Child’s Play (2019)

Child's_Play-posterLos remakes y reboots de películas de terror clásicas deben enfrentar el desafío de abordar obras que forman parte importante de la cultura popular, ya que están dotadas de imágenes y momentos icónicos, fácilmente identificables. A veces esta tarea puede llegar a intimidar a quienes se hacen cargo de estas nuevas versiones, los que intentando rendir homenaje a sus predecesoras terminan creando cintas demasiado reverenciales del material original, sin atreverse a crear algo nuevo. Ese temor no se nota en Child’s Play (El muñeco diabólico), la nueva lectura a la cinta que se estrenó en 1988 y que dio origen a numerosas secuelas, cuya actualización está a cargo del director Lars Klevberg y del guionista Tyler Burton Smith, aunque crear algo distinto no siempre es suficiente para alcanzar un resultado satisfactorio.

La historia todavía gira en torno a un muñeco asesino, que mantiene algunos elementos esenciales de su diseño, como el color del cabello o la ropa que utiliza, y también se repiten los nombres de algunos personajes, pero hay un gran cambio que distingue a ambas obras. Mientras en la película original el comportamiento del muñeco tiene una explicación sobrenatural, ligada al vudú, que transporta el alma de un asesino al cuerpo de ese juguete, en esta nueva cinta se prescinde de los elementos paranormales y se opta por un enfoque más tecnológico. El Chucky de esta versión no es solo un juguete, sino que un robot diseñado para cumplir múltiples funciones en el hogar, desde entretener a los niños hasta funcionar como asistente virtual, similar a Alexa de Amazon y a Siri de Apple.

En vez de un ritual de magia negra, la semilla del mal es el enojo de un empleado vietnamita que trabaja en la fábrica donde hacen a estos muñecos, quien cansado de los retos de su jefe modifica su software para eliminar las barreras de seguridad de su inteligencia artificial. El muñeco llega a Estados Unidos, y debido a los problemas en su funcionamiento es devuelto por una cliente y termina en las manos de Karen Barclay (Aubrey Plaza), una vendedora y madre soltera que se lo regala a su hijo Andy (Gabriel Bateman). El muñeco sirve para que el adolescente, que se está acostumbrando a su nuevo barrio, pueda tener algo de compañía, pero el impulso de Chucky (Mark Hamill) por hacerlo feliz y ser su amigo lo llevan a hacer todo lo posible por lograr ese objetivo, incluso atacar a quienes lo rodean.

Debido a esta faceta tecnológica, la obra es capaz de tocar algunos temas bastante vigentes, como la llamada “internet de las cosas”, que se traduce en una sobredependencia de la tecnología y en el poder que se le da a ella. También hay algunas muestras de cómo la enorme presencia de la tecnología en nuestras vidas puede amenazar nuestro derecho a la privacidad. Que Chucky esté dotado de una inteligencia artificial entrega además una perspectiva interesante acerca de su rol como villano, ya que es la influencia de los elementos externos (el comportamiento de las personas, las películas que ven) lo que va formando su visión del mundo, algo que sumado a una ausencia de discernimiento moral da forma a alguien que no comprende del todo el alcance de sus actos.

Sus ideas, sin embargo, aunque son interesantes, no son desarrolladas con toda la eficacia que podrían haber alcanzado. La explicación para los problemas de Chucky hace recordar al especial de Halloween de Los Simpson donde un muñeco del payaso Krusty ataca a la familia porque su interruptor estaba en modo “malvado” en vez de “bueno”, historia que era una parodia de la Child’s Play original. Su capacidad para controlar a los demás aparatos tecnológicos, y el peligro que significa automatizar los implementos del hogar, enlazan a esta cinta con otro especial de Halloween de aquella serie animada, que parodiaba en uno de sus segmentos a 2001: A Space Odyssey (1968) de Stanley Kubrick. Como ocurre con esos episodios, esta Child’s Play desarrolla esas ideas de manera anecdótica y superficial.

No se puede negar que la cinta de 1988 también tenía unos elementos ridículos y un planteamiento básico de la trama, pero aun así era capaz de entregar momentos sobresalientes. La calidad de aquella obra dependía, entre otras cosas, de la tensión que provocaba durante la primera mitad del metraje, cuando no está muy clara la verdadera naturaleza de lo que está ocurriendo dentro del relato. El misterio acerca de si Chucky está vivo o no crea una atmósfera tétrica que no es replicada en este remake, donde vemos desde el comienzo cómo se comporta el muñeco, lo que implica reemplazar la intriga por una solución menos llamativa. De esta manera, la posibilidad de una historia más meticulosa, que recurra de vez en cuando a sugerir más que a mostrar, no es utilizada por Klevberg.

Quizás la razón de este cambio depende del contexto en el que cada película fue estrenada, ya que mientras la original podía sorprender a los espectadores con una historia que no les era familiar, esta nueva versión parte de la base de que la audiencia ya conoce al personaje. El tono de la película de 2019 se acerca más al que surgió con las secuelas de la primera Child’s Play, ligado al humor negro y a la autoparodia. Hay muestras de eso en esta película, que también ocupa el gore para inquietar y hacer reír por partes iguales. Algunos de los mejores momentos del remake mezclan comedia y perversión, como los intentos de Andy por deshacerse de una particular ofrenda que Chucky dejó en su habitación.

Pero la irreverencia a la que aspira la cinta no posee la misma fuerza que las de la saga original, que contaban con la chispa que Brad Dourif le otorgó a Chucky. La labor de Mark Hamill en la nueva película se basa más en la inocencia de un personaje que no comprende su lugar en el mundo, con una voz que recuerda a su trabajo en Brigsby Bear (2017), y la de Dourif, en cambio, gira en torno a alguien que esa plenamente consciente de sus acciones, y que incluso disfruta cometiendo sus crímenes. El sadismo del muñeco original surge de su faceta humana, ya que en el fondo se trata de una persona que está atrapada en ese cuerpo, mientras que en la versión más reciente es todo lo contrario, un ser artificial que no comparte el mismo nivel de comprensión de las personas.

Las diferencias no solo se extienden a la forma en que están caracterizados los personajes, algo que le impide a uno de ellos tener incluso una personalidad demasiado definida, sino también a la manera en que se desenvuelven con sus víctimas. Las habilidades tecnológicas del nuevo Chucky le permiten estar conectado a “la nube” y controlar dispositivos a distancia, situación que alcanza una mayor escala durante el clímax de la obra, traduciéndose en una mayor separación o abstracción de la acción. Eso no ocurría en la saga original, donde el muñeco incluso tenía algunos componentes humanos en su cuerpo, lo que le permitía sufrir un daño más palpable cuando era atacado, tanto así que su apariencia fue cambiando con el paso de los años a través de las cicatrices que adquirió a lo largo del camino.

La franquicia de Child’s Play es un caso poco habitual dentro del cine de terror, sobre todo en el subgénero del slasher, ya que en siete películas estrenadas en tres décadas, la presencia del guionista Don Mancini se mantuvo constante, al igual que la participación de Dourif como el muñeco asesino. Esta circunstancia no solo permitió una continuidad en la voz autoral de las obras, sino que incluso creó una evolución a lo largo de cada entrega, escapando de la monotonía y el conformismo. Este remake, que no contó con la participación de esas personas, intenta crear algo nuevo, pero termina alejándose demasiado de la esencia de la saga, lo que entrega un desvío más que una progresión de la trayectoria que había perfilado Mancini.

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