más tangenciales de la historia, como la aparición del Caballero de los Espejos, y también un atrevimiento que lo lleva a probar la metaficción, como el propio escritor español. En una escena el director no solo reconoce la existencia de los subtítulos que están en la pantalla, sino que permite que uno de los personajes se deshaga de ellos. Una herramienta como esa tiene algo que la emparenta con la forma en que Cervantes jugaba con la identidad del autor de la obra y el origen del libro que estamos leyendo, tratando de crear la ilusión de que el texto fue solo encontrado por el escritor.

Al mezclar la realidad con la fantasía, Gilliam es capaz de transportar a sus personajes desde la época actual hasta el siglo XVII, no solo a través de los desvaríos de su Quijote, sino también por medio de Toby, que se ve envuelto en sus enredos y pasa a compartir ocasionalmente ese ensueño. La estrategia narrativa es más efectiva y acorde al material de origen que la idea que el director iba a ocupar en sus primeros intentos de rodaje, ya que en esas versiones el protagonista sufría un golpe en la cabeza y era transportado al pasado, lo que estuvo inspirado por el libro Un yanqui en la corte del rey Arturo de Mark Twain. El enfoque que finalmente utilizó permite un relato más dinámico, con diferentes transiciones entre el mundo real y el ficticio, lo que constituye una de las ventajas que tuvo el director al contar con un periodo de producción tan extenso, ya que le permitió afinar su guion.

Aun hay, sin embargo, algunos puntos débiles en la obra escrita por Gilliam y Tony Grisoni (sí, como el protagonista, otra muestra del afán de los realizadores por la metaficción). La relación entre Toby y Angélica, que es en teoría uno de los principales pilares de la cinta, no posee un planteamiento ni desarrollo demasiado profundos, siendo el interés del protagonista por ella un punto funcional de la trama, pero no necesariamente sobresaliente. La gran columna de la cinta es el vínculo que existe entre el protagonista y el zapatero, cuyas interacciones emulan aquellas que se dan en la novela entre Sancho y el Quijote: El caballero andante es el motor de la historia, gracias a sus súbitos impulsos e imaginación, mientras que su escudero se ve arrastrado a estas aventuras y trata de que las consecuencias no sean tan desastrosas para ambos.

Buena parte del mérito de este elemento se debe a las actuaciones de Driver y Pryce. El primero demuestra el rango que posee como intérprete, sobre todo hacia el lado de la comedia, algo que ya habíamos presenciado en películas como Logan Lucky (2017) y BlacKkKlansman (2018). Acá sus grandes aliados son su capacidad para reaccionar a lo que ocurre y su lenguaje corporal, que le permiten alcanzar un llamativo histrionismo. Pryce, por su parte, tenía la difícil tarea de transmitir la excentricidad del Quijote y también su faceta más trágica, aquella que aparece cuando se ve enfrentado a los efectos de la realidad. De vez en cuando cae en la sobreactuación, pero considerando el estilo estrafalario del propio Gilliam, resulta hasta coherente con su visión.

A pesar de que fue publicada hace más de cuatro siglos, la novela de Cervantes resulta adelantada para su época, cuestión que es aprovechada por Terry Gilliam, quien intenta trasladar parte del humor presente en el texto y dar vida a las coloridas descripciones que creó el autor español. El cineasta ha transformado lo absurdo en uno de los rasgos distintivos de su trabajo, así que eso también se ve reflejado en esta obra, aunque sin llegar a los niveles delirantes de una cinta como Fear and Loathing in Las Vegas (1998). Podemos incluso decir que a pesar de crear las expectativas de una magnum opus, el resultado no llega a ser tan estimulante como sus trabajos más clásicos, pero no por eso debemos omitir sus méritos.

Las dificultades que tuvo el director para hacer esta película no son exclusivas de este proyecto, ya que otros de sus trabajos han estado sujetos a complicaciones en la producción. Los obstáculos de The Man Who Killed Don Quixote fueron de una escala mayor, pero en todos esos casos el cineasta se vio enfrentado al desafío de proteger su visión de las presiones externas, sobre todo las de carácter económico. No es casual, por lo tanto, que en esta obra los principales antagonistas sean hombres de dinero, cuyos caprichos controlan las vidas de los demás. Ya el hecho de haberla completado es un logro nada despreciable dentro del actual panorama cinematográfico, donde correr riesgos es cada vez menos habitual.

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