Gisaengchung (2019)

Gisaengchung-posterAdemás de la importancia que tiene como componente narrativo en una de las secuencias más memorables de la cinta, el agua posee un alto potencial simbólico en la película surcoreana Gisaengchung (Parasite). Esto no se basa en su calidad de elemento aislado, etéreo, sino que en la forma como interactúa con otros componentes y con el entorno donde está ubicada. Lo fundamental es su calidad de cuerpo en movimiento. Tal como explicó su director Bong Joon-ho durante su presentación en el Festival de Cine de Toronto, el agua fluye de arriba hacia abajo, y siendo esta una obra que explora las desigualdades socioeconómicas, el agua también fluye de los ricos hacia los pobres, quedando estos últimos más expuestos a las consecuencias negativas de lo que ocurre en la sociedad.

Debido a eso, lo tangible y lo espacial se convierten en aspectos esenciales de la obra, por lo que podemos decir que la historia que cuenta no solo gira en torno a dos familias, sino también a las casas que habita cada una. Aunque a veces el diseño de producción de una cinta es reducido a un mero factor decorativo, se trata de un factor que posee la capacidad de influir de manera profunda en el relato, algo que podemos notar acá con el trabajo de Lee Ha-jun. La información visual que transmite cada espacio, el contraste que se produce entre ambos entornos, la proximidad física entre los personajes, la forma en que sus interacciones se pueden ver alteradas por el espacio que los rodea, sobre todo esto y más se notan los efectos de su labor.

La primera casa que vemos pertenece a la familia Kim, un grupo de personas sin trabajo estable, que trata de aprovechar cualquier oportunidad para obtener algún beneficio, ya sea ocupando el wi-fi de un café cercano o manteniendo las ventanas abiertas para que la fumigación de la calle elimine los insectos de su hogar. El estrato social que ocupan está reflejado por el lugar donde viven, un departamento subterráneo, con unas pequeñas ventanas que están al nivel de la vereda, las que impiden un grado adecuado de intimidad. Las habitaciones y pasillos son estrechos, y dado que son cuatro las personas que forman la familia, la casa se encuentra atestada de cosas y sus habitantes rara vez tienen la posibilidad de estar solos.

Un día, el hijo de la familia, Ki-woo (Choi Woo-shik), recibe una oportunidad de trabajo de parte de un viejo amigo, que lo convence de ser el tutor particular de la hija de una adinerada familia. Si bien no tiene un título universitario, su hermana Ki-jung (Park So-dam) lo ayuda a falsificar uno y eso le permite ser contratado por la familia Park. A diferencia de su hogar, la casa de sus nuevos jefes es iluminada y espaciosa, una construcción de rasgos modernos, diseñada por un famoso arquitecto, con ventanas amplias y paredes de hormigón. El patriarca es un exitoso empresario llamado Dong-ik (Lee Sun-kyun), quien está casado con Yeon-kyo (Cho Yeo-jeong), una mujer refinada aunque algo crédula, siendo sus hijos Da-hye (Jung Ji-so), la adolescente a quien Ki-woo debe hacer clases, y Da-song (Jung Hyun-joon), un inquieto niño.

El joven no tarda en convencer a la madre de su alumna de sus habilidades pedagógicas, y cuando esta le comenta que su hijo demuestra una inclinación por el arte, Ki-woo le recomienda los servicios de una terapeuta de arte para que le enseñe al niño. La terapeuta resulta ser su propia hermana, quien ocultando el vínculo de parentesco que los une y tras un poco de investigación con Google, se convierte en una convincente experta de esa disciplina. La facilidad con la que ambos se infiltran en el hogar de esta acaudalada familia los lleva a intentar que sus padres también trabajen para ellos, cosa que consiguen a través de una serie de engaños bien calculados. De esta manera, su padre Ki-taek (Song Kang-ho) pasa a ocupar el rol de chofer y su madre Chung-sook (Jang Hye-jin) el de ama de llaves.

Bong Joon-ho ya había explorado algunas ideas relacionadas con la desigualdad en su película de ciencia ficción Snowpiercer (2013), donde el relato también estaba moldeado por las consideraciones espaciales del lugar en el que transcurría la historia. Si en aquella obra la acción tenía un claro recorrido horizontal, que avanzaba de izquierda a derecha, en Gisaengchung el eje gira y la verticalidad pasa a ser la regla. Las múltiples escaleras en la casa de los Park, ubicada en un iluminado barrio en la parte alta de la ciudad, y el departamento subterráneo de los Kim, que por contraste está al final de una oscura y estrecha calle en bajada, sirven como una gran representación visual de las cuestiones socioeconómicas sobre las que está construida la cinta.

