The Farewell (2019)

The_Farewell-posterRealidad y ficción se entrelazan en el segundo largometraje de Lulu Wang, The Farewell. La historia gira en torno a un evento social diseñado para encubrir una circunstancia que se quiere mantener en secreto, una verdad incómoda que los personajes prefieren abordar solo de manera indirecta, a través de silencios e insinuaciones, para no perjudicar a la persona que está al centro de esa situación. El guion posee una dimensión semiautobiográfica, lo que se desprende no solo del contenido del relato, sino también de la forma en que es contado, utilizando algunas de las locaciones reales e incluso contando con la participación de alguien que formó parte de la historia en la que se basa la obra.

La película parte mostrando un texto que nos informa de manera atípica que está “basada en una mentira real”. Aunque el aviso nos puede hacer recordar al que aparece en American Animals (2018) de Bart Layton, con su “esto no está basado en una historia real”, la forma en que cada cinta desarrolla sus respectivas ideas durante el resto del metraje es muy diferente. En vez de llamar la atención hacia sus aspectos metaficticios o recurrir a un tono irreverente, la obra de Wang prefiere un enfoque más aterrizado y sutil. La mentira a la que alude la frase no tiene una motivación fraudulenta, negativa, sino que hasta caritativa, dado que si bien se puede cuestionar la moralidad misma de la decisión, el objetivo al que aspira es bondadoso.

Billi (Awkwafina) es una aspirante a escritora de ascendencia china que vive en Nueva York. A pesar de los miles de kilómetros que las separan, la joven mantiene una relación cercana con su abuela paterna (Zhao Shuzhen), o “nai nai”, con quien acostumbra a hablar por teléfono. Un día, mientras está de visita en la casa de sus padres (Tzi Ma y Diana Lin), Billi descubre que a su abuela la diagnosticaron un avanzado cáncer de pulmón, el que solo le permitirá un par de meses más de vida. La noticia, sin embargo, ha sido mantenida en secreto por el resto de la familia, quienes creen que es mejor no hacer sufrir a la anciana con un panorama tan desolador, prefiriendo ellos lidiar con el peso de la situación. Para poder acompañarla una última vez, y cuidar las apariencias, los personajes decidieron celebrar un apurado matrimonio, con tal de justificar la presencia de todos los parientes en la ciudad donde está la abuela, algo que le genera varias dudas a Billi por el hecho de mantener a “nai nai” sumida en esa ignorancia.

Para evitar que sus emociones tan transparentes terminen por alertar a la abuela de que algo extraño está ocurriendo, Billi no fue invitada por la familia al matrimonio, pero cuando la protagonista se entera de lo que está ocurriendo viaja de inmediato a China, a la ciudad de la que se fue junto a sus padres cuando tenía solo seis años. Han pasado más de dos décadas desde que dejó su país natal, y el paso del tiempo es evidente cuando recorre algunos de los barrios que frecuentaba, debido al acelerado crecimiento experimentado por la nación asiática durante los últimos años. Las calles siguen siendo las mismas que alguna vez recorrió, y todavía es capaz de mantener conversaciones en aquel idioma, pero no puede evitar sentirse de vez en cuando como una forastera en aquel lugar.

Al haber crecido la mayor parte de su vida en Estados Unidos, la protagonista se ve expuesta a una doble identidad con la que debe lidiar a lo largo del metraje. Wang desarrolla este y otros temas de manera inteligente, sin caer en simplificaciones innecesarias y reconociendo los matices que a veces se puede producir en este tipo de situaciones. Mientras los padres de Billi se sienten más estadounidenses que chinos, no ocurre lo mismo con su tío paterno, que pese a haber emigrado a Japón sigue manteniendo un mayor cariño por su tierra natal. La joven es menos categórica en su postura, ya que está recién en una etapa de exploración personal, sin saber muy bien qué grado de pertenencia tiene con la cultura de su familia.

Esta ambivalencia se extiende a la propia película, dirigida por una inmigrante que también llegó a Estados Unidos desde China, producida por empresas norteamericanas, pero filmada en la ciudad de Changchun y hablada predominantemente en chino mandarín. Dado que no se conforma con encasillarse en marcos restringidos ni seguir fórmulas demasiado convencionales, a Wang le costó concretar este proyecto. Las compañías a las que ofreció la película, tanto americanas como asiáticas, no lograban identificarse del todo con la obra que estaba frente a ellas, y la directora prefirió ser fiel a su visión en lugar de comprometerla para aspirar a algo más masivo. El drama del relato no opera con las mismas reglas a las que nos ha acostumbrado el cine hollywoodense, ya que privilegia las sutilezas por sobre los momentos aparatosos, y el ritmo pausado de sus escenas no le tiene miedo a la calma.

Al igual que sus personajes, que abordan las situaciones de manera tangencial, la cinta es más sugerente que explícita al desarrollar algunos de sus aspectos. The Farewell está construida sobre simulaciones o secretos, que obligan a los integrantes de esta familia a inventar formas de hacer algo bajo la apariencia de otra cosa. La despedida a la que alude el título tiene la particularidad de que su destinataria no sabe lo que está ocurriendo, algo que afecta especialmente a Billi, que está impedida de expresarle todo lo que siente. La joven quiere pasar más tiempo junto a su abuela, decirle lo mucho que le importa, pero el contexto del matrimonio no le permite hacer todo eso de manera directa.

La actuación de su protagonista también se basa en ese tipo de estrategia, recurriendo al lenguaje corporal para expresar sus emociones, a través de una postura encorvada que refleja su inseguridad y sobre todo con una versátil mirada que va desde el cariño hasta la tristeza. Awkwafina, la rapera-comediante-actriz que interpreta a Billi, da un efectivo paso a las historias dramáticas con esta obra -luego de sus roles humorísticos en Crazy Rich Asians (2018) y Ocean’s Eight (2018)-, complementando bien el trabajo del resto del elenco, que está conformado por actores menos conocidos e incluso por la tía de la directora, que actúa como ella misma en la película.

Gran parte del atractivo de la obra depende de cómo construye el círculo social donde transcurre el relato. Wang aprovecha las escenas donde los personajes están juntos para transmitir la idiosincrasia de la familia, con sus diferentes personalidades y dinámicas, que dan cuenta de una historia que se extiende más allá de los márgenes de esta película. Gracias a eso, las situaciones narradas poseen una ambientación rica de texturas, cuyo atractivo se basa en los detalles del entorno, no en las palabras. Parte del mérito pertenece a la fotografía de Anna Franquesa Solano, que plasma muy bien el carácter familiar de la obra con planos donde los personajes conviven de manera colectiva, equilibrada.

Si bien uno de los temas de la cinta es la muerte, el tono ocupado no se acerca a la miseria, sino que opta por algo más enternecedor, hasta optimista. La humanidad que se siente en cada una de sus situaciones le otorga un valor universal a una historia llena de peculiaridades. Los rasgos culturales de la cinta son específicos, pero en vez de distanciar a los espectadores que no pertenecen a ese mundo, los invita a descubrir los puntos que trascienden dichos límites y que a fin de cuentas los unen con la experiencia de los personajes.

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