The Nightingale (2018)

The_Nightingale-posterDurante los siglos XVIII y XIX, Australia fue ocupada por el Imperio Británico como lugar de destierro para algunos de sus convictos, una práctica que se sumó a otros episodios históricos oscuros que realizaron en el continente. En algunos casos, las penas de los condenados no consistían solo en estar destinados a un determinado territorio, sino que afectaban su libertad de manera más drástica, en una situación que se asemejaba a la esclavitud. Estar sometidos al capricho de los militares, sin poder escapar, implicaba que fuesen vistos como simples objetos, ya que controlaban diversas dimensiones de sus vidas, algo que le ocurre a la protagonista de la película The Nightingale.

La convicta irlandesa Clare Carroll (Aisling Franciosi) es una de las tantas personas desterradas en la isla de Tasmania, donde vive bajo las órdenes del teniente Hawkins (Sam Claflin). A pesar de las limitaciones a las que está expuesta, la joven ha logrado formar una familia junto a su marido Aidan (Michael Sheasby), con quien tiene una pequeña bebé. El control de Hawkins sobre ella no se extiende solo a los trabajos que debe hacer, sino también a su esfera más personal, ya que abusa de la desigualdad de poder entre ambos para violarla de manera habitual. Si bien el plazo de su condena se cumplió hace tres meses, Clare todavía no recibe la autorización para iniciar su ansiada vida en libertad, lo que provoca que su marido encare al militar y le exija lo que corresponde.

Lo que ocurre a continuación es una de las escenas más duras -aunque no la única- dentro de una obra que muestra la violencia con una cruda transparencia. La crueldad presente durante esos minutos resulta casi insoportable, sin la necesidad siquiera de ser demasiado explícita en términos visuales. El efecto depende del tiempo que la cinta mantiene su atención sobre esos actos, y de la forma en que construye tal nivel de intimidad entre el espectador y la protagonista que nos hace partícipes de su sufrimiento. Las consecuencias son devastadoras para Clare, ya que pierde todo aquello que amaba en el mundo. Sin una razón poderosa para vivir, decide ocupar todas las fuerzas que le quedan para atrapar a los responsables de lo ocurrido, quienes emprendieron un viaje por una peligrosa zona de la isla.

Si bien el punto de partida parece indicar que estamos ante una película de violación y venganza (rape and revenge film), el enfoque de la directora Jennifer Kent busca entregar mayores matices, y no simplemente seguir una fórmula preexistente. El género de la cineasta influyó en su afán de crear algo diferente, ya que, en vez de reducir el relato a un objetivo tan básico, prefiere apelar a algo más complejo. El cambio se nota también en cómo son representadas ciertas situaciones, al alejarse de la simple explotación y del deseo de choquear a la audiencia con los momentos violentos, que acá son mostrados sin fetichismo ni exaltación. Esas escenas ocurren con una brutalidad que impide ese tipo de frivolidades.

La propia idea de venganza es cuestionada a medida que el relato avanza, dado que Kent se centra en las secuelas psicológicas que experimenta la protagonista tras la tragedia sufrida, unas secuelas que complican la catarsis que supuestamente debería generar un desenlace como ese. Es difícil hablar de justicia en un entorno como el que se muestra en The Nightingale, donde el uso de la fuerza domina la mayoría de las interacciones entre los personajes, no existen garantías de que la ley vaya a ser respetada, y la crueldad parece ser el móvil de gran parte de las personas. Esto provoca que incluso las muestras de bondad sean vistas a través de un lente muy particular, ya sea con desconfianza, dado que pueden esconder intenciones malignas, o como un signo de debilidad de quien los realiza.

La deshumanización a la que es sometida Clare también es experimentada por los aborígenes australianos, producto de la colonización de los británicos que los masacró e intentó borrar su cultura. En el centro de la obra está la relación que se forma entre la protagonista y Billy (Baykali Ganambarr), el aborigen al que contrata como guía y rastreador, quien también perdió a su familia por culpa de los soldados. Al principio, la joven recurre a él solo por necesidad, ya que le es imposible recorrer el territorio por si sola, y durante sus primeras interacciones demuestra una fuerte aprensión hacia él, pero a medida que se conocen esas barreras van desapareciendo. La utilización momentánea de idiomas propios (gaélico irlandés y palawa kani), distintos al inglés de los colonizadores, sirve como un reflejo de la calidad de marginados que comparten, cada uno a su manera.

Aunque la opresión de ambos permite un entendimiento mutuo, Kent trata de evitar un desarrollo simplista de ese vínculo como el que aparece en la cinta Green Book (2018) de Peter Farrelly. El descubrimiento de similitudes entre ellos, a pesar de las obvias diferencias que tienen, no da paso a una coincidencia absoluta de sus vivencias, permitiendo en cambio algunos momentos donde la protagonista reconoce que aún dentro de su desdichada posición posee algunas cuotas de privilegio que Billy no tiene. La identificación de esos factores le da a la obra una comprensión más completa de la situación, que resulta coherente con el concepto de interseccionalidad, pero no impide ciertos instantes en los que termina cayendo en lo simplón.

The Nightingale demuestra una intención por entregarle varias capas al relato, para que funcione no solo en su dimensión más directa o superficial, que corresponde al objetivo inmediato que se propone la protagonista, sino también en cuestiones que apuntan a la sustancia de la obra. Se trata de algo que la directora había demostrado con su anterior película, The Babadook (2014), una buena cinta de terror que además de asustar explora temas relacionados con la maternidad, la pérdida de un ser querido y la lucha contra los demonios internos. Pero los intentos de Kent, aunque crean algunos momentos de buena calidad, no siempre logran convencer, por culpa de un tratamiento irregular de sus ideas.

Sin ser una cinta desechable, que desaproveche completamente los temas que la rodean, ni una obra excepcional, que eleve esos elementos, la película se ubica en un terreno intermedio, al no ocupar todo el potencial que tenía. En sus 136 minutos de duración -que se notan bastante-, el relato fluctúa entre instantes cautivadores y otros que solo cumplen con su deber. La directora, no obstante, impregna a la cinta con un aire más distinguido gracias a la confianza que demuestra por sus decisiones estilísticas, algo que llama la atención si consideramos que este es recién su segundo largometraje como cineasta. La propia duración de la obra, su ritmo pausado, una trama que no transita por el camino fácil, y la relación de aspecto clásica que ocupa (4:3, que le da una imagen algo cuadrada) demuestran la seguridad de alguien que sabe lo que quiere, lo que en casos como este permiten diferenciar a los trabajos buenos de los pasables.

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