Araña (2019)

Arana-posterComo lo demostró CineChile en dos catastros que hizo sobre el tema, no es cierto que la dictadura militar sea el principal foco de las películas chilenas. Sin embargo, una opinión que se extiende bastante entre los espectadores es que el periodo comprendido entre 1973 y 1990 ha convertido al cine del país en algo poco variado, pese a que los datos dicen otra cosa. Ellos probablemente se preguntarán por qué Andrés Wood vuelve a explorar esa época con su cinta Araña, donde un elemento fundamental es la presencia de Patria y Libertad, organización de extrema derecha que a través de acciones violentas intentó desestabilizar al gobierno de Salvador Allende. ¿Por qué construir este relato en torno a un grupo que se autodisolvió días después del golpe de Estado que ocurrió hace más de 45 años?

No es la primera vez que el director aborda la década del 70, específicamente el gobierno de Allende, ya que lo había hecho también en Machuca (2004). La complejidad que atraviesa a esos tumultuosos años permite ambientar diferentes tipos de obras en aquella época, mostrándola desde perspectivas diversas. Además, que los efectos de lo que ocurrió entonces hayan dado forma al Chile actual, a través de principios, instituciones y reglas que nos gobiernan hasta el día de hoy, evitan que estemos ante temas anticuados. Entender el pasado es de gran relevancia para comprender el contexto actual, ya que la historia no es algo que simplemente se deja atrás, sino algo sobre lo cual se van instalando los cimientos de una nación.

Por lo mismo, no es extraño que la nueva cinta de Wood parta en la actualidad, mostrando a Inés (Mercedes Morán), una empresaria que ha tenido una vida acomodada y forma parte de la exclusiva elite del país. A pesar de lo marchitado que se encuentra su marido Justo (Felipe Armas), debido a una mente deteriorada y problemas con el alcohol, el entorno de la protagonista presenta una aparente normalidad, la que es interrumpida con la aparición de Gerardo (Marcelo Alonso), un amigo de su juventud que había sido dado por muerto cuatro décadas atrás. Los tres habían sido miembros de Patria y Libertad, y mientras Gerardo sigue obsesionado con aplicar las directrices de esa organización en el Chile actual, siendo descubierto con un gran arsenal de armas en su casa, Inés prefiere mantener esa parte de su pasado enterrada, así que estará dispuesta a lo que sea para lograrlo.

El cine de Wood tuvo un primer acercamiento a Patria y Libertad con Machuca, donde hizo una breve referencia, casi anecdótica, a la presencia que ese grupo tuvo durante el gobierno de la Unidad Popular. En esta nueva obra busca alejarse de aquella imagen superficial de jóvenes de un sector privilegiado de la sociedad que jugaban a ser subversivos, mostrando en cambio lo peligrosa que era esa organización, siendo capaz incluso de participar en atentados que tenían como blanco a figuras públicas. Esta inmersión en aquel entorno provoca además que los protagonistas de Araña tengan cualidades morales muy cuestionables, y los roles que contradicen su actuar queden relegados solo a un par de personajes menores, lo que enfrenta a la película al desafío de poder conectar con la audiencia y no apartarla.

La aparición de Gerardo da paso a una serie de raccontos que parten en 1971, durante la juventud de los protagonistas. Inés (María Valverde) y Justo (Gabriel Urzúa) conocen de forma casual a Gerardo (Pedro Fontaine), un antiguo miembro de la armada que fue desvinculado de la institución debido a su carácter violento. A pesar de esto, la pareja ve un cierto potencial en el joven y lo invitan a formar parte de Patria y Libertad, grupo que describen como una alternativa a los partidos políticos tradicionales, que prefiere la efectividad de la acción por sobre el diálogo estéril. Gerardo no tarda en demostrar un gran compromiso por la agrupación, pero también tiene un interés por Inés, quien si bien no disuelve su matrimonio igual termina aceptando sus deseos, creándose así un triángulo amoroso entre los personajes.