La lluvia cae de arriba hacia abajo en ambos lugares, pero la forma en que afecta a cada zona es distinta. Mientras en la lujosa casa de los Park se trata de un espectáculo que se puede ver desde la comodidad de un sillón, a través de un gran ventanal, la situación es muy diferente en el hogar de los Kim, donde el agua escurre sin piedad por la calle, inundando las viviendas del barrio, sobre todo la de esta familia. Problemas con el alcantarillado provocan que todo eso se mezcle con las aguas servidas, lo que transforma la situación en algo especialmente humillante para los personajes.

Que las locaciones sean tan importantes para la obra exige un trabajo preciso de parte de la dirección de fotografía, que estuvo a cargo de Hong Kyung-pyo, cuyo anterior trabajo con Bong Joon-ho fue Snowpiercer. Como ocurría en esa cinta, su labor es meticulosa en la composición de los planos, algo necesario en escenas donde aparecen varios personajes y decisiones como la ubicación de los actores, encuadres y movimientos de cámara son fundamentales. La manera en que aborda este tipo de decisiones varía según el lugar en el que transcurren las escenas, potenciando las diferencias entre las dos casas, ya sea con imágenes atiborradas o con otras más espaciosas, además de la iluminación que ocupada en cada caso.

En la casa de los Kim, donde el lugar es reducido y esto obliga a los personajes a estar más juntos, las interacciones entre los personajes son importantes, algo que entiende bien Hong Kyung-pyo, que los trata de mostrar en el mismo plano, compartiendo un espacio común. La cercanía que se produce entre los integrantes de la familia, que en ocasiones actúan guiados por una especie de instinto compartido, hace recordar a la película japonesa Manbiki kazoku (Shoplifters; 2018) de Hirokazu Kore-eda, ganadora de la Palma de Oro en el Festival de Cannes del año pasado. Ambas obras muestran la vida de una familia ubicada en el margen de la sociedad, pero la obra de Bong Joon-ho -que ganó la Palma de Oro en la edición de este año- les otorga además a sus personajes un ansia por ascender socialmente, por alcanzar un estilo de vida más elevado.

La precisión ocupada en la fotografía se extiende al desarrollo mismo del relato, que en vez de ser una cinta con elementos de acción como Snowpiercer, se acerca más al terreno de las películas de estafas con elementos del thriller, así que la meticulosidad se convierte en una gran aliada. Con la ayuda del montaje de Yang Jin-mo, el director construye una obra donde la ubicación de cada pieza es esencial. Se nota la influencia de Alfred Hitchcock en su trabajo, pero no como un puñado de guiños superficiales, sino que como la demostración de un hábil manejo del lenguaje cinematográfico para transmitir información al espectador, que va entendiendo los objetivos de los personajes, los obstáculos que deben superar, y lo que está en juego con cada paso que dan.

El director maneja con igual seguridad los distintos tonos del relato, permitiéndose momentos de sátira y humor negro cuando desarrolla el tema de la desigualdad. Gisaengchung se une a otras cintas surcoreanas recientes que retratan las grandes diferencias socioeconómicas que existen entre distintos estratos de aquel país, como Ah-ga-ssi (The Handmaiden; 2016) de Park Chan-wook y Beoning (Burning; 2018) de Lee Chang-dong. Estos trabajos presentan atributos propios de esa cultura, una idiosincrasia que los caracteriza, pero los problemas que identifica pueden ser examinados también desde otras realidades, ya que el sistema económico que los provoca posee una extensión universal. Por eso, es posible verla como una buena acompañante de las protestas que están ocurriendo desde hace semanas en Chile, cuyas motivaciones no se alejan mucho de la esencia de este trabajo.

El gran atractivo de la obra durante su primera mitad son los esfuerzos de la familia Kim por asegurar su lugar dentro del hogar de los Park, gracias a unos intrincados planes. Cuando esto se va desenvolviendo y creemos haber entendido lo que nos ofrecía la cinta, la trama experimenta un giro inesperado, extraído desde las entrañas de la obra. Este cambio le agrega una dimensión adicional a la película, que resulta coherente con el enfoque tangible presentado por el director, ya que incorpora un nuevo nivel o planta a la dinámica que se había desarrollado, una sorpresa furtiva que estaba más cerca de lo que pensábamos.

Este cambio provoca también que el tono de la cinta se desplace desde el realismo hacia lo extravagante, con ciertos aspectos que exigen una suspensión de la incredulidad más flexible, y que se han transformado en una especie de marca registrada del cine de género de Corea del Sur. Aunque la variación es notoria, la maestría de Bong Joon-ho para controlar los componentes del relato le permiten una transición fluida desde un estado al otro, triunfando en cada desafío que se autoimpone. La sátira da paso a la farsa, en un efecto que lejos de restarle efectividad a la obra la refuerza, a través de indicios que nos convencen de que estamos ante un trabajo sobresaliente.

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