The Irishman (2019)

The_Irishman-poster“Supe que pintas casas” (“I heard you paint houses”). Esa frase aparece durante los primeros minutos de la película The Irishman (El irlandés), de Martin Scorsese, con un enorme texto blanco sobre un fondo negro, el que vuelve a aparecer hacia el término del metraje, justo antes de los créditos finales. Es, también, el título del libro en el cual se basa la cinta, y una de las primeras cosas que el protagonista escucha cuando conoce a una de las personas más importantes de su vida. Se trata de un eufemismo, de una expresión en clave que hace referencia a una actividad violenta, de la cual el personaje principal es un experto, y cuya ilegalidad obliga a quienes la ocupan a recurrir a ese tipo de dobles sentidos y guiños indirectos para no incriminarse.

Scorsese, que creció en el barrio de Little Italy en Nueva York, mirando atento desde el departamento de su familia lo que ocurría en la calle, fue ávido testigo del mundo del crimen organizado, cultivando una fascinación que luego se traspasó a algunas de sus películas más importantes. Interesado en los códigos y comportamientos, en aquellos rasgos que les otorgan una idiosincrasia especial a ciertos grupos de personas, el director se ha preocupado por crear en esos trabajos una sensación tangible del mundo donde transcurren sus respectivas historias. Por eso, no es casual que se haya interesado en una frase como aquella, a partir de la cual podemos ir comprendiendo mejor la naturaleza de este relato.

El protagonista de la cinta es Frank Sheeran (Robert De Niro), un camionero que se involucra en el mundo delictual tras conocer a un famoso mafioso de Filadelfia llamado Russell Bufalino (Joe Pesci). Sus encargos, que primero consistían en cobrar dinero o hacer recados puntuales, pronto lo llevan a ocupar el rol de sicario, actividad a la que hace referencia la frase ya mencionada. Estos trabajos, sin embargo, no lo alejan completamente de algunos aspectos asociados a su labor como camionero, ya que en la cinta se muestra que el mundo del crimen organizado posee un fuerte vínculo con el entorno de los sindicatos. Esto le permite conocer a Jimmy Hoffa (Al Pacino), un dirigente sindical que durante los años 50 y 60 era una de las principales figuras políticas de Estados Unidos. Sheeran descubre que, desde las calles hasta las esferas más altas del gobierno, se extiende una compleja red de influencias y rivalidades, donde la lealtad es fundamental y los errores se pagan caro.

Al ser este un entorno donde Scorsese ha desarrollado algunas de sus obras más emblemáticas, el director recorre el mundo del crimen organizado en The Irishman con la seguridad de alguien que regresó a su hogar de la infancia. A lo largo de la película hay muestras de varios elementos que pasaron a definir a su filmografía estas últimas cinco décadas, como los planos secuencia fluidos y el uso del steadicam, la utilización de música pop de la época, los movimientos de cámara precisos, la cultura de los inmigrantes, la masculinidad, las traiciones, la violencia y la corrupción. Con esto, puede surgir el impulso de referirse a la película como un “grandes éxitos” del cineasta, y si bien engloba varios de sus componentes estilísticos y temas, no es solo una recopilación de ellos, sino que logra además construir algo nuevo.

El ánimo que hay detrás de The Irishman es distinto al de otras obras de Scorsese como Goodfellas (1990), lo que se puede ejemplificar volviendo de nuevo a las palabras. Mientras la frase que aparece en esta obra refleja un interés por lo perspicaz y por la cautela, la sensación es distinta si vemos la línea con la que inicia su cinta de 1990: “desde que tengo memoria, siempre quise ser un gángster” (“as far back as i can remember i always wanted to be a gangster”). Algo que caracteriza a aquella película es la manera en que busca transmitir la fascinación que el protagonista siente por el mundo de la mafia, esa atmósfera que lo cautivó y lo llevó a hipotecar su vida y la de su familia. Su viaje es interrumpido de manera trágica, y su salida de aquel entorno es visto por el personaje como lo peor que le puede haber ocurrido, ya que fue despojado de un estatus especial y arrojado al planeta de las personas comunes y corrientes.

