El hombre del futuro (2019)

El_hombre_del_futuro-posterLa película El hombre del futuro está ambientada en el sur de Chile, pero no en aquel sur de localidades como Concepción, Temuco, ni siquiera Osorno. Para algunos personajes de esta cinta, esos lugares forman parte del norte del país, ya que el relato transcurre en la región de Aysén, casi al final del continente, allí donde el territorio se va fragmentando en archipiélagos y fiordos que dificultan el tránsito. A pesar de lo accidentado del terreno y de las inclemencias del clima, las personas aun así fueron capaces de crear caminos que son transitados por camioneros que llevan sus cargas a los destinos más recónditos de esa zona.

Michelsen (José Soza) es uno de esos camioneros, un hombre de gran experiencia que es respetado por sus compañeros y que en cierta medida ha ayudado a trazar las rutas por las que circulan en sus máquinas. Pero con los años llegan también los problemas, y a pesar de la trayectoria que ha tenido el protagonista, recibe la noticia de su jefe de que debe jubilarse. De esta manera, con una salud deteriorada y la perspectiva de estar cerca del final, emprende un último viaje por estos territorios, el que lo lleva a tratar de reconciliarse con algunos aspectos de su propia vida. Dentro de estos asuntos inconclusos se encuentra la relación con su hija, Elena (Antonia Giesen), una adolescente que practica boxeo, que no tiene mucha fe en continuar con sus estudios, y que no sabe muy bien lo que le espera el día de mañana.

Como transcurre en la carretera, a bordo de camiones, la película puede ser categorizada como una road trip movie (película “rutera” o “de viaje”), pero una que no es muy convencional. Los viajes que emprenden padre e hija avanzan de forma paralela, cada uno por su lado, pero arrastrados hacia un destino común. Elena no ha visto a su padre en más de una década, así que la noción que tiene de él proviene de recuerdos lejanos y de los comentarios de otras personas, como su madre (Amparo Noguera) y los compañeros de trabajo de Michelsen. A pesar de no viajar físicamente juntos, los protagonistas están conectados por la idea que tienen uno del otro, la que está acompañada de una maraña de emociones que abarcan la culpa, el rencor, la vergüenza o el miedo.

En este largometraje debut del director Felipe Ríos Fuentes la labor de los camioneros es utilizada como reflejo de una vida en constante movimiento, una que es incapaz de echar raíces e instalarse en un solo lugar. Su carácter nómade produce familias incompletas y genera lazos efímeros en cada lugar por donde pasan, los que a veces se reanudan y otras veces solo quedan en el recuerdo. Los rasgos enrevesados del paisaje sirven para complementar las personalidades de Michelsen y Elena, así que no es casualidad que el último viaje del camionero sea a Villa O’Higgins, el punto donde termina el recorrido de la Carretera Austral. En el caso de su hija, ser enviada al sur implica una degradación para sus aspiraciones como boxeadora, ya que es en el norte donde se encuentran los mayores desafíos, mientras que la frontera con Argentina se le presenta como la posibilidad para buscar un nuevo futuro.

La fotografía a cargo de Eduardo Bunster aprovecha el entorno donde está ambientada la obra, pero sin caer en una grandilocuencia ni en un engolosinamiento que la acerque al terreno de la publicidad turística, optando en cambio por un tratamiento más preciso de las imágenes. La escena ambientada en la selva valdiviana del parque Queulat se convierte en uno de los momentos más sobresalientes de la película en términos sensoriales, debido a la forma en que la naturaleza envuelve a los personajes, tanto visual como sonoramente. La cinta también se preocupa de los elementos creados por el hombre, como el interior de los camiones o los lugares de paso a los que llegan, a través de un diseño de producción y una dirección de arte que les entregan una apariencia creíble a esos espacios.

No son pocas las ocasiones en las que las imágenes y la atmósfera deben hablar por los personajes. Tanto Michelsen como Elena son personas retraídas, de pocas palabras, aunque cada uno a su manera. Mientras la joven adopta una coraza desafiante como una forma de protegerse del mundo exterior, siendo la intensa mirada de Antonia Giesen su principal herramienta, el silencio del camionero resulta más sufriente, debido a la manera en que esconde un profundo dolor que lo aqueja. José Soza ha perfeccionado ese tipo de interpretaciones a lo largo de su carrera, y para quienes lo conocimos por su trabajo en las teleseries de TVN podemos notar algunas semejanzas con personajes como el afligido payaso Lindorfo en El circo de las Montini.

La incorporación de un personaje como el Cuatro Dedos (Roberto Farías), un camionero que parece hablar por todo lo que no dicen los protagonistas, permite una necesaria variedad dentro del metraje, que sin su presencia casi no tendría diálogos. Aunque la actuación de Farías se acerca a la caricatura, no llega al extremo de resultar demasiado artificial, creando en cambio una buena cuota de distensión. El guion de Ríos Fuentes y el argentino Alejandro Fadel posee unas conversaciones que se desenvuelven de forma natural, verosímil, algo que no siempre ocurre con las obras chilenas. Salvo un instante donde se menciona un gran incendio en la Patagonia, cuyas pretensiones figurativas resultan algo forzadas, la película emplea las palabras justas, fiel a la naturaleza de sus personajes principales.

Con su sobriedad narrativa y austeridad de recursos, la obra pierde algo de fuerza hacia el final, debido a un relato que se va diluyendo en vez de alcanzar un clímax marcado. El encuentro de Michelsen con su hija no se traduce en un momento de enorme dramatismo, sino que es lacónico como sus propias personalidades, lo que no es necesariamente algo negativo. Las sutilezas pueden llegar a ser muy potentes, y El hombre del futuro maneja bien algunas de esas instancias, pero la introspección de sus personajes no es del todo suficiente para construir una obra muy evocadora.

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