Dolemite Is My Name (2019)

Dolemite_is_My_Name-posterAunque la carrera de Eddie Murphy en la comedia estuvo marcada por especiales de stand-up como Delirious y Raw, estrenados durante los años 80, donde recurría a un lenguaje sucio y un humor crudo, su controvertida imagen se fue suavizando durante las décadas siguientes. Si vemos su carrera cinematográfica, podemos notar que hace aproximadamente veinte años sus trabajos más exitosos han estado ligados a películas dirigidas a un público familiar, como Dr. Dolittle (1998) o Shrek (2001), que lo fueron alejando de ese tipo de rutinas. Sin embargo, los viejos hábitos nunca mueren, y tras superar varios obstáculos en su camino pudo estrenar la cinta Dolemite Is My Name (Mi nombre es Dolemite), que narra la historia de Rudy Ray Moore, una deslenguada figura del entretenimiento afroamericano que se hizo famosa durante los años 70, papel que le permite a Murphy reencontrarse con sus raíces.

Moore (Murphy) vivía en Los Ángeles, hogar de varias celebridades y centro de la industria del entretenimiento en Estados Unidos. A pesar de una inclinación natural por las actividades artísticas, pasó buena parte de su vida realizando trabajos menores, tratando de encontrar la oportunidad que lo llevara al éxito. Esta oportunidad surge cuando, inspirado por los relatos populares que aprende de algunos indigentes, adopta el alter ego de Dolemite, un legendario personaje famoso por sus extravagantes hazañas. Con una vestimenta estrambótica y armado de anécdotas obscenas que narra a través de rimas, Moore adquiere gran popularidad en los clubes nocturnos frecuentados por el público afroamericano, lo que le permite grabar sus propios discos humorísticos. Pero los buenos resultados que obtiene con estos productos no son suficientes para él, que ve en el cine su próximo paso.

Su falta de experiencia en la actuación no es un impedimento para que quiera protagonizar una película, y debido a las trabas que encuentra de parte de los estudios cinematográficos decide encargarse también de la producción de la obra. Moore recurre a su grupo de amigos (Craig Robinson, Tituss Burgess y Mike Epps) para algunas de las tareas del proyecto, también contrata a su compañera de presentaciones, Lady Reed (Da’Vine Joy Randolph), como actriz, recurre a un dramaturgo que se especializa en trabajos con consciencia social (Keegan-Michael Key) para que lo ayude en el guion, y convence a un actor de relativa fama, D’Urville Martin (Wesley Snipes), para que interprete al villano de la historia y dirija la película. No es difícil imaginar el tipo de dificultades que tendrán con una mezcla tan desigual de colaboradores, sumado a las extravagantes ideas que tiene el protagonista para la trama, lo que convertirá a la filmación de esta cinta y su posterior estreno en una verdadera odisea.

Esta película fue un proyecto muy significativo para Eddie Murphy, un fanático del trabajo de Rudy Ray Moore desde hace bastante tiempo. Pero el tipo de humor que realizaba aquel personaje y su popularidad “de nicho” impidieron que la cinta fuese producida a través del sistema hollywoodense tradicional. No era sencillo comercializar una historia que involucraba la cara menos higiénica de los años 70, con alusiones a drogas, sexo y estereotipos raciales. Uno de los rasgos que definieron a Moore fue su espíritu transgresor, sin complejos, así que suavizar sus rutinas no era una opción. Ante la imposibilidad de que los antiguos estudios apoyaran la cinta, la aparición de Netflix se convirtió en una bendición, concretando a través de su particular sistema de negocios una obra que estuvo estancada durante varios años.

Junto con Murphy, otras de las voces fundamentales dentro del proyecto fueron los guionistas Scott Alexander y Larry Karaszewski, quienes le dieron forma al relato y definieron los temas que exploraría. La película se integra bien a la filmografía de estos escritores, que con cintas como Ed Wood (1994) y Big Eyes (2014) de Tim Burton, y The People vs. Larry Flynt (1996) y Man on the Moon (1999) de Miloš Forman, se han especializado en biopics sobre individuos poco convencionales, que tratan de abrirse camino en sus respectivas áreas sin seguir los caminos preestablecidos. La determinación que guía a Moore lo convierten en un adecuado integrante de este grupo, gracias a su especial estilo de entretenimiento (que lo hicieron ser reconocido posteriormente como uno de los precursores del rap) y un intrépido modelo de negocios.

Parte importante del atractivo de la cinta depende de la energía que transmiten sus personajes y las situaciones narradas. Aunque la historia presenta una estructura familiar, sin grandes sobresaltos, sus lugares comunes no terminan siendo tediosos gracias a los peculiares componentes del entorno donde transcurre y a un ritmo fluido del relato. El director Craig Brewer maneja con seguridad los elementos que conforman a Dolemite Is My Name, sin que se noten pasos en falso ni momentos innecesarios. Dentro de los méritos de la obra está, cómo no, la interpretación de Murphy, que hace varios años no entregaba una actuación tan entusiasta, mientras que el papel de Wesley Snipes se vuelve uno de los personajes secundarios más memorables de la cinta.

Los esfuerzos del protagonista por hacer su película, que constituyen el gran foco de esta cinta, inspirarán más de alguna comparación con Ed Wood de Tim Burton. Si bien no está al nivel de aquella obra, debido a una gran diferencia en la labor de dirección de cada una y a la ausencia de una actuación del calibre de Martin Landau, esta cinta en todo caso posee más méritos que una como The Disaster Artist (2017) de James Franco. El rasgo que la separa de ese título es que acá podemos notar el afecto de los realizadores, sobre todo Murphy, por el material y sus personajes, algo que en el trabajo sobre Tommy Wiseau no se lograba con la honestidad necesaria. No vemos un afán por reírse de Moore, sino que reírse con él, ser partícipe de sus hazañas y logros. Hay instantes donde incluso vemos su lado más vulnerable, como la desazón que demuestra durante los primeros minutos cuando está cuestionando su falta de éxito, o los momentos en los que recuerda con resentimiento la falta de apoyo de su padre.

Por eso, cuando los personajes están en pleno proceso de filmación de la película sentimos el estímulo de colaboración que existe en el ambiente, esas ganas por trabajar de forma colectiva que caracterizan al proceso cinematográfico. A pesar de las dificultades y carencias, el impulso por hacer algo con sus propias manos se convierte en el corazón de Dolemite Is My Name, algo que se traspasa al propio espectador, como ocurría con la japonesa Kamera o tomeru na! (One Cut of the Dead; 2017) de Shinichiro Ueda. La perseverancia de Moore, que no se deja derrotar por las trabas (económicas, raciales, artísticas) que aparecen en su trayecto, actúa como el motor de la obra y le entrega una sorpresiva cuota de dulzura a una historia cuya superficie está llena de groserías y excesos.

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