La travesía de Sheeran, en cambio, no obedece a una predisposición, al cumplimiento de una fantasía de la infancia, sino que se acerca más al terreno de la casualidad. El encuentro con Bufalino -que terminó definiendo su vida- se debió a la mera chance, y durante el tiempo que estuvo ligado a la mafia se limitó a seguir las órdenes que le daban, sin gozar de demasiado libre albedrío. Por eso, la obra parece evitar la inclinación por hacer atractivo su nuevo estilo de vida, manteniendo siempre un rol de subordinado y alejado de los lujos y ostentaciones. Aunque lo vemos recolectando dinero en grandes cantidades, se trata del dinero de sus jefes, y no llegamos a ver la parte que le toca a él ni la manera en que lo gasta. En vez del frenesí y paranoia generados por la cocaína que experimentó Henry Hill, el desenlace del viaje de Sheeran tiene un tono más melancólico y calmado.

Como la cinta comienza in extrema res, mostrando al protagonista en un hogar geriátrico, no existe demasiada intriga acerca de lo que ocurrirá con él. La obra va saltando entre diferentes etapas de su vida, desde sus años combatiendo en la Segunda Guerra Mundial, hasta sus solitarios días de vejez. Esa dimensión del personaje no es habitual en las cintas sobre la mafia, y en el caso de The Irishman el efecto es potenciado a través de una técnica que ocupa Scorsese para presentar a algunos personajes secundarios, con textos que aparecen en la pantalla la primera vez que los vemos y en los que indica la fecha y forma de sus muertes. La gran mayoría fallece producto de asesinatos, durante la década de los 80, varios años antes de las escenas del Sheeran anciano, quien poco a poco se va alejando del entorno que definió su vida.

Para Scorsese, los años tampoco han pasado en vano, y es esa madurez la que le permite tener una perspectiva más consciente y reflexiva del tema con esta obra, separándola así de sus trabajos anteriores. A diferencia de Sheeran, el director todavía cuenta con la presencia de sus antiguos amigos, a quienes reúne para dar forma a esta cinta que habla sobre la edad y los vínculos humanos. Es la primera vez desde Casino (1995) que vuelve a trabajar junto a Robert De Niro y Joe Pesci; el primero, el actor que lo ayudó a consolidar su carrera, y el segundo, que había estado bastante alejado del cine en los últimos veinte años. Es, también, su reencuentro con Harvey Keitel, a quien no había dirigido desde Taxi Driver (1976), y la primera vez que trabaja con Al Pacino, una colaboración que tardó demasiado en ocurrir (sobre todo considerando el origen italoamericano de ambos).

Debido a que el relato se extiende por más de medio siglo, el director se vio enfrentado al desafío de representar las diferentes etapas en las vidas de sus personajes. En lugar de contratar a actores más jóvenes para las primeras etapas, decidió rejuvenecer digitalmente a su elenco principal (que ronda los 70 años), con la ayuda de una novedosa técnica que no era demasiado intrusiva en sus interpretaciones. El resultado cumple con su objetivo, si bien hay algunas ocasiones donde la piel se ve artificialmente suave, y le otorga una continuidad a las actuaciones que quizás no habría logrado con intérpretes de diferentes edades para los mismos personajes. Quien llama más la atención dentro del reparto es Pesci, el que se aleja del histrionismo que caracterizó a sus trabajos más recordados y en cambio recurre a un enfoque más sobrio y medido.

El transcurso del tiempo, como factor esencial en la historia de Sheeran, también se extiende a la forma en que la película narra los acontecimientos. Así, la labor de la editora Thelma Schoonmaker, que ha trabajado con Scorsese desde su primer largometraje, Who’s That Knocking at My Door (1967), se convierte en uno de los pilares de la obra. La trama de The Irishman no es lineal, sino que intercala diferentes épocas, acomodándolas según ciertas ideas o sensaciones que pasan a ocupar una mayor influencia que el simple orden cronológico, mientras que la duración misma de la cinta se alza como un factor muy importante a considerar, debido a sus casi tres horas y media.

Ver la película es casi como una maratón, ya que es necesario prepararse o hacerse una idea de lo que nos espera. La destreza del director con el lenguaje cinematográfico, la riqueza del mundo donde transcurre la obra, y el carisma de sus actores, permiten que estar ante una cinta tan larga no sea un castigo, pero de todas maneras hay algunas secuencias durante el segundo tercio del metraje donde se siente el esfuerzo que implica estar tantos minutos frente a la pantalla. Es durante los últimos minutos que se refuerza la justificación de todo esto, al poner en perspectiva lo vivido por el protagonista.

