The Report (2019)

The_Report-posterEn el mismo año, se estrenaron dos películas escritas por Scott Z. Burns basadas en noticias reales de similar naturaleza, que consistieron en la revelación de información secreta, acerca de oscuras actividades clandestinas. La primera cinta, The Laundromat (2019), fue dirigida por Steven Soderbergh y está inspirada por el escándalo de los Panama Papers, que contenían las operaciones de empresas evasoras de impuestos e implicadas en otros delitos económicos, mientras que la segunda, The Report, fue dirigida por el mismo Burns y gira en torno a una investigación sobre los métodos de interrogación utilizados por Estados Unidos durante la llamada “guerra contra el terrorismo”.

A pesar de este similar punto de partida, la forma en que sus respectivas historias son tratadas es diferente en uno y otro caso. Al tono satírico de la primera obra se contrapone la atmósfera más aterrizada y sobria de la segunda, que es muy sucinta con los elementos estilísticos que utiliza. Aunque en un principio Burns quiso ocupar un enfoque más irreverente en The Report, con muestras de humor negro, debido a que se centraría en dos psicólogos involucrados en prácticas que no entendían del todo y que carecían de sustento científico, terminó optando por algo más serio, más meticuloso. De esta manera, la atención del relato se posó sobre la posterior investigación que se realizó sobre esas prácticas, encargadas por el Senado de Estados Unidos sobre algunas de las actividades que desarrolló la CIA después del 11 de septiembre de 2001.

La persona que lideró la investigación fue Daniel Jones (Adam Driver), un hombre que demuestra desde el primer minuto del metraje un fuerte compromiso con el deber. Por órdenes de la senadora Dianne Feinstein (Annette Bening), Jones inicia una extensa revisión de miles de documentos pertenecientes a la CIA, relacionados con las “técnicas de interrogatorio mejoradas” que comenzaron a ocupar sus agentes en su lucha contra Al Qaeda. Dichos métodos fueron implementados por dos psicólogos, Bruce Jessen y James Elmer Mitchell (T. Ryder Smith y Douglas Hodge), quienes amparados por una supuesta base científica convencieron a la agencia de inteligencia de implementar diversos mecanismos de tortura para extraer información de sus prisioneros y prevenir nuevos ataques terroristas.

Como el protagonista no tiene acceso a entrevistas con miembros de la CIA, su investigación depende casi completamente de la revisión de memos, informes y correos electrónicos. Es una labor sin una pizca de glamour, carente de una épica grandilocuente, donde sus principales herramientas son la perseverancia y la paciencia. Relegado a una habitación sin ventanas ni elementos decorativos, provista solo de los elementos esenciales para realizar su trabajo, Jones es acompañado de un par de colaboradores y debe pasar la mayor parte del día mirando la pantalla de un computador. La dedicación que tiene por el trabajo es total, y la única mención que escuchamos acerca de su vida personal es la referencia que hace a una pareja con la que terminó justamente por la atención que le exige su investigación.

Debido a la historia narrada y al tipo de personaje que debe encarnar, el trabajo de Adam Driver termina siendo más restringido de lo habitual. No son muchas las opciones que dispone cuando gran parte de sus escenas lo muestran leyendo o transmitiendo información llena de tecnicismos. Daniel Jones no es un héroe convencional, así que, en vez de estar guiado por un espíritu soñador e idealista, el principal motor de sus acciones es una determinación pragmática, hasta obstinada. De vez en cuando vemos cómo su coraza deja salir explosiones de ira, ante la frustración de un proceso que parece estancarse por cualquier cosa, las que le dan una mayor cuota de sabor a su interpretación y lo hacen ver más humano.

La luz helada de los tubos fluorescentes, tan presentes a lo largo de la obra, refleja bien el tono al que aspira Burns. Su director de fotografía Eigil Bryld ocupa una paleta de colores donde predominan los azules y los grises, construyendo además unos planos cuya composición transmite una cierta impersonalidad y gelidez, como la que caracteriza a uno de sus trabajos más conocidos, la serie House of Cards, aunque incluso ahí se lograban imágenes con personalidad. El peligro de la monotonía se despeja a ratos con unos flashbacks de las situaciones descritas en los documentos leídos por el protagonista, donde los colores pasan a ser más cálidos gracias a unas tonalidades amarillas, mientras que la cámara pasa de la estabilidad de los trípodes a una apariencia más temblorosa.

A pesar de lo inhumanas que eran las técnicas ocupadas, la CIA intentó defender su uso en base a su supuesta efectividad. El mal provocado, decía, era menor que el que lograban desbaratar. La idea de justificar los medios por los fines no es compartida por la película -que critica de forma clara a la cinta Zero Dark Thirty (2012) de Kathryn Bigelow y a la serie 24- ni por el protagonista, que trata de ser coherente también con su propio trabajo y los caminos que decide seguir. Aunque llega un momento en el que piensa filtrar la información descubierta porque no parece existir un ánimo de las autoridades políticas para continuar con el proceso, finalmente opta por aplicar los mecanismos institucionales. Esta fe que la obra demuestra por las instituciones, las mismas que permitieron los abusos cometidos por la CIA, se siente algo simplista y hasta ingenua, llegando al punto de cuestionar caminos alternativos tan válidos como el que siguió Edward Snowden en su momento.

Quizás la naturaleza de los hechos influyó en el tratamiento empleado por la cinta, que se siente algo plana, sin que existan muchas cosas en juego. Si lo comparamos con el documental Citizenfour (2014) sobre el caso Snowden, las diferencias se notan de inmediato, sobre todo por el sentido de urgencia que transmite y el peligro que enfrenta su protagonista. Pese a que Burns hace un trabajo correcto en la dirección, siendo este el segundo largometraje donde desempeña ese rol, no podemos evitar pensar lo que habría ocurrido si un cineasta más hábil estuviese a cargo del proyecto. Alguien como Steven Soderbergh, por ejemplo, colaborador habitual de Burns y productor de esta cinta, o David Fincher, que tiene algo de experiencia con las intrigas políticas debido a la ya mencionada House of Cards.

El carácter procedimental de The Report, que permite darle una mayor importancia a la meticulosidad de la investigación, no debería ser un obstáculo para crear una obra sobresaliente. Spotlight (2015) de Tom McCarthy y All the Presiden’s Men (1976) de Alan J. Pakula son una muestra de ello. Puede que los diferentes resultados en cada caso no se deban solo al talento de sus respectivos directores, sino también al contexto en el que se desenvuelven los protagonistas. Parece ser que las investigaciones periodísticas inspiran una mayor admiración que aquellas realizadas por un órgano estatal, ya que al no formar parte del aparato político se encuentran en una especie de desventaja respecto de los investigados. Si bien Jones está expuesto a algunos obstáculos, sigue contando con cierta protección de parte de la senadora Feinstein y posee además un acceso privilegiado a la información.

Salvo la amenaza de perder su cargo y una demanda de la CIA, los riesgos que corre el protagonista de The Report no se alzan como elementos muy importantes, y el desenlace de la historia tampoco está acompañado de una tensión demasiado palpable. La preponderancia de diálogos expositivos, a través de los cuales los personajes expresan de forma explícita lo que está ocurriendo para que los espectadores lo entiendan, es una muestra clara de cómo la cinta forcejea con el material en el que está basada. Los temas tratados son importantes, porque dicen relación con conceptos tan fundamentales como los derechos humanos y el respeto a la dignidad de las personas, pero una cosa es el contenido de la obra y otra la manera en que lo desarrolla y le va dando forma.

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