Midsommar (2019)

Midsommar-posterEl largometraje debut de Ari Aster, Hereditary (2018), llamó la atención no solo por su buena calidad, sino también por la seguridad que demostraba el director con el manejo del lenguaje cinematográfico y las decisiones artísticas que tomó durante su producción. La obra pertenece al género del cine de terror, pero en vez de recurrir a sustos concretos, a impactos pasajeros, utilizaba una fuerte atmósfera que extendía la tensión a lo largo del metraje, creando algo que se alejaba del tipo de historias al que nos tiene acostumbrado el cine comercial. Con su segunda película, Midsommar (Midsommar: El terror no espera a la noche), estrenada solo un año después, sus intentos por crear algo distintivo, que funcione por sus propias reglas, van incluso más allá.

Para disfrutar mejor esta obra, es necesario tener una predisposición especial, que permita ajustarnos a su particular enfoque. Si bien el talento del director logra que la atmósfera que construye pueda hechizar a algunos espectadores que la vean sin saber demasiado de la cinta, estamos ante un trabajo cuya efectividad depende mucho de la actitud que tengamos al abordarla. Saber que la duración del metraje se acerca a las dos horas y media, o estar familiarizado con el estilo narrativo de Aster, pueden ser factores decisivos al momento de ver Midsommar, siendo los elementos que separen a las experiencias satisfactorias de las fallidas. Como algunas de las drogas naturales que los personajes consumen en algunas escenas, las que modifican sus defensas y los preparan para recibir lo que ocurrirá a continuación, sumergirnos en el delirio colectivo del relato podría requerir de un empujón externo.

Internarnos en la obra no se diferencia demasiado del viaje que emprenden sus propios personajes, ya que compartimos un trayecto por paisajes idílicos que van revelando perversos secretos. Tras vivir una experiencia familiar traumática, una estudiante de psicología llamada Dani (Florence Pugh) decide acompañar a su novio Christian (Jack Reynor), que estudia antropología, a Suecia, donde presenciarán un antiguo festival que gira en torno al solsticio de verano. La idea del viaje fue propuesta por Pelle (Vilhelm Blomgren), compañero de Christian y miembro de la comunidad rural a la que se dirigen. La incorporación de Dani a la travesía no es muy bien recibida por Josh (William Jackson Harper) y Mark (Will Poulter), dos amigos de su novio que también forman parte del viaje, el primero con un objetivo académico y el segundo con fines más hedonísticos. La joven, según ellos, es una carga para su amigo, quien ha estado cerca de un año pensando en una manera de terminar la relación, pero una vez que son recibidos en la comunidad de Hårga esa situación se convierte en la última de sus preocupaciones.

Aster aprovecha el interés antropológico de sus personajes para transmitir información a través de las preguntas y explicaciones que aparecen a lo largo de la película. La comunidad que visitan, con sus costumbres ligadas al paganismo y unas creencias que mezclan principios como la reciprocidad, el carácter cíclico de la vida, la importancia de los sacrificios y la prevalencia de lo comunitario por sobre lo individual, es lo suficientemente interesante para que la obra mantenga la atención de los espectadores durante largo rato. Pero lo relevante no es solo la información que se entrega sino también la manera en que va apareciendo, con una dosificación precisa y un buen manejo de aquello que se dice de manera explícita y lo que solo se insinúa.

La historia forma parte del subgénero del folk horror, el que fue desarrollado principalmente en el Reino Unido durante los años 60 y 70, y cuyo principal exponente es The Wicker Man (1973) de Robin Hardy. En este tipo de películas, los rituales ligados a la naturaleza y las antiguas religiones paganas ocupan un rol central, sirviendo como los elementos perfectos para exponer a personajes más “civilizados” a situaciones espantosas, que reflejan un siniestro lado del ser humano que apunta a sus instintos más profundos. Un reducido entendimiento del subgénero es suficiente para saber hacia dónde va dirigida la trama, pero eso no impide que la cinta nos sorprenda con la forma en que va uniendo y desarrollando sus diferentes componentes.

