The Last Black Man in San Francisco (2019)

The_Last_Black_Man_in_San_Francisco-posterComo una manera de reflejar la conexión que a veces se produce entre realidad y ficción, el protagonista de la película The Last Man in San Francisco lleva el mismo nombre del actor que lo interpreta, Jimmie Fails, en cuyas experiencias está inspirado parcialmente este relato. Con el director de la cinta, Joe Talbot, han sido amigos durante años, así que tiene sentido que él sea el encargado de narrar una historia tan significativa para Fails. Pero si bien se trata de una obra enmarcada en vivencias específicas, donde el lugar en el que transcurre es además muy importante en su idiosincrasia, esos elementos no impiden que explore temas más generales, capaces de ser compartidos por personas de otras latitudes.

La película puede ser emparentada con dos cintas que se estrenaron el año pasado y que también están ambientadas en la bahía de San Francisco, California, como Sorry to Bother You (2018) de Boots Riley y Blindspotting (2018) de Carlos López Estrada. Aunque están ambientadas en Oakland y no en San Francisco, como la obra de Talbot, comparten una inquietud por la situación que están atravesando algunas localidades de esa zona, sobre todo la pérdida de identidad de su comunidad y el desplazamiento de parte de su población, especialmente los sectores afroamericanos por culpa de la gentrificación. El barrio de Fillmore en San Francisco, por ejemplo, donde vivía el protagonista de la película, fue apodado alguna vez el “Harlem del Oeste”, pero en décadas recientes el porcentaje de habitantes afroamericanos de la ciudad ha disminuido de manera fuerte, debido a un gran cambio en la demografía.

El enorme desarrollo de la industria tecnológica en los últimos años, que contribuyó a la llegada de sectores más privilegiados a la ciudad, encareció el estilo de vida en San Francisco, lo que se nota con mayor intensidad en el sector inmobiliario, obligando a varios residentes a perder sus antiguas casas y trasladarse a otros sectores. Eso es lo que ocurrió con la familia del protagonista, Jimmie, quien producto de los problemas económicos y de drogadicción de sus padres tuvo una vida inestable, sin un hogar fijo donde estar. Actualmente vive junto a un viejo amigo llamado Mont (Jonathan Majors), en la casa del abuelo ciego de este, Allen (Danny Glover). Ambos amigos trabajan, pero se trata de labores básicas, que solo sirven para cubrir gastos esenciales, ya que el interés de Mont apunta a una carrera en el teatro y el de Jimmie a recuperar el hogar de su infancia.

Antes de caer en la compleja situación que está experimentando, el protagonista vivía junto a su familia en una casa de estilo victoriano que según la tradición había sido construida por su abuelo en la década de los 40. Si bien esa casa ya no pertenece a sus padres, Jimmie sigue frecuentando el lugar para cuidar algo que todavía siente como parte de sus raíces, realizando distintas labores de reparación y conservación, a pesar del disgusto de los actuales ocupantes. Un hecho fortuito provoca que la casa quede abandonada, lo que es aprovechado por el joven para volver a vivir en ella, al menos momentáneamente. Pero pese a sus esfuerzos, la tarea se convierte en algo casi imposible de extender en el tiempo, ya que los intereses económicos pesan más que el vínculo afectivo que pueda tener con esa vivienda.

Los aspectos temáticos del guion escrito por Talbot y Rob Richert, basados en una historia concebida por Tabot y Fails, no son difíciles de identificar, ya que se alimentan de las relaciones raciales, socioeconómicas y culturales que han transformado a la ciudad de San Francisco en lo que es hoy. Pero esta cinta no es una mera obra activista, “con mensaje”, sino que privilegia la construcción de un relato específico a partir del cual se puedan desarrollar ideas generales, en vez de uno donde las consignas ocupen el foco de atención y la trama y los personajes surjan solo como aspectos secundarios. Contribuye a este resultado el hecho de que sea la propia experiencia de Fails la que sirve como base del guion, y que la amistad entre él y el director lleve a este último a ser fiel a sus vivencias, a buscar una sinceridad emocional que mantenga la humanidad de la historia.

