The Good Liar (2019)

The_Good_Liar-posterEn un momento de la película de The Good Liar (El buen mentiroso), la nueva película de Bill Condon, sus protagonistas van al cine y ven Inglourious Basterds (2009). La escena no solo resulta entretenida por la idea de dos adultos mayores viendo una obra tan violenta, sino que posee también una tenue conexión con algunas de las ideas de esta cinta. Además de transcurrir durante la Segunda Guerra Mundial, una época relevante dentro de este relato, el trabajo dirigido por Quentin Tarantino juega con las categorías de lo real y lo ficticio a través de un ejercicio revisionista de la historia. Y siendo esta una película acerca de estafas, esas categorías se entrelazan más de alguna vez.

Ya desde los primeros segundos somos testigos de ciertos engaños, ya que mientras aparecen los créditos iniciales de la película vemos a los dos personajes respondiendo un cuestionario en un sitio web de citas. Algunas de las respuestas, como sus hábitos con el alcohol y el tabaco, no coinciden con lo que ocurre en la realidad, y luego de eso, cuando se reúnen en persona por primera vez, confiesan que ocuparon nombres falsos para presentarse. Tanto Betty McLeish (Helen Mirren) como Roy Courtnay (Ian McKellen) son viudos, y decidieron darle una oportunidad a este tipo de servicios para conocer personas nuevas y superar la soledad. El objetivo no necesariamente consiste en iniciar una relación amorosa, ya que con la mera compañía de alguien agradable parecen darse por satisfechos.

Las mentiras, sin embargo, no se acaban ahí, y en el caso de Roy se revela que las ocupa de forma recurrente para ganarse la vida. Junto a su socio, Vincent (Jim Carter), ha diseñado numerosas estafas con las que convence a sus víctimas de invertir en un lucrativo negocio para terminar apropiándose de su dinero. El interés que demuestra por Betty va por el mismo camino, pero la situación se vuelve aún más atractiva para él cuando descubre que la mujer tiene una mayor fortuna de lo que aparentaba. Uno de los obstáculos que deberá enfrentar es el nieto de su futura victima, Stephen (Russell Tovey), quien nota algo sospechoso en la actitud del anciano, así que decide investigar su pasado, desenterrando algunos secretos que estaban escondidos.

Al estar ante una película de estafas, y tal como aparece en uno de los diálogos de la cinta, las cosas son más profundas de lo que parecen. En este tipo de relatos, la manera en que es entregada la información resulta de gran importancia, porque con eso controlan la tensión y crean giros sorpresivos en la trama. De esa manera, los secretos de la obra no solo actúan entre los personajes, sino también sobre el espectador, que tiene un conocimiento incompleto de lo que está ocurriendo y solo va uniendo las piezas a medida que avanza. Debido a las situaciones narradas en un relato como este, no es recomendable creer que todo lo mostrado es tal y como lo presenta la cinta, debiendo examinar sus elementos con una cuota de desconfianza.

Los mejores momentos de The Good Liar ocurren durante sus dos primeros tercios, cuando se presentan a los personajes y vamos viendo cómo Roy planta las semillas para estafar a Betty. El director Bill Condon se muestra cómodo con el material que le es proporcionado, un guion escrito por Jeffrey Hatcher y basado en la novela de Nicholas Searle, el que le permite transitar por algunos rincones de Londres y retratarlos con un cierto aire de sofisticación, que también logra capturar a través del diseño de vestuario de Keith Madden. Las imágenes que va construyendo con la ayuda del director de fotografía Tobias A. Schliessler son precisas y refinadas, como la apariencia que el propio Roy trata de transmitir al resto de las personas, aunque detrás de ambas se esconden algunos oscuros misterios.

Esta película marca además la primera colaboración cinematográfica de Ian McKellen y Helen Mirren, lo que se convierte en otra de las gracias de la obra. No es habitual ver cintas protagonizadas por actores de la tercera edad, mucho menos thrillers, pero sus interpretaciones le dan a The Good Liar la vitalidad suficiente para despejar las dudas que alguien podría tener antes de verla, al menos desde el punto de vista de las actuaciones. Dado que nuestra perspectiva como espectadores está más ligada a Troy, es McKellen quien tiene más posibilidades de mostrar su talento, y lo que hace es admirable. Además de ocupar las diferentes máscaras que utiliza su personaje, desde la lástima hasta la intimidación, es capaz de darle ese toque sombrío que requiere la historia, llegando incluso a combinar ambos elementos en un breve pero poderoso momento hacia el final del metraje.

Gracias al trabajo de sus protagonistas y a la labor del director, la trama podría estar dedicada exclusivamente al plan de Roy para estafar Betty, dentro de locaciones más o menos cotidianas, sin que eso afecte el interés de la audiencia. El talento de las personas involucradas es suficiente para dar forma a una historia atractiva. Pero la obra decide introducir una nueva dimensión al relato durante su último tercio, a través de hechos que ocurrieron décadas atrás y que revelan rasgos fundamentales de ciertos personajes. Aunque la posibilidad de un giro narrativo era alta, e incluso hay ciertos detalles que adelantaban un vuelco en la cinta, resultaba difícil adivinar con precisión lo que ocurriría.

El problema no dice relación con lo poco predecible de estos hechos, sino que con el drástico cambio que se produce con las situaciones anteriores, algo que llega a hacer tambalear la tan necesaria suspensión de la incredulidad. Se trata de un embrollo con tintes melodramático-históricos que complica de forma innecesaria a la trama, el que no solo afecta a la trama en si, sino también a la claridad de las motivaciones de algunos personajes y hasta al impacto emocional que buscaba generar, ya que las dudas que provoca pasan a ocupar nuestra atención y nos distrae del resto de los elementos.

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