Knives Out (2019)

Knives_Out-posterLa esencia del subgénero del whodunit está en su nombre, una expresión coloquial en inglés que se puede traducir como “¿quién lo hizo?”. En ese tipo de historias, el interés está puesto sobre los esfuerzos por descubrir la identidad de quien cometió un crimen, generalmente un asesinato, a través de las pistas que un investigador va reuniendo a lo largo de la obra. En Knives Out (Entre navajas y secretos), la nueva película de Rian Johnson, la muerte también es el punto de partida de la trama, siendo la víctima Harlan Thrombey (Christopher Plummer), un famoso escritor de novelas de misterio, que el día siguiente a su cumpleaños amanece con la garganta cortada por un cuchillo.

Aunque el hecho es primero tratado como un suicidio, algunas de las circunstancias que rodearon a la muerte hacen sospechar otra cosa. No solo la forma en que murió resulta extraña, sino que los motivos para matarlo no resultan tan improbables, considerando su enorme riqueza, y tampoco es difícil encontrar posibles sospechosos. El caso atrae a un afamado detective llamado Benoit Blanc (Daniel Craig), que comienza a interrogar a los familiares de Thrombey, cada uno de los cuales parece tener razones para haber terminado con su vida: Linda (Jamie Lee Curtis), su hija mayor, una empresaria orgullosa de sus logros pero que no ha recibido los suficientes reconocimientos de su padre; Walter (Michael Shannon), el hijo encargado de administrar su editorial, quien recibió la noticia de su despido la noche en que ocurrió la muerte; Joni (Toni Collette), la nuera que depende económicamente del patriarca de la familia, y que es descubierta apropiándose de más dinero del que corresponde; Ransom (Chris Evans), el volátil nieto que tuvo una dura discusión con su abuelo esa decisiva noche.

Se trata de una llamativa colección de personajes, que son presentados durante los primeros minutos a través de unos útiles interrogatorios que nos permiten entender sus personalidades y el lugar que ocupan dentro de la familia. Como miembros de un círculo privilegiado, guiados por el impulso de mantener ese estatus a cualquier costo, los Thrombey son personas que esconden varios secretos y tienen una inclinación natural por la deshonestidad. Debido a eso, Blanc encuentra a su principal aliada en Marta Cabrera (Ana de Armas), la enfermera de Harlan Thrombey, quien no solo es útil por la cercanía que tuvo con la víctima y las cosas que puede saber acerca de la familia, sino también por su honestidad, una característica que la separa de los demás personajes. El detective sabe que la joven está condenada por una inhabilidad física para decir mentiras, ya que cuando falta a la verdad tiene la súbita reacción de vomitar.

Durante la primera media hora, la historia avanza de manera ágil, explicando las circunstancias básicas de la noche en que murió el escritor, y entregando una idea general de qué estaba haciendo cada personaje. La cinta incluso ocupa brevemente la estrategia del narrador sospechoso, a través de dos flashbacks que muestran la misma situación con algunas variaciones dependiendo de quién está contando lo que ocurrió. Pero cuando el guion está esparciendo las pistas de lo que suponemos es la principal interrogante de la trama, Johnson nos sorprende con una importante innovación del subgénero dentro del cual está trabajando. Si en los whodunits el núcleo del relato consiste en descubrir la identidad del asesino, ese dato es revelado temprano en la película, que, al contar con una duración de más de dos horas se ve obligada a desarrollar otros aspectos ligados a lo que ocurrió.

Para intentar esa variación de la fórmula, el director se inspiró en una de las críticas que Alfred Hitchcock hizo a este tipo de historias. Una de las cosas que quedaron plasmadas de sus conversaciones con François Truffaut en el libro El cine según Hitchcock, es que el cineasta británico consideraba que los whodunits eran como un rompecabezas o un puzle, donde lo más importante es el final, dado que en ellos el detective revela la solución del caso y reestablece el orden quebrado por el crimen. Por eso, el segundo acto del guion quedaba en una situación desmejorada, ya que, si el espectador sabe que todo se resolverá durante los minutos finales, no habría demasiado interés por lo que ocurre antes de eso.

