Jianghu ernü (2018)

Jianghu_ernu-posterLa sociedad china ha sufrido importantes cambios durante las últimas décadas, debido a las reformas económicas implementadas por el gobierno, que han abierto algunas de sus fronteras y modernizado sus actividades. Estas medidas no tienen efectos abstractos, sino que inciden de forma directa en la vida de las personas, que en muchos casos se ven obligadas a buscar nuevos horizontes ya que ciertas áreas de la economía se vuelven irreconocibles o el avance arrollador del progreso los expulsa de sus hogares. El cineasta Jia Zhangke ha explorado las consecuencias de estos cambios en la vida de las personas en películas como Tian zhu ding (A Touch of Sin; 2013), y lo vuelve a hacer con su nuevo trabajo, Jianghu ernü (Ash Is Purest White).

Narrada a lo largo de 17 años, la historia gira en torno a Zhao Qiao (Zhao Tao), una joven que es pareja de un líder criminal llamado Guo Bin (Liao Fan). El jianghu al que alude el título original de la cinta es un término versátil, que ha sido utilizado tanto para describir a las comunidades de artes marciales como a otros grupos de personas que poseen algún interés en común. En esta obra la palabra se ocupa como sinónimo de un sector marginal de la sociedad, como el inframundo criminal al que dan forma las tríadas chinas. Aunque al comienzo la protagonista solo frecuenta estos grupos y no se considera a si misma como parte del jianghu, a lo largo del metraje vive situaciones que cambian su entendimiento del mundo y las ideas que tenía, viendo en los principios de esa comunidad una importante muestra de lealtad y hasta de honor entre los delincuentes.

Que el relato transcurra dentro de ese mundo no necesariamente implica que la obra siga las mismas reglas del cine de gangsters. Zhangke muestra solo de manera tangencial la ocupación de Bin, que es limitada a unos modestos negocios de juegos de azar y apuestas. Algo similar ocurre con la representación de la violencia, que es aludida como algo que ocurre fuera de pantalla o que cuando la vemos de forma explícita sus consecuencias son bastante restringidas, sin llegar a resultados fatales. Debido a su tono y a los intereses que tiene, Jianghu ernü se desmarca de las películas estadounidenses que están ambientadas en el bajo mundo, así como del cine de acción hongkonés al que se referencia de forma directa y que sirve como inspiración para algunos de los personajes.

Hasta las sanciones recibidas de parte de las autoridades son diferentes, ya que mientras en esas otras películas los crímenes cometidos por los personajes incluyen diversos tipos de robos y asesinatos, que no siempre tienen alguna consecuencia legal para ellos, acá basta con el porte ilegal de un arma para que Qiao reciba una pena de cinco años de cárcel. La pistola era de su pareja, pero la protagonista prefiere guardar silencio cuando los policías la interrogan, evitando así inculparlo. Su sacrificio, sin embargo, no es debidamente reconocido por él, quien en vez de visitarla o esperar su liberación emprende un cambio en sus negocios para iniciar una actividad que tenga la apariencia de algo más legítimo.

La reacción de la mujer no consiste en buscar venganza. Como otro aspecto que la diferencia del cine de gangsters tradicional, la cinta prefiere privilegiar la dimensión más personal del relato, que se desenvuelve como un estudio de personajes. Parte importante de la obra se encarga de mostrar la evolución que experimenta el vínculo entre Qiao y Bin, que con el paso del tiempo y diferentes locaciones presenta unos movedizos encuentros y desencuentros. Este lazo variable, que va cambiando de intensidad y que refleja el estado de los personajes en determinados puntos de sus vidas, permite una cierta sincronía con otra película del mismo año, la polaca Zimna wojna (Cold War; 2018) de Pawel Pawlikowski.

En aquella obra el paso del tiempo también era fundamental, y el trabajo de los actores debía estar a la altura, para poder transmitir la evolución de los personajes más allá del maquillaje y vestuario. Zhao Tao, musa habitual de los trabajos de Jia Zhangke, con quien se casó en 2012, parte con una interpretación que demuestra el espíritu juvenil y curioso de Qiao, actitud que cambia luego de su paso por la cárcel, cuando adquiere una mirada más madura del mundo. Se nota el paso de los años en su rostro, no solo en términos físicos o superficiales, sino que como un reflejo de su propio espíritu. Parte de su buena labor depende además del lenguaje no verbal, el que domina gracias a su pasado como bailarina, logrando entregarle sutiles matices a través de elementos tan simples como una botella de agua.

Para capturar el particular tono de la cinta, así como el trabajo de los actores, la labor del director de fotografía Eric Gautier era muy importante. Aunque es la primera vez que trabaja con Zhangke, el francés logra un resultado coherente con el estilo del cineasta, gracias a una fotografía precisa, bastante meticulosa. Como el entorno donde transcurren las escenas también entrega información relevante al espectador, la cámara emplea varios planos generales, los que sitúan visualmente a los personajes en esos lugares y los hacen partícipes de su contexto. Los movimientos de cámara son otro de los elementos que le dan forma a la película, con unas intervenciones fluidas y bien planificadas, que les otorgan una mayor expresividad a las conversaciones de los personajes, en vez de la tan repetida técnica del plano contraplano.

Ante los agigantados pasos de la modernidad, representados de manera elocuente con la construcción de la presa de las Tres Gargantas, que implicó la inundación de varias hectáreas y la relocalización de miles de personas, Jianghu ernü no esconde su tono melancólico. Los cambios que amenazan con cambiar lo que conocemos y convertirlos en algo totalmente distinto lleva a su protagonista a aferrarse a elementos que la mantengan unida a sus raíces, lo que en este caso corresponde a los principios del bajo mundo. La vuelta literal y figurada hacia sus orígenes no constituye un retroceso, sino que un fortalecimiento de su propia identidad, una muestra de compromiso y una forma de resistencia.

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