Fast & Furious Presents: Hobbs & Shaw (2019)

Fast_&_Furious_Presents_Hobbs_&_Shaw_-posterEra difícil creer que una película como The Fast and the Furious (2001) iba a crear una franquicia que se mantendría activa casi veinte años después de su estreno. Múltiples películas después, acompañadas de enormes ingresos en la taquilla, la clave en la longevidad de esta saga consiste en su capacidad para adaptarse a las circunstancias e intentar cosas nuevas. Su historia, que comenzó mostrando el mundo criminal y carreras clandestinas de autos, pasó a alcanzar una escala mayor, que involucraba a los militares, agencias de espías y terroristas. Con cada cinta que surgía los elementos que estaban en juego aumentaban en tamaño y la verosimilitud de las situaciones narradas se volvía más flexible.

El éxito de esta franquicia ha permitido ahora la creación de un spin-off, basado en dos de sus personajes secundarios, Luke Hobbs (Dwayne Johnson), un agente del Servicio de Seguridad Diplomática de Estados Unidos, y Deckard Shaw (Jason Statham), un mercenario británico. Los estilos de vida de cada uno son muy diferentes, y en los primeros minutos de la cinta se enfatiza ese contraste a través de un montaje paralelo que los muestra en sus respectivos entornos; el primero en la soleada ciudad de Los Ángeles, compartiendo el tiempo con su hija y frecuentando lugares más “populares”, y el segundo en la nublada Londres, manejando automóviles deportivos y luciendo impecables trajes.

Pero a pesar de los aspectos que los separan, esta secuencia inicial también presenta algunos puntos en común, lo que permite que Fast & Furious Presents: Hobbs & Shaw (Rápidos y furiosos: Hobbs & Shaw) se desenvuelva como una especie de buddy cop movie, donde los protagonistas se ven envueltos en una misión a la fuerza y aprenden a superar sus desavenencias y terminan trabajando juntos. La misión consiste en recuperar un peligroso virus que también está siendo buscado por Brixton Lore (Idris Elba), un criminal que quiere ocuparlo para sembrar el terror en el mundo. El virus, sin embargo, se encuentra alojado en el cuerpo de una agente del MI6 llamada Hattie (Vanessa Kirby), hermana de Shaw, quien fue inculpada injustamente como una traidora y tiene unas pocas horas para neutralizar el virus antes de que la mate y se propague por el planeta.

Dentro de los cambios que experimentó la franquicia con el paso de los años se encuentra su mayor aceptación por las situaciones absurdas y el ánimo por empujar los límites de lo verosímil. Desde arrastrar una caja fuerte por las calles de Río de Janeiro hasta enfrentarse a un submarino nuclear en Rusia, estas cintas han sido capaces de adoptar lo estrafalario como una de sus principales herramientas. Con este spin-off, la saga vuelve a dar otro paso en esa dirección, introduciendo elementos ligados a la ciencia ficción como el cuerpo tecnológicamente mejorado de Lore, quien posee complementos cibernéticos que lo transforman en un poderoso adversario para los protagonistas. No sería exagerado reconocer las semejanzas que la película tiene con el cine de superhéroes, gracias a la amenaza global que atraviesa a la trama y los “súper poderes” involucrados.

Las habilidades sobrehumanas no están limitadas solo al villano, ya que Hobbs y Shaw también demuestran cualidades fuera de lo común. A pesar de participar de peleas mano a mano, tiroteos, explosiones, y persecuciones a toda velocidad, los protagonistas parecen ser indestructibles y no sufren lesiones importantes. Esto tiene un notorio efecto en términos narrativos, al restarle peligro a las secuencias de acción, dado que no importa lo que suceda sabemos que van a salir ilesos. Eso está relacionado también con el hecho de que estamos ante un spin-off, es decir, una historia indiscutiblemente secundaria, anexa a la franquicia principal, y por lo tanto sus efectos no pueden tener una envergadura tal que afecten demasiado a las películas más importantes, algo que se nota en el desarrollo de esta obra.

