Her Smell (2018)

Her_Smell-posterHacer una película que narre la historia de músicos reales puede presentar más limitantes que una sobre personajes completamente ficticios. Además de los intereses de los mismos artistas o de sus herederos, que tratarán de cuidar la manera en que son representados en la pantalla, existe una cierta presión por englobar los hitos emblemáticos de sus carreras, para que no quede la sensación de que algo importante fue omitido. De esta forma, la biopics musicales tienden a compartir un mismo tipo de relato, lo que se nota al comparar tres ejemplos recientes como Bohemian Rhapsody (2018), The Dirt (2019) y Rocketman (2019), que más allá de algunas leves variaciones en sus estilos muestran el conocido trayecto de los orígenes humildes, la llegada a la fama, la caída en los excesos, los quiebres personales y el regreso triunfal.

Esas barreras no aplican a la película Her Smell de Alex Ross Perry, quien tuvo la libertad de escoger qué aspectos mostrar de la vida de su protagonista, ya que no estaba sujeto a un molde previo. Aunque hay momentos donde los personajes interpretan algunas canciones, por lo general el relato se centra en los momentos más marginales de sus carreras. Por eso, no vemos los grandes conciertos, los repentinos momentos de inspiración que dan origen a una melodía famosa, ni el proceso que los lleva al éxito. De hecho, el viaje personal de la protagonista, Becky Something (Elisabeth Moss), parte de manera inversa al común de estas historias, ya que muestra una espiral descendiente que parece no tocar fondo.

Con una estructura que hace recordar a la cinta Steve Jobs (2015) de Danny Boyle, la obra está conformada por cinco grandes segmentos, cada uno de los cuales transcurre casi en tiempo real, y que en conjunto se extienden por un periodo de tiempo de aproximadamente media década. Estas secuencias son separadas por breves escenas que tienen la apariencia de videos caseros, en los que vemos los momentos más fructíferos de la banda de rock a la que pertenece la protagonista, Something She. Sin embargo, se trata solo de destellos de un pasado radiante, en el que aparecían en portadas de revistas y sus discos rompían récords, el que contrasta con la actual situación de Becky, guitarrista y vocalista del grupo, Marielle Hell (Agyness Deyn), bajista, y Ali van der Wolff (Gayle Rankin), baterista.

Después de tocar un cover de la canción “Another Girl, Another Planet” de The Only Ones, la banda baja del escenario y es ahí cuando somos testigos de la personalidad errática y autodestructiva de la protagonista. Si bien su carácter puede ser atractivo para sus fanáticos, que lo ven como algo típico de una estrella de rock, es en la relación con aquellos que la rodean donde surgen las peores consecuencias. La impulsividad y hasta violencia de Becky, que empeoran debido a su dependencia de las drogas, la han convertido en una artista poco confiable para el dueño de la discográfica, Howard (Eric Stoltz), en una compañera voluble para su banda, y en una vergonzosa figura materna para Danny (Dan Stevens), su expareja y padre de su hija. Su grupo, que había gozado de un buen pasar dentro ese género musical, se encuentra relegada ahora a conciertos más pequeños y a una situación económica incierta.

La fotografía a cargo de Sean Price Williams, un habitual colaborador de Perry, transmite el estado de agitación de estos instantes a través de una cámara ubicada en el centro de la acción. Las imágenes son capturadas con cámara al hombro, que sigue a los personajes de cerca, con una predominancia de primeros planos y unos movimientos que le dan un aire más naturalista. Su predilección por lo visceral y lo inmediato la asemejan a otra cinta en la que trabajó el director de fotografía, Good Time (2017) de los hermanos Benny y Josh Safdie, que también logra una compenetración entre los elementos visuales de la obra y lo que siente su protagonista, creando un resultado que a veces desborda ansiedad y claustrofobia. Otra película que vale la pena mencionar es Climax (2018) de Gaspar Noé, cuyos espacios cerrados iluminados con expresivos colores también irradian una opresiva intranquilidad.

El estado de Becky empeora durante los siguientes segmentos, adquiriendo tintes paranoicos y megalomaníacos, y manifestando en sus puntos más bajos unas divagaciones incoherentes. Aunque el segundo segmento, que transcurre en un estudio de grabación, no presenta el estilo agobiante del primero, igual da cuenta del lento derrumbe de la protagonista. Durante esos minutos conocemos a una banda conformada por tres jóvenes, Crassie Cassie (Cara Delevingne), Roxie Rotten (Ashley Benson) y Dottie O.Z. (Dylan Gelula), que se ven arrastradas al tumultuoso entorno de Becky, a quien idolatran. Acá vemos también cómo sus problemas llegan a afectar su talento musical, el único aspecto de su ser que parecía contrarrestar parcialmente sus defectos.

A medida que su comportamiento se vuelve más incontrolable, la exasperación de los otros personajes se vuelve más notoria, y varios de ellos optan por rendirse y alejarse de ella. Este efecto no solo se desarrolla dentro del relato, sino que puede llegar a reflejar la experiencia de los espectadores con la propia película. El tercer segmento de Her Smell vuelve a la atmósfera asfixiante del primero, y se convirtió en un punto donde me pregunté cuál era el fin de todo esto, ya que el descenso de la protagonista por este pozo no parecía tener un desenlace muy claro. El cine, como máquina capaz de crear empatía, también algunos límites con relación a cómo caracteriza a sus personajes, ya que incluso los más desagradables pueden ser fascinantes si existe una visión clara de parte de los realizadores.

Esa visión no es tan evidente durante la primera mitad de la película, que se asemeja más a un desafío de resistencia que en más de una ocasión traspasa la barrera de lo tedioso. El sacrificio, sin embargo, es recompensado con los últimos dos segmentos de la obra, cuando se muestra el lado más sustancial de Becky, a través de momentos más calmados, un trabajo de cámara sobrio y preciso, y una mayor introspección de parte de la protagonista. Es ahí cuando vemos también el gran trabajo de Elisabeth Moss, que logra crear unos necesarios matices para un personaje que hasta esos momentos parecía solo una versión extrema de Courtney Love, con su cabello rubio, maquillaje corrido y arrebatos impredecibles. La mejor muestra de este cambio de folio es la emotiva escena en la que Becky interpreta la canción “Heaven” de Bryan Adams en un plano fijo e ininterrumpido.

La cinta se eleva gracias a la vulnerabilidad demostrada por su protagonista, cuyo arco resulta muy efectivo. Es esa misma vulnerabilidad la que impide predecir el desenlace de la película, transformando los minutos finales en una tensa espera, ya que la fragilidad puede dar paso de manera repentina a la desgracia. Her Smell parte con unas secuencias estruendosas, que se extienden más de la cuenta y pueden alejar a más de algún espectador, pero la delicadeza y claridad con que aborda algunas de las situaciones que ocurren durante su segunda mitad permiten perdonar (casi) todo lo que nos obligó a aguantar. El valor de la obra queda remarcado por su final, que en otras manos podría haber caído en la más absoluta tragedia o en un triunfo exagerado, pero que en este caso termina con una nota más sutil, más reflexiva.

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