Star Wars: The Rise of Skywalker (2019)

The_Rise_of_Skywalker-posterEl planeta se está muriendo, algunos países atraviesan complejos procesos políticos, pero incluso durante tiempos turbulentos hay gente capaz de centrar todas sus energías en el estreno de una obra de ficción. Y no se trata de cualquier obra de ficción, ya que son pocas las franquicias de la cultura popular contemporánea que generan reacciones tan fuertes como Star Wars, uno de los grandes pilares del cine comercial estadounidense. Con eso en mente, sumergirse en ese mundo para cuestionar algunos de sus ideas básicas podía ser arriesgado, tal como lo descubrió el director Rian Johnson cuando estrenó The Last Jedi (2017), la octava parte de la saga (y segunda de esta nueva trilogía) centrada en la familia Skywalker.

Su visión no fue bien recibida por una porción bastante ruidosa de fanáticos, algunos de los cuales se basaron en una serie de presunciones de dudosa veracidad, como una supuesta integridad artística que fue traicionada por el nuevo estudio a cargo (cuando la trilogía original tenía como una de sus principales preocupaciones la venta de merchandising), una especie de dominio exclusivo que poseerían sobre las cintas (que siempre gozaron de un atractivo de carácter masivo, reflejado en sus resultados de taquilla) o el afán de defender la “esencia” de la saga (algo que se asemeja más a un temor al cambio), haciendo saber su descontento por todos los medios que estaban a su alcance. Tal fue el nivel de hostilidad que algunos llegaron a señalar que la franquicia fue arruinada por la dirección que había tomado.

Disney, la compañía que se hizo cargo de Star Wars tras comprar los derechos a George Lucas, debía ahora terminar esta trilogía de la mejor manera, tratando de satisfacer a la mayor parte de los fanáticos. Tras un intento que no avanzó demasiado a manos del director Colin Trevorrow, la productora Kathleen Kennedy recurrió nuevamente a J.J. Abrams, quien se había hecho cargo de la cinta que inició esta nueva etapa, The Force Awakens (2015). Tras el enfoque desmitificador y a ratos iconoclasta de Johnson, el regreso de Abrams parecía favorecer la idea de estabilidad, de una mirada que no saldría mucho de lo que se espera de estas obras, algo que fue celebrado incluso por algunos de los actores involucrados.

Una de las medidas adoptadas por Abrams, y que resulta acertada, es recuperar la dinámica que existía entre su trio de protagonistas: Rey (Daisy Ridley), una joven huérfana que posee una poderosa conexión con la Fuerza; Finn (John Boyega), un ex storm trooper que se unió a la Alianza Rebelde; y Poe (Oscar Isaac), un hábil piloto de naves. Las interacciones entre estos personajes se vieron limitadas en The Last Jedi, por lo que ahora vemos más momentos donde están juntos, algo importante para desarrollar sus personalidades. Se nota un afán de Abrams por aprovechar cada minuto del metraje introduciendo elementos que probablemente quiso utilizar antes, pero no pudo, creando secuencias que se suceden de manera veloz, similar a los saltos espaciales que vemos realizar al Halcón Milenario, pasando de un lugar a otro.

Con Snoke muerto, y Kylo Ren atrapado en un fuerte dilema acerca de su verdadera lealtad, Abrams y el guionista Chris Terrio tenían el desafío de instalar un nuevo villano principal en la trilogía. Como ya estaban en la última película y podía ser difícil presentar un personaje inédito, prefirieron recurrir a alguien conocido, el Emperador Palpatine (Ian McDiarmid), quien aparentemente estuvo controlando lo que ocurrió en las dos cintas previas. Tras su supuesta muerte en Return of the Jedi (1983), el líder sith anunció su regreso a todo el universo y puso a disposición de la Primera Orden una enorme flota capaz de aplastar a los rebeldes. En vez de esperar el ataque de Palpatine, Rey decide ir donde está él para enfrentarlo, a un misterioso planeta llamado Exegol, mencionado en antiguas leyendas y cuya ubicación solo puede ser descubierta con un artefacto especial.

En el característico texto introductorio que aparece luego del logo de Star Wars, la película parte informando el regreso de Palpatine con la frase “los muertos hablan”. Esta expresión, que se refiere al mensaje que el villano transmite a los habitantes del universo, puede servir también para describir a la obra en sí. La cinta está llena de personajes que creíamos muertos pero luego aparecen sanos y salvos, otros que mueren pero son revividos, y algunos que hablan hasta estando ya muertos. La muerte, así, no es un obstáculo demasiado infranqueable para la película, que fue capaz de ocupar también unas tomas eliminadas que la actriz Carrie Fisher hizo en The Force Awakens para aparecer como Leia en esta nueva entrega, que se estrena casi tres años después de su fallecimiento. En vez de ser algo aislado dentro de la franquicia, se trata de una combinación de situaciones que ha ocupado durante décadas, incluso en spin-offs como Rogue One (2016) y Solo (2018).

