Ad Astra (2019)

Ad_Astra-posterYa sea el testimonio apócrifo que se le atribuye al cosmonauta Yuri Gagarin sobre la presencia de dios, o las famosas palabras del astronauta Neil Armstrong cuando dio sus primeros pasos sobre la Luna, estos casos demuestran que los viajes espaciales produjeron de forma inevitable reflexiones acerca del lugar que tiene el ser humano en el universo. Después de haber vivido durante milenios en este planeta, el hecho de poder salir de él y mirarlo desde otra perspectiva fue un cambio enorme, lo que se puede notar en lo que el astrónomo Carl Sagan escribió inspirado por una fotografía que la sonda espacial Voyager 1 tomó de la Tierra en 1990, una imagen que nos obliga a reconocer la importancia de este pequeño “punto azul pálido” ubicado en medio de la vastedad del cosmos.

Por eso, si bien las películas que narran este tipo de viajes hablan sobre distancias enormes, la exploración de nuevos mundos y recurren a ciertos tecnicismos para explicar sus escenas, de vez en cuando son capaces de otorgarle una importante cuota de humanidad a sus historias. En años recientes, obras como Gravity (2013) de Alfonso Cuarón, Interstellar (2014) de Christopher Nolan, First Man (2018) de Damien Chazelle o High Life (2018) de Claire Denis, han demostrado que la exploración espacial puede servir como base para el autodescubrimiento de sus personajes, que al estar enfrentados a este contexto tan especial terminan conectando con algunos miedos y deseos profundos. La nueva película de James Gray, Ad Astra (Ad Astra: Hacia las estrellas), pertenece a esa categoría, ya que ocupa la escala sideral de su relato para explorar los rincones más personales de su protagonista, logrando una admirable intimidad a partir de la enormidad del espacio.

Paradójicamente, el protagonista de esta película, un respetado astronauta llamado Roy McBride (Brad Pitt), ha destacado dentro de su profesión gracias a la capacidad para desmarcarse de sus emociones. No solo puede mantener un pulso bajo, incluso en situaciones tensas, sino que su estrecho círculo personal es visto por sus superiores jerárquicos como algo positivo, ya que no tiene hijos y solo se ha casado una vez. Para participar de las diferentes misiones espaciales, el personaje debe someterse de manera seguida a evaluaciones psicológicas, a través de las cuales su agencia determina si está apto para continuar. Los riesgos a los que están sometidos los astronautas exigen la participación de personas estoicas, que puedan aguantar las dificultades que se presenten, algo que Roy ha perfeccionado.

Sin embargo, esta manera de desenvolverse en su trabajo se ve trastocada cuando le asignan una misión para descubrir el origen de unas peligrosas sobrecargas de energía que han afectado a la Tierra. Las autoridades creen que esas olas espaciales llegan al planeta desde una zona cercana a Neptuno, donde décadas atrás se le perdió el rastro a una expedición que lideró su padre, H. Clifford McBride (Tommy Lee Jones). Durante el viaje de Roy, que incluye una escala en la Luna y luego la llegada a Marte -desde donde le debe enviar un mensaje a su padre-, el protagonista va experimentando aquella ansiedad e inquietud que no había sufrido en años anteriores, debido a la idea de un posible reencuentro con la figura paterna que perdió cuando era joven.

La cinta ocupa la voz en off de Roy para transmitir sus pensamientos y entregarle una atmósfera más íntima al relato. Este recurso, sumado al viaje que emprende el protagonista en una zona inhóspita para buscar a un personaje que ha renegado de sus antiguas lealtades, permite comparar a la película con Apocalypse Now (1979) de Francis Ford Coppola, existiendo además una influencia en la mezcla de tonos melancólicos y desencantados que comparten. Otro claro punto de comparación es 2001: A Space Odyssey (1968) de Stanley Kubrick, una referencia casi ineludible al momento de hablar sobre películas de viajes espaciales, donde la travesía del protagonista también es guiada por una señal que lo dirige a un planeta de nuestro sistema solar, en aquel caso a Júpiter.

Gray no se limita a adaptar esas influencias de manera superficial, sino que incorpora ciertos ritmos narrativos y tratamiento de la trama para emular un tipo de relato poco habitual en el cine contemporáneo estadounidense. Es inusual ver una obra como esta en la actualidad, que no tiene miedo de sus momentos más tranquilos y se permite la posibilidad de tener un desarrollo pausado, sobre todo cuando existe un presupuesto de esta envergadura y una estrella del nivel de Brad Pitt. Aunque hay un puñado de escenas de acción (que están bastante bien hechas), se trata de momentos puntuales que le inyectan una energía precisa a una cinta que es predominantemente más reflexiva e introspectiva.

Para disfrutarla, Ad Astra exige paciencia de parte del espectador, quien debe sumergirse en la obra con tal de dejarse cautivar por ella. La combinación de los elementos que le dan forma, como la fotografía de Hoyte van Hoytema o la banda sonora de Max Richter, permiten construir un determinado estado de ánimo que resulta atrayente incluso en sus pasajes más calmados. Por medio de estas herramientas técnicas, y un buen uso de efectos especiales digitales, la obra les otorga un mayor énfasis a aquellos aspectos más intangibles del relato, como la atmósfera y el espíritu de este, en vez de a la historia misma. De esta manera, el enfoque de Gray se diferencia del que ocupó Nolan con su respectiva cinta de viajes espaciales, donde las cuestiones ligadas a las emociones de los personajes palidecían a veces ante la aridez de los tecnicismos científicos a los que recurría.

En el caso de la película de Gray, centrarnos en la dimensión más textual del relato puede revelarnos algunas falencias que no tienen tanta importancia. Estos problemas ocurren sobre todo durante el último tercio del metraje, cuando aparecen dudas acerca de la verosimilitud de ciertas situaciones o lagunas lógicas que en otro tipo de cinta serían graves, pero que acá solo se refieren a la cáscara de la película y no tanto a su esencia. Más allá de cómo ocurren o se explican determinados hechos, el valor de Ad Astra se encuentra en su capacidad para entregarle nuevos significados a lo que estamos viendo, y no quedarnos con lo que captamos a simple vista. La historia de Roy y su padre puede ser vista, por ejemplo, como una representación de las dificultades de lidiar con la senilidad y las enfermedades degenerativas, así como la importancia de dejar ir a un ser querido.

De manera coherente con el resto de la película, su final también se escapa de lo convencional, sobre todo por las expectativas de encontrar respuestas concretas a las interrogantes que plantea. Gray defiende el poder de la incertidumbre y las preguntas abiertas, algo especialmente llamativo en un género como la ciencia ficción, donde el encuentro con otras formas de vida ha sido tan aprovechado. La cinta prefiere un planteamiento diverso, donde la ausencia de una influencia externa nos lleva a reconocer la belleza de lo que tenemos a nuestro alrededor. En el fondo, no se trata de un abismo que nos arroja a un nihilismo pesimista, sino que un horizonte amplio que se abre ante nosotros y nos da la oportunidad de escoger nuestro camino.

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