Al tener una duración tan extensa, y al enorme presupuesto que implicó filmarla, la obra no habría podido ser producida a través de estudios tradicionales, con un modelo de distribución normal, así que la participación de Netflix dentro del proyecto fue fundamental. Es curioso ver cómo Scorsese, un defensor de la integridad del cine como medio artístico, fue ayudado por una empresa que genera ciertos resquemores en los círculos más tradicionales de la industria. Ya sea que fueron guiados por un genuino interés artístico o por el simple deseo de obtener un cierto prestigio que resuene en la temporada de premios, sin Netflix The Irishman no existiría. Lo paradójico es que la manera ideal de ver la película sigue siendo en el cine, dentro de un contexto que nos obliga a estar atentos a lo que ocurre, de manera ininterrumpida, y no en su plataforma en línea, que permite mayores distracciones, sobre todo con un relato tan largo como este.

Volviendo a las palabras y a su importancia, estas ocupan un lugar especial en ciertos trabajos de Scorsese. Su uso permite monólogos memorables frente a un espejo, una tensa broma en un restaurant, la plegaria de un hijo a su padre antes de morir, los hirientes comentarios de una esposa a su marido, la incriminación de unas personas tras ser delatados por alguien en quien confiaban, los chistes de un aspirante a comediante, y la principal herramienta de un timador para convencer a sus víctimas. Las palabras también pueden dar forma a la confesión de algo que ocurrió hace muchos años, como la que el verdadero Frank Sheeran hizo y que Charles Brandt plasmó en el libro que sirve como base para esta obra.

En aquel libro se trata de explicar uno de los grandes misterios de la historia de Estados Unidos, la desaparición del sindicalista Jimmy Hoffa, indicando no solo lo que ocurrió con él sino también identificando a los supuestos responsables. Esa versión de los hechos no es la definitiva, ya que tras la publicación de la obra surgieron varios cuestionamientos a su veracidad, así que adaptarla en una película era un riesgo que solo un cineasta de la talla de Scorsese podía superar. En manos de otra persona, un relato como este quizás resultaría sensacionalista y hasta torpe, pero el director logra centrar su atención más en la dimensión emocional de lo ocurrido que en la factibilidad de esos hechos. Su maestría también lo hace maniobrar con pericia las tres horas y media del metraje, sin caer en un aire de autoindulgencia.

Las palabras, específicamente su número, también han sido un parámetro para examinar la participación de Anna Paquin en The Irishman. La actriz interpreta a Peggy, una de las hijas de Sheeran, que, si bien se trata de un personaje importante para el protagonista, aparece más tiempo durante sus años de infancia, escenas donde es encarnada por una joven intérprete llamada Lucy Gallina. La versión adulta de Peggy tiene un rol mucho más acotado, tanto así que Paquin solo dice tres líneas durante toda la cinta, que en total no llegan a ser más de diez palabras, algo llamativo si se tiene en cuenta que se trata de una actriz conocida, no solo de un extra. Sin embargo, reducir su trabajo solo a la cantidad de sus diálogos es un análisis incompleto de la situación, ya que omite la importancia del lenguaje no verbal en su labor y la termina subestimando.

El limitado número de palabras que dice la actriz permite incluso que estas resuenen más, ya que se trata de una interpelación en la que interroga a su padre acerca de algo más profundo de lo que suena a simple vista. La perspicacia de Peggy la hizo notar desde muy joven algunos detalles que el protagonista quiso mantener en secreto, adoptando una distancia con ciertos elementos de su trabajo y mirando con desconfianza la aparente normalidad de su entorno. Un hecho que involucra a alguien muy querido por ella la hace finalmente hablar, y lo hace sugiriendo más de lo que dice de forma directa, pero con el suficiente ímpetu para que tanto Sheeran como los espectadores descifremos su intención.

Sus preguntas no solo preceden una de las mejores escenas de la película, donde Robert De Niro realiza una actuación de enorme impacto emocional, sino que obliga a su personaje a enfrentar unos pensamientos que intentó eludir durante mucho tiempo. Que la cinta muestre la vejez de Sheeran, aquellos momentos de mayor vulnerabilidad, nos permite ser testigos de cómo la muerte va cerrando sus líneas alrededor de él. Sus víctimas desaparecieron hace décadas, y sus amigos fueron despidiéndose uno por uno, quedando totalmente aislado, acompañado solo de sus recuerdos. Cuando ya no hay órdenes que seguir, ni personas a las que proteger con su silencio, surge la posibilidad del arrepentimiento. Así es como termina la cinta, con otra de las palabras recurrentes en la mente de Scorsese, la culpa.

4 pensamientos en “The Irishman (2019)

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