Scary Stories to Tell in the Dark (2019)

Scary_Stories_to_Tell_in_the_Dark-posterInspirados en el folklore estadounidense y los mitos urbanos, los libros Scary Stories to Tell in the Dark (Historias de miedo para contar en la oscuridad), escritos por Alvin Schwartz e ilustrados por Stephen Gammell, fueron populares durante los años 80 y 90 en aquel país, sirviendo como puerta de entrada para varios jóvenes al género del terror. Un camino esperable para adaptar esas obras al cine habría sido crear una antología de distintos relatos, como Creepshow (1982) de George A. Romero, que está compuesta por segmentos de historias auto concluyentes, pero la estrategia del director André Øvredal se acerca más al de otra adaptación de unos libros de miedo dirigidos al público adolescente, Goosebumps (2015) de Rob Letterman.

Estas obras, por lo tanto, no están divididas en segmentos demarcados que narran historias independientes, sino que tratan de contar un relato central en torno a la cual se van integrando las historias y personajes extraídos del material original en el que están basadas. Como un guiño de metaficción, en ambas adaptaciones los libros son objetos de gran trascendencia para la trama, conteniendo los propios relatos que están siendo adaptados y siendo el origen de los peligros sobrenaturales que amenazan a los protagonistas. En el caso de esta película, el libro fue escrito por Sarah Bellows (Kathleen Pollard), una joven que tuvo un sombrío destino varias décadas atrás, y cuyo interés por contar historias de terror la convirtieron en una verdadera leyenda para los habitantes del pueblo de Mill Valley, Pennsylvania.

El libro es encontrado en 1968 por la protagonista de la cinta, Stella (Zoe Colletti), otra adolescente interesada en el género del terror, cuyo sueño es convertirse en escritora. En la noche de Halloween, la joven llega a la casa abandonada de Sarah junto a dos amigos, Auggie (Gabriel Rush) y Chuck (Austin Zajur), y un joven llamado Ramón (Michael Garza), al que acaban de conocer. Los cuatro han estado teniendo problemas con un matón llamado Tommy (Austin Abrams), quien los deja encerrados en esa casa, pero logran escapar cuando se desatan los poderes del libro que encontraron. Esos poderes, sin embargo, no tardan en perjudicarlos directamente, ya que las historias contenidas en sus páginas pasan a describir situaciones que ellos mismos irán experimentando.

Que la película esté ambientada en el pasado le entrega algunos puntos en común con la serie Stranger Things y la cinta It (2017), las que, si bien transcurren durante los años 80 y no a finales de los 60, también forman parte de una época anterior a internet, en un mundo donde las interacciones entre sus personajes adolescentes resultan más simples. Es una especie de nostalgia por esa sociedad estadounidense representada en las obras que produjo Amblin Entertainment algunas décadas atrás, como E.T. the Extra-Terrestrial (1982), Gremlins (1984) y The Goonies (1985), con bicicletas, walkie-talkies y cómics de terror. Todos esos elementos son presentados durante los primeros minutos de Scary Stories to Tell in the Dark, que se encarga de instalar la dinámica que existe entre sus protagonistas e intentar que nos interesemos por ellos.

Los esfuerzos de la cinta son satisfactorios, y si bien el resultado no es demasiado extraordinario, igual logra darle algo de sustancia a sus personajes, sobre todo a Stella, que presenta un efectivo aire de vulnerabilidad debido a la culpa que siente por lo que ocurrió con su madre hace algunos años. Esto permite que los sustos provocados por zombies, arañas y cuerpos desmembrados no se conviertan en un simple ejercicio vacío, y que el lado humano de la obra pueda incluso suplir algunos de los puntos bajos del relato. El afecto que llegamos a sentir por los personajes de una película es capaz de volvernos más permisivos con aquellos elementos que no funcionan del todo.

Uno de los aspectos de la película que resulta irregular es, irónicamente, lo relacionado con el terror. Sus puntos bajos surgen cuando la cinta intenta emular aquellos tipos de sustos que son habituales en la mayoría de las exponentes actuales del género, como los jump scares y la utilización de sobresaltos puntuales por sobre la construcción de una atmósfera tensa. La anticipación del peligro, esa espera que pone en movimiento la imaginación de los espectadores, puede ser mucho más efectiva que los estruendos repentinos, algo que se nota en la escena donde un personaje está escondido debajo de una cama.

La cinta no necesita acercarse al cine de terror simplón y efectista, ya que tiene el potencial de demostrar una personalidad distintiva, propia, lo que se puede notar en algunas de sus criaturas. Uno de los productores de Scary Stories to Tell in the Dark es Guillermo del Toro, quien estuvo fascinado con los libros desde su adolescencia. Como es común con los intereses del cineasta mexicano, los elementos que lo conquistaron no fueron solo el contenido de las historias narradas sino también sus aspectos estéticos, visuales, específicamente las ilustraciones de Gammell. Por eso, la película se preocupa de traspasar los diseños de aquel dibujante a la pantalla de una manera fidedigna, algo que la destaca de los espectros y criaturas genéricas que a veces aparecen en el cine de terror contemporáneo.

Personajes como el espantapájaros Harold o la “Mujer Pálida” parecen sacados directamente de las páginas de los libros y logran integrarse bien al mundo que habitan los protagonistas gracias a una combinación de efectos especiales prácticos y digitales. Sin embargo, no ocurre lo mismo con The Jangly Man, que se convierte en la gran amenaza durante el clímax de la película. Pese a tener una lógica y diseños perturbadores, ya que se trata de un cuerpo desmembrado que volvió a unirse y se mueve de forma tosca y antinatural debido a sus improvisadas articulaciones, los añadidos digitales resultan demasiado artificiales y se siente como si estuviera superpuesto en la imagen, no como parte de ella.

Los traspiés que puede tener la obra durante esas secuencias no llegan a afectarla completamente, ya que durante el último tercio del metraje el foco de atención está puesto sobre la protagonista y los fantasmas internos y externos que la agobian. El guion crea una conexión entre Stella y Sarah más allá de su interés por contar historias, ya que ambas se vieron afectadas también por la ficción que otras personas crearon acerca de ellas. Siendo este un proyecto donde participó Guillermo del Toro, no es casual que el fantasma tenga rasgos trágicos y la capacidad para redimirse.

A pesar de algunas incursiones en el estilo del cine de terror más mainstream, Scary Stories to Tell in the Dark es una película dirigida a un público adolescente, y sus momentos más sobresalientes ocurren cuando se compromete a ese tipo de visión. El resultado es simpático (en el buen sentido de la palabra, no de manera condescendiente), ya que de vez en cuando recurre a un enfoque distinto a lo que nos tiene habituados el género en su vertiente más comercial, combinando sustos con entretenimiento. Como decía Roger Ebert, para evaluar una cinta debemos ver primero qué es lo que quiere alcanzar y no pedirle cosas distintas a su esencia. Este método no condona la mediocridad, sino que exige primero identificar las intenciones de la obra y posteriormente ver si cumplió de manera satisfactoria con ese propósito. Y lo que esta cinta quiere, y logra en términos generales, es convertirse en un buen primer acercamiento al cine de terror para el público más joven.

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