It Chapter Two (2019)

It_Chapter_Two-posterDentro de los elementos que han caracterizado a la obra del autor Stephen King está su predilección por crear personajes que también son escritores. Esto le ha permitido explorar algunas ideas relacionadas con dicha actividad, como las expectativas de los lectores, las reacciones que generan las obras en el público, la inspiración que da origen a las historias, o el bloqueo del escritor. Algunos de sus libros más emblemáticos tienen personajes que se dedican a ese oficio, entre ellos It, una circunstancia que es potenciada hasta niveles metaficticios en la película It Chapter Two (It: Capítulo dos), ya que una de las críticas que recibe cierto personaje es lo débiles que son los finales de sus relatos, un cuestionamiento que también ha sido dirigido a algunos trabajos de King.

Esos comentarios, que son desarrollados con un tono cómico por la obra, parecen una insinuación por parte de esta de que el desenlace del relato no será del todo sencillo, y hasta una solicitud a los espectadores para que tengan una mente abierta. La película, que es la segunda y última parte de It (2017), pone término a la ambiciosa adaptación de una novela de más de mil páginas, cuya extensión y particularidades de la trama la han convertido en un libro muy difícil de trasladar a la pantalla. Si bien ya existía una famosa miniserie para televisión, donde Tim Curry interpretó al villano Pennywise, el resultado final tuvo varias complicaciones para traducir ciertos elementos de la historia, dejando fuera otros.

La obra de King no solo trata acerca de un payaso que asesina niños, sino que introduce además algunas ideas cósmicas que luego desarrollaría en un macroverso compuesto por varios de sus relatos. Con un número limitado de películas y recursos, era necesario seleccionar bien qué elementos serían utilizados, modificados o desechados, ya que una adaptación completamente fiel al material original era imposible en términos logísticos y narrativos. Uno de los cambios que hicieron el guionista Gary Dauberman y el director Andrés Muschietti (o Andy Muschietti, como prefiere ser acreditado ahora) con la primera cinta fue dejar de lado la forma en que la novela combinaba dos épocas diferentes, centrándose solo en los hechos que transcurrieron en 1989, cuando los protagonistas eran niños. Con este segundo capítulo, la trama recupera esa narración paralela y muestra a los personajes ahora ya adultos.

Aunque creyeron haber derrotado a Pennywise 27 años atrás, los protagonistas deberán volver al pueblo de Derry, Maine, cuando comienzan a ocurrir nuevamente desapariciones y muertes de niños, para cumplir con una promesa que hicieron en aquel entonces. El encargado de reunirlos es Mike (Isaiah Mustafa), el único miembro del grupo que permaneció en ese lugar, estudiando la historia del pueblo para descubrir alguna manera de derrotar a esa criatura de una vez por todas. Esto provoca el reencuentro del denominado “Club de los Perdedores”, conformado además por Bill (James McAvoy), un escritor que tiene dificultades para terminar sus historias; Bev (Jessica Chastain), una empresaria que está atrapada en un matrimonio abusivo; Richie (Bill Hader), un comediante alcohólico; Ben (Jay Ryan), un arquitecto exitoso pero solitario; y Eddie (James Ransone), un neurótico evaluador de riesgos que tiene una esposa tan controladora como su madre.

A diferencia de Mike, que permaneció en Derry investigando todo lo relacionado con Pennywise, el resto de los integrantes del grupo no recordaba exactamente lo que ocurrió hace casi tres décadas. Al alejarse del pueblo los recuerdos también se diluyeron, incluida la figura del payaso que los atormentó durante su niñez. Sin embargo, cuando regresan al lugar comienzan a recuperar esas vivencias y la intranquilidad inicial que sintieron cuando Mike les dijo que debían volver pasa a adquirir una cara más definida y terrorífica. Uno de los temas que toca la novela y sus adaptaciones es la relación que existe entre los traumas experimentados por las personas y la forma en que la memoria de las víctimas se ve afectada ante diferentes estímulos, ya sea reprimiendo o desencadenando esos recuerdos.

Entre los grandes méritos de King como autor está la manera en que le otorga una perspectiva psicológica a ciertos relatos, evitando que el terror esté limitado solo a la influencia externa de sus respectivos monstruos. Siguiendo esa idea, la anterior película conservó la atmósfera amenazadora que rodea a Derry, cuyos habitantes parecían estar contaminados por esa maldad que había dado origen a Pennywise. Si bien aquella perspectiva parece reiterarse con la secuencia inicial de esta segunda cinta, que muestra una brutal agresión homofóbica descrita también en el libro, no volvemos a presenciar ese tipo de influencia en el resto del metraje, que termina perdiendo una interesante dimensión narrativa. La solución, en cambio, está dada por el innecesario y simplón regreso de Henry Bowers (Teach Grant), el bully de los protagonistas, un recurso que desaprovecha y hasta degrada el potencial que tenía el relato.

