Marriage Story (2019)

Marriage_Story-posterEl trabajo del director Noah Baumbach ha estado enmarcado dentro de un entorno bastante particular: los círculos intelectuales y artísticos de la clase media-alta estadounidense, sobre todo los que pertenecen a la costa este de aquel país. Hijo de dos novelistas y críticos de cine, con una vida siempre ligada a la ciudad de Nueva York, sus obras reflejan de manera irremediable sus sensibilidades y experiencias, cumpliendo así con la famosa máxima del “escribe sobre lo que conoces”. En su nueva película, Marriage Story (Historia de un matrimonio), el cineasta recurre nuevamente a ese entorno, pero lo hace junto con otra ciudad, Los Ángeles, que se convierte en su contrapunto. El conflicto presente en el relato surge, entre otras cosas, a partir de la influencia de estos dos lugares sobre los protagonistas.

Charlie (Adam Driver), un respetado director de teatro que hace obras vanguardistas, y Nicole (Scarlett Johansson), una actriz que dio el salto desde el cine a los escenarios, están casados hace varios años. A pesar de sus diferentes personalidades, aprendieron a complementarse y su matrimonio parecía funcionar bien, tanto en lo personal como en lo profesional, ya que ambos trabajan en la misma compañía de teatro. Sin embargo, a la larga su relación fue revelando diferencias insalvables, sobre todo por la subordinación que existía entre ambos, ya que los intereses de Charlie parecieron siempre estar por sobre los de Nicole. Mientras él prefería desarrollar su carrera en Nueva York, los deseos de ella por retomar su trabajo en Los Ángeles fueron desestimados por su marido, quien habitualmente era el que tenía la última palabra sobre el tema.

La cinta muestra el proceso de disolución del matrimonio, una vez que la pareja se dio cuenta que ya no había vuelta atrás, siguiéndolos en sus preparativos del divorcio y en sus intentos por iniciar una nueva vida. Aprovechando que fue contratada para hacer el piloto de una serie, Nicole se traslada a Los Ángeles, su ciudad natal, junto a su hijo Henry (Azhy Robertson), quien tiene ocho años. Si bien Charlie cree que este cambio es solo temporal, y que una vez terminada la filmación volverán a Nueva York para acordar la custodia y las visitas del niño, la decisión de su esposa es más definitiva de lo que sospecha, y el divorcio, que en un principio debía ser resuelto de manera cordial entre ellos, sin recurrir a abogados, se complica mucho más de lo que planeaban.

En Marriage Story, las ciudades donde transcurre la obra son más que simples lugares geográficos. Cada una representa una determinada manera en que los protagonistas desean desarrollar sus vidas, siendo los más de 4.000 kilómetros que las separan un reflejo del insoluble quiebre de su matrimonio. Nueva York parece funcionar sobre la base de la tradición y lo refinado, con lugares llenos de historia y cultura, mientras que Los Ángeles simboliza los nuevos horizontes, con una industria del entretenimiento tan grande como ajetreada. Charlie y Nicole no quieren ceder en sus pretensiones, aferrándose a la ciudad que cada uno escogió, y que según ellos es el mejor lugar para que viva su hijo Henry, atrapado en medio de este conflicto.

Una de las virtudes de Los Ángeles que es destacada por varios personajes a lo largo del metraje es “el espacio” de la ciudad, pero la inclinación de Baumbach por la ironía lo llevan a privilegiar los entornos cerrados por sobre los abiertos al momento de ambientar sus escenas. Con la ayuda del director de fotografía irlandés Robbie Ryan, el cineasta aprovecha los pasillos, rincones y habitaciones de estos lugares para dar forma a sus imágenes. De vez en cuando la cámara se queda afuera de alguna pieza para mostrar lo que ocurre dentro de ella desde una ubicación más relegada, transformando al marco de la puerta en un plano adicional, como si estuviese espiando a los personajes, a quienes podemos ver solo parcialmente.

Ryan, además, escoge de manera meticulosa el tipo de plano a utilizar, ocupando planos generales, medios o primeros planos dependiendo de lo que exige cada momento. Al ser un relato acerca de relaciones humanas, la obra acentúa la situación de los personajes a través del lenguaje cinematográfico, y lo hace de manera inteligente, mostrándolos aislados dentro del espacio en el que se encuentran, separados entre sí, en una situación de intimidad, o absortos en su propia mente. Su labor es sutil y elegante, sin que el resultado sea presuntuoso ni llame la atención hacia sí mismo. A veces la buena fotografía de una película es confundida con la creación de imágenes bonitas, placenteras a la vista, pero más importante que eso es cómo se utiliza la cámara para transmitir ideas y sensaciones, lo que en este caso sus realizadores entienden muy bien.