Uno de los aciertos de Aster consiste en hacer que la historia escale de forma gradual, casi imperceptible, para que no cuestionemos demasiado el hecho de que los personajes no se van de inmediato de aquel lugar. Las buenas costumbres, el temor a resultar groseros y el interés científico evitan que condenen con demasiada fuerza las cosas que ven dentro de esa comunidad, incluso las que son más chocantes. Cuando finalmente se dan cuenta del peligro al que están expuestos ya es demasiado tarde y no pueden escapar. La secuencia de hechos, vista de manera continua, no les permite apreciar con claridad todos los cambios que se van produciendo, los que resultan más notorios cuando uno examina las situaciones aislándolas unas de otras, con una mayor distancia entre ellas.

A diferencia de Hereditary que ocupaba una paleta de colores más apagada y locaciones sombrías, en Midsommar hay una preponderancia de espacios abiertos y una gran presencia de luz natural. Debido a un fenómeno conocido como sol de medianoche, que ocurre en lugares del círculo polar ártico, en la época del solsticio de verano la luz solar está presente durante las 24 horas del día, como en este caso. Crear una cinta que comparte elementos con el cine de terror a plena luz del día es inusual, pero el resultado no deja de ser sorprendente, dado que la constante luminosidad de las escenas le otorga a la larga un aire opresivo a la película. La sensación es de inquietud, como si no contásemos con la opción de descansar de esta atmósfera, la que pasa a adoptar rasgos casi irreales.

Pese a tener estéticas tan diferentes, ambas cintas comparten el mismo director de fotografía, Pawel Pogorzelski, quien además de aprovechar la iluminación para entregar imágenes coloridas y vibrantes, demuestra un hábil uso de los movimientos de cámara, tipos de planos y composición del cuadro para dar forma a las distintas escenas. Hay momentos donde los aspectos visuales de la película son bastante llamativos, con ángulos poco convencionales o unos meticulosos planos secuencia, pero incluso en circunstancias más sobrias Pogorzelski logra una factura refinada, formidable. Su labor es, junto con el diseño de producción de Henrik Svensson, uno de los grandes aliados de Aster para construir un mundo hipnotizante, capaz de conquistar a la audiencia durante todo el metraje.

Algo que se nota también en cómo Aster y Pogorzelski ocupan la cámara es la personalidad que le confieren, haciéndola a veces partícipe de la acción y transmitiendo lo que está sintiendo la protagonista. Aunque estamos recién ante el segundo largometraje del director, sus decisiones demuestran la confianza de alguien que lleva mucho más tiempo haciendo películas, y una parte importante del atractivo de esta cinta es lo comprometido que está con la visión que se propone. No tiene miedo, por ejemplo, de transitar por el terreno del absurdo, a través de un sentido del humor atípico, cuya combinación con los elementos más tensos del relato resulta mejor lograda que en el caso de Hereditary.

Al igual que en el anterior trabajo de Aster, en Midsommar el terror se convierte en una oportunidad para explorar temas más personales, como las relaciones de pareja tóxicas, el duelo, la depresión y las experiencias traumáticas. Si el desenlace de la cinta se puede considerar como un momento de catarsis, se trata de una que ocurre más por casualidad que como algo insoslayable. No tiene, por ejemplo, el nivel de significación del final de The Witch (2015) de Robert Eggers, donde el destino de la protagonista refuerza las ideas que subyacen a la historia y surge de manera natural, casi inevitable. Acá, los minutos finales podrían haber ocurrido de esa forma o de otra, no existe esa inevitabilidad de la otra obra, ya que los elementos que propician esa conclusión están más cerca del azar que de otro factor.

La fascinación que provoca la cinta depende de su dimensión narrativa y sensorial. Se trata de una película que crea una experiencia difícil de olvidar, donde la osadía de sus realizadores permite la existencia de una obra poco habitual dentro del panorama del cine estadounidense contemporáneo, que no se conforma con pertenecer a categorías rígidas y que es el fiel reflejo de una visión comprometida y personal de los artistas que la crearon.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s