Dogman (2018)

Dogman-posterAlgo que ha enfatizado Matteo Garrone en algunos de sus trabajos, tanto en su película más famosa, Gomorra (2008), como en su nuevo estreno, Dogman, es la capacidad que tiene la delincuencia para permear las comunidades en las que está inserta. Esto no solo se refiere a los efectos nocivos que se extienden al común de las personas, a aquellos que sin participar directamente de esa actividad pueden sufrir sus efectos por repercusión, sino también a la manera en que esos individuos se pueden ver de repente involucrados en esa particular actividad. Los límites entre delincuentes y ciudadanos respetuosos de la ley no son tan tajantes en los mundos donde transcurren estas historias, sino que se presentan como líneas más opacas, más turbias.

Como una manifestación visual de ese elemento, esta película transcurre en una destartalada ciudad costera de Italia, en una zona que alguna vez debió tener un buen pasar, pero que ahora es solo un deslavado recuerdo de esos años. El protagonista, Marcello (Marcello Fonte), tiene un local comercial cerca de la playa, en el que se dedica a la peluquería y estética canina. Este negocio, cuyo nombre es utilizado como el título de la cinta, está ubicado en un sector cercano a la playa, que parece no tener mucha afluencia de público, pero aun así el personaje tiene una clientela fiel que contrata sus servicios. Marcello tiene una hija pequeña, a quien adora, y es amigo de los demás dueños de locales del barrio, con los que se junta a almorzar y jugar fútbol.

Pero su labor con los animales no es suficiente para el protagonista, quien además se dedica a la venta de cocaína. Las cantidades que vende son modestas, limitándose solo a personas cercanas, algo que le permite costear las vacaciones que toma junto a su hija. Sin embargo, este negocio alternativo ha significado también que Marcello sea frecuentado por Simone (Edoardo Pesce), un violento matón que alborota el ambiente solo con su presencia y que no es bien visto por los dueños de los locales debido a sus arrebatos. El hombre hace lo que quiere, ya que enfrentarlo implica recibir una golpiza o algo peor, y en el caso de Marcello esto significa venderle cocaína sin recibir nada a cambio y verse involucrado en sus demás actividades ilícitas.

Aunque las habilidades interpretativas de un actor son importantes para construir un personaje, a veces sus propios rasgos físicos se convierten en una herramienta útil para ese objetivo, lo que en el caso de Marcello y Simone permite reforzar la dinámica entre ambos. El protagonista, con su contextura delgada y baja estatura, sus ojos grandes y facciones alargadas, está casi destinado a ocupar un rol de sumisión ante los atributos toscos y corpulentos de Simone, que se levanta como una montaña humana ante su disminuida presencia. Mientras el comportamiento de Marcello es cauto y delicado, lo que se nota en la gentileza con que trata a los perros, el otro personaje parece funcionar solo a través de impulsos (más que de razonamiento), con repentinas explosiones de violencia que lo asemejan a una bestia indomable.

No es extraño, por lo tanto, que Simone sea capaz de salirse con la suya de manera tan sencilla. Los problemas han llevado al resto de los comerciantes del sector a evaluar incluso la posibilidad de contratar a algún sicario que se deshaga de él. Sin embargo, la relación entre Marcello y el matón presenta algunas aristas más complejas, ya que hay ocasiones en las que el protagonista puede dejar que Simone muera, pero al final lo termina ayudando. Las consecuencias negativas que sufre el protagonista por no delatar al delincuente dan cuenta que existe algo más que lo motiva, y que permite difuminar esas líneas divisorias entre la ética de cada uno. Así, es difícil determinar de forma precisa hasta donde llega la influencia de la intimidación o el miedo que siente por él, y donde parte su libre albedrío.

Esa ambigüedad permite que, pese a la lealtad o interés que pueda sentir el protagonista por Simone, el riesgo que corre estando cerca de él se extienda a lo largo de todo el metraje. Y no solo por el peligro que rodea al entorno donde se desenvuelven, sino también por el comportamiento que puede tener el propio delincuente. Porque si bien Marcello puede serle útil para algunas cosas -como proveedor de droga, chofer y hasta médico-, la volatilidad de Simone, sumado a su manera de tratar con las personas, que indica algunos rasgos sociopáticos, aumentan las probabilidades de algún resultado violento. Para ese personaje, los demás son solo medios u obstáculos para alcanzar algún objetivo, por lo que se convierten en piezas intercambiables, prescindibles, siendo el protagonista solo una más de esas fichas.

La suma de factores, y el contexto en el que se desenvuelven, le otorgan al relato un aire de intranquilidad. A medida que la trama avanza, las sospechas de que ocurrirá una tragedia aumentan. Cuando el conflicto central de la obra es presentado, no es difícil adivinar cuál será el desenlace de la película, el que se cumple de una manera más o menos cercana a lo que habíamos anticipado. La sensación de peligro inminente sirve como un efectivo combustible para la película, aunque lo transparente y directo de su final le quitan algo de impacto, ya que si bien lo que ocurre es algo casi natural o razonable, el hecho en si y la forma en que es desarrollado puede resultar medio convencional.

Para una cinta que presentaba matices interesantes y complejos, y un director que había rechazado las explicaciones sencillas en una obra como Gomorra, los últimos minutos de Dogman surgen como algo convenientemente estándar, que prefiere no complicarse demasiado. El resultado se encoge si lo comparamos con una película como la surcoreana Beoning (2018) de Lee Chang-dong, que también formó parte de la competición oficial del Festival de Cannes del año pasado, un thriller cuyo refinamiento y lirismo le permiten recorrer terrenos novedosos, fascinantes. Las aspiraciones de Garrone, al lado de esa cinta, terminan pareciendo más limitadas y simples de lo que son por sí solas.

A pesar de lo sencillo que puede parecer el desenlace de esta cinta, hay una dimensión del mismo que logra preservar ese encanto que la película había cultivado durante el resto del metraje. No tiene relación con el hecho externo que ocurre, sino que con la motivación final de quien lo ejecuta, un afán que no logra conseguir su objetivo y que les entrega a esos últimos instantes un llamativo aire de tristeza.

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