Cuando algo tan definitivo como la muerte adquiere consecuencias flexibles, las trabas para cambiar otro tipo de elementos en la obra disminuyen. Aunque Rian Johnson presentó diferentes posibilidades sobre el futuro de la franquicia con The Last Jedi, subvirtiendo algunos de los aspectos que fueron sugeridos en The Force Awakens, Abrams y Terrio parecen omitir los planteamientos de la segunda entrega y en cambio vuelven a ciertos temas e ideas de su predecesora. Cuestiones como la identidad de los padres de Rey, que recibió una respuesta inesperada pero interesante en la obra de 2017, ahora experimentan una especie de torpe retractación que hace que la trilogía vuelva por el mismo camino que ya había recorrido.

Los intentos de esta cinta por “corregir” los supuestos errores de aquella obra alcanzan niveles demasiado obvios en ocasiones, como el detalle acerca del sable de Luke Skywalker, y otras veces son decisiones derechamente crueles, como la forma en que relega al personaje de Rose Tico (Kelly Marie Tran) a un rol accesorio, funcional. Lo peor ocurre cuando Abrams se aparta de algunas de las ideas más valiosas que planteó Johnson, quien introdujo la posibilidad de que la Fuerza pueda nacer en lugares insospechados, democratizando -por así decirlo- su influencia y transformándola en algo más universal. En The Rise of Skywalker, sin embargo, el foco vuelve a estar sobre los linajes y los legados, pasando de lo espiritual a lo biológico, de lo inmaterial a lo sanguíneo.

La estrategia utilizada por Disney en la creación de esta nueva trilogía consistió en ir definiendo la historia a medida que estrenaban cada película, sin un hilo argumental tan predefinido. Se puede criticar este tipo de enfoque, sobre todo por tratarse de una saga de la importancia de Star Wars, donde se hace necesario tener un plan previo, pero si ya se escogió esa manera de trabajar entonces hay que estar comprometido con la idea. Si hacemos una analogía con el proceso de la improvisación, la regla principal consiste en decir que “sí” a todo lo que surja; cuando alguno de los participantes propone algo, los demás deben seguirle el juego y continuar agregando cosas a partir de esa base. A diferencia de eso, Abrams prefirió dejar de lado las ideas de Johnson y trató de recuperar los puntos que él mismo había instalado en la primera cinta.

Como resultado de esto, The Rise of Skywalker introduce, desarrolla y resuelve cuestiones dentro de la misma obra, juntando en dos horas y media una cantidad de material que podría haber sido repartido en una o dos películas más. Por la rapidez con la que ocurren las cosas, no tenemos oportunidad de aburrirnos, ya que pese a las circunstancias el director sigue siendo hábil para mantener un ritmo fluido de los acontecimientos, aunque en varias oportunidades la velocidad resulta excesiva. Los hechos narrados son tantos y tan variados que nuestro disfrute de la película dependerá de lo que nos parezca cada segmento en particular. En lugar de un relato unitario e íntegro, queda la sensación de estar viendo una colección de intentos destinados a complacer a cada uno de los espectadores, lanzándole al público un puñado de opciones para que con un poco de suerte alguna de ellas funcione.

A raíz de eso, tenemos escenas que parecen tener como único objetivo calmar los ánimos de los fanáticos molestos con The Last Jedi, otras que tratan de recuperar el encanto de la trilogía original y unas que hacen referencia al “universo expandido” de la saga (libros, cómics, series) y a lo que puede venir en el futuro. Entre medio de todo esto, de vez en cuando aparecen instantes más valiosos, hasta emotivos, gracias a la labor de Adam Driver y Daisy Ridley. La relación entre Kylo Ren y Rey es uno de los pilares de la nueva trilogía, al igual que sus dilemas individuales, los que pese a ciertos puntos bajos se convierten en el motor que mantiene en movimiento a estas tres cintas.

Sería injusto apuntar a Abrams como el único responsable de los problemas de esta película, ya que se vio involucrado en una situación complicada que surgió por los problemas de planificación de Disney. En términos generales, se puede incluso decir que esta tercera entrega es entretenida, cuando no se notan de forma tan evidente las intenciones de sus realizadores por ser complacientes, pero hasta sus virtudes se ven afectadas por la falta de una visión clara de parte del director. Si en The Last Jedi se entendía su respeto reverencial por la trilogía original, que lo llevó a emular varios elementos de aquellas cintas ya que se trataba del inicio de una nueva historia, en esta ocasión era necesario demostrar una voz propia, un enfoque más distintivo, lo que no se cumplió.

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