Con un relato como este, que va alternando entre el presente y el pasado, es importante que las transiciones entre las diferentes épocas resulten fluidas y coherentes. A Araña le cuesta dominar estos saltos temporales durante la primera mitad del metraje, debido a cambios que ocurren de manera algo atropellada, sin una conexión muy clara entre los distintos momentos. En vez de recurrir a semejanzas temáticas o visuales que justifiquen el paso de una época a otra, el montaje las va turnando más por obligación que por otra cosa, existiendo además una diferencia entre el interés que van generando en el espectador, siendo las escenas ambientadas en los años 70 las más llamativas. A medida que avanza, la cinta logra un mejor equilibrio y una perspectiva más cuidada, que le permite crear saltos como el de Gerardo mirando desafiante una cámara de seguridad en el presente y luego disparando al cielo en el pasado.

Andrés Wood había jugado con el tiempo en su anterior largometraje, Violeta se fue a los cielos (2011), una historia que abarcaba una gran extensión de años y que por lo mismo debía recurrir a las elipsis para cubrir toda la vida de su protagonista. Ese relato, que era más subjetivo y difuso (lírico, incluso) en su intención narrativa -a raíz de la compenetración que se produce entre el personaje principal y la obra-, resulta más logrado que esta nueva película, donde los elementos del thriller llevan al director a un enfoque más directo y transparente de la acción, pero no tan sobresaliente.

Es interesante ver algunos de los temas que plantea la cinta, para darle una mayor complejidad al contexto en el que se desenvolvió Patria y Libertad. Las diferencias socioeconómicas, por ejemplo, que podrían haber sido omitidas en un examen más simplista de la agrupación, permiten ver que no todos sus miembros se encontraban en el mismo escalafón. Gerardo, que no pertenece a la misma clase que los otros dos protagonistas, ocupa una posición más subordinada que los demás, siendo hasta tratado como un perro por Justo. Las diferencias también surgen una vez que el grupo se disuelve, ya que mientras Gerardo vive al margen de la sociedad, ocultando su propia existencia, Inés y Justo se convierten en miembros distinguidos de la elite del país.

Una de las ideas presentadas por Araña es que Patria y Libertad surgió propiciada por las características de la misma sociedad chilena, aquella sociedad capaz de olvidar fácilmente el pasado oscuro de su clase dominante, y la capacidad de esta para protegerse a si misma de los ataques externos, recurriendo a todas las herramientas que están a su alcance. La forma en que Wood manifiesta estas injusticias que forman parte del país no son tan elocuentes ni sagaces como las que Sebastián Silva expuso en La nana (2009) o Alejandro Fernández Almendras en Aquí no ha pasado nada (2016), pero es suficiente para darle una dimensión adicional al relato, sirviendo como punto de partida para un análisis más profundo.

La visión de la cinta es que esos factores que prepararon el terreno para un grupo como Patria y Libertad todavía están presentes en Chile, situación que refuerza la conexión que forma el relato entre pasado y presente, la que trasciende los márgenes de la experiencia personal de sus protagonistas. El sentimiento de que la justicia debe ser aplicada por las propias manos, a través de la llamada “justicia ciudadana”, y el reflote de pensamientos políticos extremistas y discriminadores, darían cuenta de esto. El punto es remarcado en los últimos minutos de la obra, con una escena potente, brutal, que hace recordar el impacto que provoca el final de BlacKkKlansman (2018) de Spike Lee. Y, de manera similar a esa película, el golpe que conecta con ese remate permite perdonar algunos de los puntos bajos de la cinta.

Haber terminado la cinta con esa escena habría sido suficiente, pero Wood agrega una última secuencia que sirve como colofón para su obra, la que está centrada en otro de los protagonistas. Aunque el final propiamente tal no tiene tanta ferocidad como la secuencia que la antecede, sirve como un apropiado complemento para la violencia física que acabamos de presenciar, ya que se trata de otro tipo de violencia, más institucional y sutil: la impunidad.

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