Los Reyes (2018)

Los_Reyes-posterEn un afán por separarnos del resto de los animales, los seres humanos hemos tratado de destacar durante milenios los aspectos que nos diferencian de ellos, creando una jerarquización donde ocupamos la cúspide de una pirámide imaginaria, en un esfuerzo que llegó al extremo de negar algunas importantes similitudes con otras especies. Aunque hay una clara diferencia en términos de raciocinio, hay otros elementos que la ciencia ha estudiado durante el último tiempo y que podrían demostrar que no son exclusivos de las personas, como las emociones o la personalidad. Hay estudios que afirman identificar esos rasgos en animales como peces o cangrejos, pero no es necesario ir tan lejos para que nosotros mismos los notemos, ya que se pueden apreciar de forma más clara en los mamíferos, sobre todo en los animales domésticos, como los perros y los gatos.

Reconocer que los animales pueden actuar guiados por parámetros distintos al simple instinto, y que además poseen una individualidad propia que los distingue del resto, puede tener un efecto importante en términos narrativos, ya que permite verlos como algo más que simples componentes de la naturaleza, pasando a ser verdaderos personajes. Ese pensamiento explica que exista un documental como Los Reyes, dirigido por Bettina Perut e Iván Osnovikoff, donde la atención del relato está posada sobre dos perros callejeros que no son relegados a un rol accesorio ni a un telón de fondo de la obra, sino que ocupan la función de protagonistas, tanto así que eclipsan a los humanos que aparecen en la cinta.

Fútbol y Chola son los dos perros presentados en la película, los que viven en el skatepark del parque de Los Reyes, en Santiago. La forma en que los directores retratan a estos animales no se asemeja a la de los “documentales de naturaleza”, del tipo National Geographic o Discovery Channel, donde la voz de un narrador va explicando lo que ocurre en la pantalla. Su intención es más transparente, ya que despoja a la obra de esos elementos para que sean los mismos perros los que transmitan sus emociones. No existe tampoco un ánimo pedagógico o didáctico acerca de las situaciones mostradas, sino que estamos ante algo más contemplativo, a la captura de un determinado momento y lugar.

De vez en cuando, las imágenes de los perros son acompañadas por los diálogos de los adolescentes que frecuentan el skatepark, con conversaciones que involucran comentarios sobre sus familias, sus experiencias con el consumo y venta de drogas, y los planes que tienen para el futuro. Los rostros de esos jóvenes, sin embargo, nunca son mostrados, ya que la cinta prefiere limitarse a sus voces, mientras la cámara los representa de forma indirecta (con planos detalle de sus manos, por ejemplo, o mostrando sus siluetas) o simplemente se centra en los perros. La presencia humana es un elemento casi accidental dentro de la obra, accesorio, que sirve para darle algo más de textura al núcleo del relato, en cuyo centro están los animales.

Esta situación no siempre se mantuvo así a lo largo del proyecto, ya que en un principio el enfoque de sus directores iba a estar sobre esos adolescentes. A medida que empezaron a filmarlos, Perut y Osnovikoff se dieron cuenta de que las conversaciones perdían algo de espontaneidad cuando estaban frente a una cámara, y el estilo mismo del documental se acercaba demasiado a lo convencional. Con tal de lograr una mayor naturalidad en las conversaciones, y de entregarle una voz distintiva a la película, con una perspectiva fuera de lo común, el foco de atención se trasladó a dos perros que vivían en el skatepark y que se transformaron así en el corazón de la cinta. De esta manera, las experiencias de los jóvenes pasaron a ocupar un lugar más periférico en el relato, sin que ni siquiera interactúen con los animales protagonistas ni los referencien en sus diálogos.

A medida que Los Reyes avanza, somos capaces de identificar los rasgos de personalidad que caracterizan a los dos perros, algo que se logra sin la necesidad de humanizarlos de forma artificial, sino que parece desprenderse de ellos mismos. Chola es una perra enérgica, que le gusta jugar con las pelotas que encuentra, a través de un ingenioso mecanismo que aprovecha las pendientes del skatepark, y ladrar a quienes considera intrusos de ese lugar. Fútbol, en cambio, más viejo que su compañera, tiende a observar lo que ocurre a su alrededor, contentándose con sostener en su boca diferentes objetos, desde botellas plásticas hasta adoquines de cemento. La capacidad que tienen para transmitir ese tipo de caracteres recuerda a lo que ha ocurrido durante las últimas semanas con el Negro Matapacos, el perro que se hizo famoso hace algunos años en las protestas universitarias de la capital y que ahora de manera póstuma fue elevado como un símbolo del estallido social que comenzó este 2019 en Chile.

Algunas de las dudas que pueden surgir mientras vemos el documental dicen relación con la intervención que los realizadores tuvieron sobre las situaciones mostradas en pantalla. La presencia de ciertos objetos a lo largo del metraje, o la disposición de estos en determinadas ocasiones, parecen algo convenientes para construir momentos que le den una continuidad narrativa al relato. Sin embargo, que algunas situaciones sean “facilitadas” por los cineastas no resulta tan cuestionable, ya que lo importante es cómo Fútbol y Chola reaccionan a esas condiciones más que cómo surgieron ellas.

Como las voces humanas que escuchamos en el documental ocupan una dimensión propia, distinta a la de los perros, la labor de representar el mundo que habitan Fútbol y Chola recae en las imágenes. La cámara del director de fotografía Pablo Valdés sigue sus movimientos con gran atención, registrando hasta los instantes más cotidianos de sus vidas. Aunque hay un esfuerzo por capturar la realidad de sus protagonistas, eso no se traduce en un resultado excesivamente naturalista en términos estéticos, ya que se nota una mayor expresividad estilística de parte de los cineastas. Los diferentes tipos de planos que conforman la cinta, y cómo estos son relacionados entre si por el montaje de Perut y Osnovikoff, van creando una atmósfera especial, una especie de microcosmos que habitan estos protagonistas.

Si bien el espacio que cubre el documental está acotado al skatepark y a sus inmediaciones, Los Reyes elude la monotonía gracias a un planteamiento que encuentra formas novedosas de mostrar a sus personajes y su entorno. Lo sensitivo ocupa un rol fundamental en este ejercicio, potenciando ciertas imágenes o sonidos para intensificar la realidad y construir una impresión específica de ella. Los planos detalle que acentúan las texturas de las narices, lenguas y patas de los perros, y los sonidos de sus jadeos y ladridos, son escogidos con cuidado por los directores, que en vez de contentarse con una visión que pase desapercibida optan por algo más elocuente e intenso.

El desafío que se autoimpusieron no era sencillo, porque implicaba abordar la obra desde ángulos inusuales, desarrollarla desde los márgenes, no directamente. Al final, son esos elementos los que terminan entregando una visión especial de ese entorno, permitiendo que hable a través de su idiosincrasia y de sus ocupantes más postergados.

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