La solución de Johnson consistió en aplicar las reglas del propio Hitchcock durante el segundo tercio del metraje, trasladando la atención del público desde la identidad del asesino a cómo las consecuencias de lo ocurrido afectarán a ciertos personajes, y a cómo estos tratarán de escapar de sus problemas. La investigación de Blanc sigue presente en el relato, pero las implicancias de esta cambian, ya que nuestra perspectiva del caso se ve sacudida por la revelación que hace la obra. La idea de la empatía resulta fundamental durante esos segmentos de la película, permitiendo que nos interesemos por lo que ocurrirá con el personaje que se ve involucrado en todo esto de manera imprevista, algo típico en obras de Hitchcock como North by Northwest (1959).

Otra variación que introduce Johnson es la época en la que transcurre la obra. Si bien es habitual asociar a los whodunits a historias que ocurren durante las primeras décadas del siglo XX, dado que en aquel periodo surgieron las novelas de la autora más conocida del subgénero, Agatha Christie, el director prefirió ambientar Knives Out en la actualidad, incorporando elementos propios de lo que ocurre hoy en Estados Unidos. Aunque no es nombrado de forma directa, Donald Trump es aludido de forma clara por el guion, a través de conversaciones sobre inmigración, la muralla y su comportamiento. A veces la manera en que la cinta trata estos temas resulta demasiado obvia y explícita, pero por lo general es una dimensión del relato que Johnson logra integrar a la trama para darle una mayor sustancia. Su crítica a los sectores más privilegiados de la sociedad (“el 1%”) la convierten en una candidata adecuada para una doble función con Ready or Not (2019) de Matt Bettinelli-Olpin y Tyler Gillett.

En esa doble función, la película de Johnson sería la más sobresaliente, gracias a la destreza del director para ocupar las herramientas que están a su alcance. No solo el guion es entretenido y posee buenos momentos de humor, sino que los componentes estilísticos de la obra potencian esas virtudes para entregar un resultado vibrante. El montaje a cargo de Bob Ducsay es especialmente importante debido a los múltiples flashbacks que aparecen en la cinta, mientras que la fotografía de Steve Yedlin entrega valiosa información visual ya sea para chistes o para cuestiones cruciales de la trama. Incluso el diseño de vestuario de Jenny Eagan merece ser destacado, gracias a una labor que permite caracterizar a cada personaje y entenderlos antes de que comiencen a hablar.

Aun sin el subtexto sociopolítico de la cinta, Knives Out podría funcionar gracias a la manera en que cuenta su historia y a cómo están construidos sus personajes. Para mantener la atención del espectador, las interacciones entre los personajes son muy importantes, los que son dotados de rasgos vistosos, a ratos exagerados, pero no por eso desagradables. La propia selección de los actores contribuye al colorido de la obra, con un elenco lleno de estrellas, algunas de las cuales interpretan a personajes que no son habituales dentro de sus filmografías, como Daniel Craig y Chris Evans, quienes se nota lo están pasando bien en la pantalla. Esto, que puede ser un detalle trivial, es en realidad un factor que puede influir en la obra misma, traspasando el entusiasmo de los involucrados a su trabajo y luego a la película en sí, algo que se cumple en este caso.

Por su espíritu atrevido, que la lleva a torcer ciertas reglas, la película podría haber adquirido un aire algo arrogante, como si se creyera mejor que el subgénero en el que se encuentra inserta. Sin embargo, los cambios que realiza Johnson a algunos de sus principios no lo llevan a faltarle el respeto a este tipo de historias, manteniendo aquel afecto que lo llevó a escribir la cinta en un principio. De similar manera, prefiere alejarse del cinismo que puede dominar a los ejercicios revisionistas, a ese interés superfluo por lo estilístico, construyendo en cambio su relato sobre una base más emotiva. Ante un mundo donde a veces reina la desesperanza, Knives Out opta por un enfoque optimista que resulta incluso más transgresor que simplemente dejarse arrastrar por la corriente del fatalismo.

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