Aunque el director es David Leitch, responsable de John Wick (2014) y Atomic Blonde (2017), las secuencias de acción presentes en Hobbs & Shaw no demuestran el mismo nivel de destreza que las de esas obras. En vez de las fluidas escenas de peleas que había demostrado en sus trabajos previos, las que permitían apreciar mejor la labor de los participantes, debido a su pasado como doble de acción, acá Leitch recurre al estilo imperante en los blockbusters contemporáneos, con un gran número de planos y una cámara hiperactiva. Hay situaciones llamativas a lo largo del metraje, con momentos que estiran las leyes de la lógica y el ridículo hasta límites insólitos, pero el tratamiento de esas secuencias no está a la altura y les termina restando fuerza.

Tampoco ayuda que la película dure 135 minutos y que tenga dos secuencias climáticas en su segunda mitad, creando la sensación de que va a terminar cuando todavía le queda cerca de una hora. En una obra como esta, la trama es solo una excusa para construir las secuencias de acción, pero lo que podría haber sido una entretenida cinta llena de instantes alucinantes lucha por no caer en lo monótono. Hay un esfuerzo en el guion de Chris Morgan y Drew Pearce por tratar el tema de la familia, tan recurrente en esta saga, a través del vínculo de Hobbs con su hija y el reencuentro con sus raíces samoanas, y la relación de Shaw con su hermana y con su madre (Helen Mirren), pero esas ideas son tan simplistas como poco sutiles. La película tiene la errónea creencia de que debe deletrear todo, lo que queda más claro en el enfrentamiento final, donde los protagonistas dicen en voz alta que deben trabajar juntos para poder derrotar al villano.

Además de algunas escenas de acción aisladas, como la pelea de Statham en un departamento o una persecución vehicular por Londres, el otro mérito de la película es su elenco. Entre las razones para crear este spin-off debió estar Dwayne Johnson, cuyo carisma desbordante y personalidad arrolladora -perfeccionada a través de años como luchador profesional- lo han convertido en una importante estrella de cine, mientras que Jason Statham recibe la oportunidad de afinar su lado más cercano a la comedia, aquel que ya había demostrado en Spy (2015). La presencia de ambos en la cinta permite le entrega una mayor chispa a una obra que difícilmente se va a convertir en una gran exponente del género de la acción, aunque a veces se notan demasiado las ganas de la película por parecer atrevida, lo que le quita naturalidad.

Resulta más interesante ver esta cinta a la luz de lo que ocurre tras las cámaras, donde los egos de sus protagonistas permiten explicar algunas decisiones de los realizadores. La propia creación del spin-off, por ejemplo, parece ser una manifestación de los roces que Johnson tuvo con Vin Diesel en los años más recientes de la franquicia, tanto así que para The Fate of the Furious (2017) no filmaron escenas juntos. Los altos niveles de testosterona involucrados en estas obras, y el interés por transmitir una cierta imagen de masculinidad, han permitido que detalles aparentemente ínfimos como el número de golpes que recibe un actor durante una pelea adquieran una gran atención de parte de ellos, quienes imponen ciertos parámetros que deben ser respetados para proteger su credibilidad como estrellas de acción.

Mientras ellos están preocupados por cosas como esas, la actriz Vanessa Kirby logra convertirse en uno de los puntos fuertes de Hobbs & Shaw, sin necesidad de una interpretación tan desorbitada. Si bien se hizo conocida por la serie de televisión The Crown, un drama histórico, no es la primera vez que participa en el cine de acción, apareciendo el año pasado en la película Mission: Impossible – Fallout (2018). Pero que ambas obras pertenezcan al mismo género, y formen parte de sagas que han perdurado en el tiempo, no impide que estén separadas por un enorme abismo, gozando cada una de niveles muy distintos de calidad. La cinta dirigida por Christopher McQuarrie demuestra el potencial que tiene el cine de acción bien hecho, mientras que la de David Leitch no logra sobrepasar la barrera de la media.

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