Tanto Talbot como Fails tienen una fuerte conexión con la ciudad de San Francisco, así que eso les permite capturar algunas cosas que otras personas quizás no podrían registrar. Pero el enfoque de los realizadores no consiste en la representación exacta de la realidad, a través de una verosimilitud minuciosa, sino que -y de forma más interesante- se opta por la construcción de una realidad más estilizada, que de vez en cuando incorpora destellos de extravagancia. Esos instantes están esparcidos a lo largo del metraje como episodios concretos de fantasía, como las menciones a la enorme contaminación de la bahía, la aparición casual de un transeúnte desnudo, o la presencia de un grupo de amigos que cumple de vez en cuando la función de coro griego.

El lenguaje cinematográfico de The Last Man in San Francisco también contribuye a dar forma a esa atmósfera, gracias a una elegancia que acentúa las decisiones tomadas por el director, quien le da una marcada personalidad propia a la obra y no demuestra para nada que este sea su primer largometraje. La fotografía de Adam Newport-Berra es precisa en sus encuadres y composición, los que son complementados de vez en cuando con algunas técnicas poco habituales que llaman la atención como la cámara lenta y los zooms. Su paleta de colores cálida, que le da unos tonos algo ocres a las imágenes, transmite esa sensación de nostalgia que motiva al protagonista a recuperar el pasado perdido de la ciudad, y la banda sonora de Emile Mosseri ocupa diferentes instrumentos (cuerdas, piano, oboe) para crear unas melodías que parecen provenir de una época más clásica del cine estadounidense.

Hay algo romántico en la manera en que la cinta ocupa sus imágenes y su música, lo que es sensato si consideramos que la conexión entre Jimmie y su antigua casa está basada en el amor. La película es crítica de la situación actual de San Francisco, pero como dice el propio protagonista de la obra, no podemos odiar algo si no lo amamos antes, y ese amor por la ciudad es palpable. Su sensibilidad la distingue de las obras que mencioné al comienzo de esta reseña, Sorry to Bother You y Blindspotting, donde emociones como la desesperación, la rabia y el miedo agobian a sus protagonistas. Aunque las experiencias de Jimmie igual lo pueden llevar a momentos sombríos, la cinta es atravesada por una serenidad que no la termina de abandonar incluso después de esos instantes.

Notamos esa huella además en la amistad de Jimmie y Mont, los que, si bien no comparten muchas conversaciones de gran profundidad, demuestran una sincronía que refleja lo larga que es su experiencia juntos. Su entendimiento mutuo y la delicadeza con la que se desenvuelven son tales que es difícil hasta encasillarlos solo como amigos, porque perfectamente podrían compartir una conexión más íntima, pese a que la cinta no muestra nada de forma manifiesta. La noción de masculinidad, las características que se asumen deben tener los hombres, y la forma en que deben relacionarse entre sí, ocupan un lugar importante en esta obra, sobre todo por un personaje secundario que debe usar diferentes máscaras según el contexto social en el que se encuentra.

Debido a su afán visual estilizado, a través del cual trata de explorar algunas problemáticas de la población afroamericana, la labor de Talbot puede ser comparada con la de otro cineasta contemporáneo estadounidense, Barry Jenkins. Sin embargo, allí donde el director de Moonlight (2016) e If Beale Street Could Talk (2018) es sutil y refinado, el de The Last Man in San Francisco aun no alcanza la meticulosidad necesaria para construir un resultado completamente redondo. No todos los elementos que conforman la película funcionan con la misma eficacia, y hay ocasiones donde el anhelo por ser peculiar o excéntrico no convence del todo ya que parece medio forzado.

En su clímax, la cinta pretende terminar con una nota alta, apelando a unos momentos de gran intensidad emocional. Pero no son ese tipo de instantes los que quedan rondando en la cabeza del espectador días después de haberla visto, sino que algo más etéreo, a una melancolía que quizás persistirá más allá de nuestro recuerdo de los personajes y la historia de la que formaron parte.

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