Como la filmografía de Baumbach ha estado tan ligada a su propia vida, ya sea que él lo quiera o no, se pueden notar conexiones entre lo que aparece en ellas y las experiencias que las inspiraron. Si con su largometraje The Squid and the Whale (2005) exploró el tema del divorcio desde la perspectiva del hijo cuyos padres se separan, en base a lo que ocurrió con el director y sus propios padres, ahora el conflicto matrimonial tiene un enfoque más directo, ya que él mismo pasó por esa situación cuando se separó de la actriz Jennifer Jason Leigh en 2010. Baumbach ha señalado en varias entrevistas que no es una adaptación directa de lo vivido, pero eso no impide que existan ciertos paralelos entre realidad y ficción que le dan forma a la cinta, incluida la presencia de las dos ciudades.

Más que las conexiones fácticas que puedan existir con lo que realmente ocurrió, lo esencial es la sinceridad emocional con la que la película aborda su historia. Incluso aquellas obras que tienen una inspiración tenue con la experiencia personal de sus autores pueden reflejar ciertos resquemores de la vida real, como la forma en que Sofia Coppola retrató su experiencia matrimonial en Lost in Translation (2003), algo que puede ir cambiando con la ayuda del paso del tiempo, como se ve en Her (2013) de Spike Jonze, exmarido de Coppola. El caso de Marriage Story pertenece al segundo grupo, ya que logra construir un relato de emociones complejas, donde los problemas de pareja no se reducen a un enfrentamiento de héroes y villanos, sino que al conflicto que se desenvuelve entre dos personas imperfectas.

Scarlett Johansson, que actuó en Her como la voz de un avanzado sistema operativo que evoluciona hasta límites incomprensibles gracias a la inteligencia artificial, interpreta en Marriage Story a un personaje diametralmente opuesto, una mujer tan humana que debe lidiar con contradicciones, mezquindades e impulsividad. Tanto su Nicole como el Charlie de Adam Driver están envueltos en una disputa donde los impulsos más bajos pueden llegar a oscurecer a la racionalidad. El punto más intenso de la obra es una discusión entre los protagonistas que parte de forma inofensiva, tratando de conversar para alcanzar alguna salida amigable, pero que termina en una angustiosa nota.

Lo agobiante de esta escena contrasta con la secuencia inicial de la cinta, donde ambos protagonistas explican aquellas características que amaban de cada uno, algo que el director incluyó para darle al espectador una perspectiva de los devastadores efectos de su divorcio. A pesar del afecto que sintieron alguna vez, y de la presencia de Henry, que debería ser su principal preocupación y punto de apoyo dentro de esta separación, los personajes están insertos en un sistema que potencia los conflictos y premia la agresividad. Hasta los detalles más cotidianos pueden ser utilizados luego como un arma por parte de los abogados, en un espectáculo que adquiere potentes implicancias socioeconómicas, tal como queda ilustrado con un breve pero elocuente momento que ocurre en la sala de audiencias de un tribunal.

La película se toma su tiempo para explorar las vidas de los protagonistas, combinando sus diferentes esferas para demostrar que no existe una separación entre sus actividades profesionales, familiares y judiciales. Todo lo que hacen está influido por su separación, y en más de alguna ocasión deben cumplir dos roles al mismo tiempo, como las escenas en las que Charlie visita oficinas de abogados junto con Henry, en uno de los días que tiene para compartir con su hijo. Dentro de la cinta, el paso del tiempo (a través del montaje de Jennifer Lame) puede variar desde escenas que lo dejan transcurrir como si estuviésemos viviéndolo con los protagonistas, hasta elipsis que cambian una época por otra. De repente, la aparición de una escena da cuenta del transcurso de algunos meses, mostrando los efectos de algo que estaba en pleno desarrollo un par de momentos atrás.

Aunque tiene una estética que se acerca al realismo, y cuenta un drama familiar de situaciones más o menos aterrizadas, Marriage Story igual logra crear varios momentos sobresalientes, gracias a una combinación de actuaciones sólidas y un buen manejo narrativo. No es solo una buena historia de 136 minutos, que se desenvuelve con naturalidad desde la primera hasta la última escena, sino también una colección de piezas que pueden hasta brillar por separado. Lo notamos, por ejemplo, en la escena donde Nicole explica las razones del quiebre matrimonial, en otra donde vemos la noche de Halloween más triste del mundo, en el monólogo que la abogada Nora Farshaw (Laura Dern) dice para explicar la diferencia entre la maternidad y la paternidad, y en la visita de una asistente social al departamento de Charlie, donde un instante en específico combina el humor negro y lo absurdo con gran efectividad.

Con esta obra, Baumbach rechaza el ánimo revanchista que podría existir en la mente de alguien que se divorció, prefiriendo en cambio la empatía y la compasión. Hasta los defectos que puede tener la cinta, como algunos diálogos algo artificiales, quedan eclipsados por la honestidad con la que el director trata algunos de sus momentos, demostrando una buena pizca de vulnerabilidad. Incluso cuestiones que la gente no se atreve a reconocer demasiado, como lo exasperantes y caprichosos que pueden ser los niños, aparecen a lo largo de la obra para dotarla de humanidad. Detrás de los posibles privilegios de clase, elitismo cultural y problemas de primer mundo, hay una masa de emociones universales que eleva a la cinta y la transforman en una experiencia difícil pero valiosa.

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