Lo que si logra identificar la obra es que gran parte de los méritos de la primera cinta dependía de la química que existió entre sus personajes principales (interpretados por Jaeden Martell, Finn Wolfhard, Sophia Lillis, Jeremy Ray Taylor, Jack Dylan Grazer, Wyatt Oleff y Chosen Jacobs), aunque no siempre es capaz de desarrollar ese elemento de la manera más efectiva. En esta nueva entrega, la química se mantiene entre el elenco adulto, gracias a un acertado trabajo de casting que no solo resalta las semejanzas físicas entre los personajes de ambas generaciones sino también las personalidades de cada uno, siendo los puntos más altos Bill Hader y James Ransone. Esto, más la presencia de nuevas escenas ambientadas en 1989, permite unos buenos momentos donde vemos las interacciones entre los protagonistas, que replican la chispa presente en la obra previa (pese a unos breves destellos de inquietud provocados por el irregular trabajo de rejuvenecimiento digital al que fueron sometidos algunos actores adolescentes).

Pese al atractivo de esas interacciones entre los personajes, la cinta tiende a separarlos para construir secuencias individuales de cada uno. Siguiendo el método que según Mike derrotará a Pennywise, los protagonistas deben regresar a ciertos lugares de su infancia para recuperar objetos que representen momentos determinados del verano en que enfrentaron a esa criatura, algo que es mostrado a través de unas escenas que mezclan sustos del pasado y del presente. A través de esa tendencia de que las segundas partes deben ser más grandes que sus predecesoras, estas secuencias se acercan a lo excesivo y lo ruidoso, recurriendo de vez en cuando a unos exagerados efectos digitales que descartan cualquier tipo de sutilezas.

Solo en contadas ocasiones vemos manifestaciones de un trabajo mejor pensado, donde prima la tensión en vez del sobresalto barato. Esto ocurre, por ejemplo, con una escena que transcurre durante un partido de béisbol, donde una niña persigue a una luciérnaga bajo las graderías del lugar. El insecto es atrapado por Pennywise, de quien solo vemos en un principio sus guantes blancos que contrastan con la oscuridad del entorno, y cuyo rostro es luego iluminado por el fulgor rojizo que emana de la luciérnaga. Lo que sigue es una muestra del gran trabajo que Bill Skarsgård ha hecho en estas dos películas encarnando al payaso asesino, gracias a una extraña mezcla de su voz, expresiones faciales (incluido un truco que hace con sus ojos para quedar bizco), y un siniestro sentido del humor.

Instantes como ese son escasos en It Chapter Two, que prefiere lo aparatoso por sobre lo meticuloso. Por eso, escenas como el ataque de una estatua gigante o la aparición de una anciana de rasgos caricaturescos carecen casi de la fascinación que genera el género del terror y cruzan la línea a categorías más cercanas a la fantasía e incluso a la acción. Aunque la película no ocupa algunos de los elementos más estrafalarios de la novela de King, igual presenta cuestiones como el origen extraterrestre de Pennywise o antiguos rituales indígenas. El interés que genera el desarrollo de la trama, más que por los hechos en sí, se debe al desafío mismo que enfrentaban los realizadores para tratar con un relato tan extraño.

Los mejores momentos de la obra, al igual que su antecesora, ocurren cuando el foco está puesto sobre sus protagonistas como personas más que como piezas de una maquinaria narrativa. No todas estas instancias funcionan con la misma fortaleza, ya que por ejemplo el triángulo amoroso que se produce entre Bill, Bev y Ben no es desarrollado con la atención suficiente, pero a cambio de eso hay personajes como Richie que adquieren una sorprendente profundidad. Quien había sido presentado en la primera cinta solo como el encargado de hacer reír, pasa a manifestar una dimensión más vulnerable en esta entrega, la que ha tratado de esconder detrás de su personalidad extrovertida.

Son cosas como esas las que permiten pasar por alto algunas de las deficiencias de la cinta, que durante sus últimos minutos se permite resaltar el aspecto humano de su historia. Y lo hace con la ayuda de un personaje que no pudo reunirse junto con los protagonistas en Derry, pero cuyo recuerdo se mantuvo en la mente de sus amigos, transformando el dolor compartido en un poderoso vínculo afectivo.

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