Hustlers (2019)

Hustlers-posterTanto o más importante que la historia narrada en una película, los diferentes puntos de vista desde los cuales esta puede ser contada ocupan un rol fundamental en la creación de una cinta, permitiendo diversos resultados posibles. Cada persona tiene una visión propia del mundo -influida por factores como su religión, raza, clase socioeconómica, educación, entre otros-, así que la identidad de quien realiza una película es importante. La “mirada masculina” (male gaze) es uno de los conceptos que ayudan a comprender esa situación, ya que nos permite ser más conscientes de cómo la manera en que son representadas las mujeres en el cine o en cualquier otro medio obedece también al género de los artistas involucrados, quienes pueden caer en una cosificación de los personajes femeninos.

El género del director no es una garantía absoluta, ya que una cineasta mujer podría también caer en un enfoque machista del relato, pero no se puede negar que contar con una perspectiva fuera de lo habitual puede ser refrescante, y en el cine las directoras son minoría. Podemos notar ese enfoque novedoso en la película Hustlers (Estafadoras de Wall Street), escrita y dirigida por Lorene Scafaria, y basada en el artículo “The Hustlers at Scores” que la periodista Jessica Pressler publicó en la revista New York. La historia, protagonizada por un grupo de strippers, podría haber caído en el terreno de las imágenes explotadoras y fetichistas, pero la cinta logra un meritorio grado de humanidad y se da el trabajo de no subestimar a sus personajes.

La historia se extiende por aproximadamente una década, partiendo en 2007, cuando una joven llamada Destiny (Constance Wu) comienza a trabajar en un strip club ubicado en Nueva York, cuya principal clientela son agentes de Wall Street con mucho dinero que gastar. La protagonista no tarda en formar una amistad con Ramona (Jennifer Lopez), una de las strippers más exitosas del local, quien se convierte en su mentora y le enseña algunos trucos para ganar más dinero. Cuando el negocio está en su apogeo y la amistad entre ambas mujeres se convierte en una especie de hermandad, el mundo es azotado por una enorme crisis económica, propiciada por los mismos tipos de hombres a los que atendían.

Debido a la dependencia que el club tiene de esos agentes, la crisis disminuye el flujo de clientes y varias de las strippers, incluida Destiny, se ven obligadas a buscar otros trabajos. El nacimiento de su hija la lleva a tener una vida alejada de esos locales y pierde el contacto con Ramona, que también debe dedicarse a otras cosas. Los años pasan, y la protagonista vuelve a su antiguo negocio, pero las cosas han cambiado y se nota una atmósfera decadente en un lugar que antes estaba lleno de energía. Es entonces cuando vuelve a encontrarse con su antigua amiga, quien la convence de participar en un lucrativo fraude. Junto a otras dos amigas, Mercedes (Keke Palmer) y Annabelle (Lili Reinhart), recorren algunos bares en busca de hombres adinerados, a quienes drogan con ketamina y éxtasis para hacerlos más obedientes y ocupar sus tarjetas de crédito.

Ya desde los primeros minutos vemos la manera en que Scafaria le da un toque personal a la obra. La aparición del personaje de Jennifer Lopez está acompañada de la sensualidad que uno espera de una historia que transcurre en el mundo de las strippers, con imágenes que destacan además el formidable estado físico de la cantante de 50 años, pero hay algunos elementos que le dan un toque especial a la escena.  La perspectiva predominante desde la cual se contempla la rutina no corresponde a los clientes que arrojan billetes a Ramona, sino que, a la visión de Destiny, que observa todo esto con fascinación, asombrada por el impacto repentino de su baile y tratando de captar cada detalle de sus movimientos. Por lo mismo, la sensación que transmiten estos instantes se acerca más a la capacidad de control de la stripper, al poder que tiene sobre su audiencia, que a la autoridad que estos puedan tener sobre ella.

La subversión de las dinámicas de poder es también la base del negocio de la protagonista y sus amigas. El método que utilizan consiste en adoptar una práctica cuyas víctimas han sido tradicionalmente mujeres (alterar un trago con drogas), para aplicarlo en contra de hombres arrogantes que tienden a perpetuar un trato desigual basado en su género. El proceso, además, altera la subordinación que provocan las diferencias socioeconómicas, ya que escogen a personas que ocupan una posición privilegiada, no solo por la cantidad de dinero que pueden obtener de ellas, sino como una especie de venganza indirecta por la crisis económica que las afectó, crisis que fue provocada por ese tipo de individuos.

Con una actitud que recuerda a Robin Hood, aunque limitada solo al primer paso de robarle a los ricos, las acciones de las strippers son representadas con un aire de exaltación, pese a que se trata de delitos, creando un lazo de complicidad con el espectador. Incluso antes de que empiecen esas actividades, durante la primera media hora del metraje, el mundo donde transcurre la historia surge como una explosión de música y colores, que trata de ensalzar un pasado reciente, aquel donde la canción “Gimme More” de Britney Spears era uno de los principales éxitos que sonaban en la radio y Usher una de las celebridades más populares. Si Lady Bird (2017) de Greta Gerwig construía una imagen de comienzos de los 2000, Hustlers hace lo propio con los últimos años de esa década, en un llamativo ejercicio que nos recuerda que el tiempo no pasa en vano para nosotros.

Gracias a una vitalidad que se extiende a lo largo de casi todo el relato, la cinta presenta un desarrollo dinámico, que no se estanca. Las apariciones de cantantes como Cardi B o Lizzo resultan vistosas, pero también se logran adecuar al mundo que crea la directora, uno en el que personajes extravagantes como los de ellas también tienen cabida. Sus participaciones son acotadas, solo como una introducción a ese particular entorno, y luego el interés de la cinta pasa a centrarse en la relación entre Destiny y Roma, con todos los altibajos que se van produciendo entre ellas. Si bien la película es a veces demasiado explícita con algunas ideas que quiere transmitir, deletreando de manera innecesaria unas cuestiones que podrían haber sido más sutiles, se nota su esfuerzo por darle una mayor sustancia al vínculo de los personajes.

El guion de Scafaria recurre a una estructura ya conocida, formando parte de aquellas historias que narran el ascenso y caída de sus protagonistas, con momentos de victorias embriagadoras que son seguidas por una rápida decadencia. Este aspecto del relato, sumado a su inclinación por las conductas delictuales, la emparentan con el cine de Martin Scorsese, específicamente con obras como Goodfellas (1990) y The Wolf of Wall Street (2013). La película, sin embargo, pierde algo de fuerza en el desenlace de la historia, ya que las consecuencias de los actos de sus personajes no llegan a ser demasiado devastadoras. Aprovechando que está basada en un artículo periodístico, la cinta ocupa como marco narrativo una entrevista que Destiny le está dando a una reportera, a través de la cual rememora lo que ocurrió años antes, pero el contexto que rodea a las escenas ambientadas en el presente permite adelantar que la situación no le provocó grandes perjuicios.

Y pese a que las relaciones entre los personajes experimentan algunos cambios, no alcanzan los niveles catastróficos de esas otras obras. La dinámica de mentor y aprendiz entre Ramona y Destiny, por ejemplo, no desciende a la ferocidad demostrada por James Conway y Henry Hill, que hacia el final de Goodfellas presentaba hasta tintes homicidas. Lo que nos termina diciendo Hustlers es que pese a los crímenes que cometieron, sus personajes principales no terminan corrompidos por ese estilo de vida, sino que mantienen esa cuota de humanidad que los unió en un principio. El optimismo de la cinta contribuye a crear un tono más luminoso, donde son los lazos afectivos y no la colaboración delictual, la que define a sus personajes.

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