Atlantique (2019)

Atlantique-posterCuando se habla sobre los fantasmas, una de las ideas recurrentes es que se trata de espíritus que quedaron atrapados en nuestro mundo por tener algún asunto inconcluso. Al no poder descansar en paz, están obligados a rondar los lugares que frecuentaban hasta que de alguna manera sus problemas alcancen un cierre. Hay, por lo tanto, una sensación de añoranza, de evocación, que los define, una idea que también es adoptada por la película Atlantique (Atlantics) de Mati Diop, ganadora del Gran Premio del Jurado en el Festival de Cannes del año pasado. Esta naturaleza de los espectros los hace proclives a las metáforas, ya que tienen una fuerte conexión con el pasado, siendo una personificación de las consecuencias de algo que ocurrió tiempo atrás.

Antes de acercarse a la esfera de lo sobrenatural, la cinta explora otras perspectivas, cambiando su enfoque y el tipo de historia que quiere contar. Primero nos muestra a Souleiman (Ibrahima Traoré), un trabajador de la construcción que lleva más de tres meses sin recibir su sueldo. A pesar de exigir junto a sus compañeros el dinero que les corresponde, no reciben una respuesta satisfactoria de parte de sus jefes y no hay certeza acerca de cuándo obtendrán su paga, si es que llegan a obtenerla. Las perspectivas económicas en Dakar, la capital de Senegal, no parecen ser muy favorables, así que decide embarcarse con un grupo de trabajadores en un bote para viajar hasta Barcelona, donde esperan encontrar mejores opciones laborales.

Una vez presentada esta premisa, la obra podría haber continuado de manera natural por el camino trazado, pero en vez de eso prefiere una salida menos convencional. Cuando la embarcación en la que va Souleiman se pierde, el foco de la cinta pasa a estar sobre su novia Ada (Mame Bineta Sane), una adolescente que está a pocos días de casarse con otro hombre, Omar (Babacar Sylla), el hijo de una acaudalada familia. Aunque el matrimonio le asegurará un buen pasar económico, el afecto de la joven apunta hacia Souleiman, algo que resulta más complicado aún debido a la influencia que tiene el islamismo sobre la sociedad en la que viven. La noche de la boda, su futura cama matrimonial sufre un incendio y la policía llega al lugar para investigar. El caso es asignado al detective Issa (Amadou Mbow), que comienza a sospechar de la propia Ada cuando recibe los rumores de que Souleiman fue visto esa noche cerca de la casa.

Con la aparición del detective, la película vuelve a sufrir un cambio, adquiriendo ahora rasgos de investigación policial, pero no es la última variación que experimenta el relato. A partir del incendio, se siente una extraña presencia sobre la obra, una sensación de que los hechos narrados ya no están restringidos por las reglas que rigen la realidad, sino que existe la posibilidad de un influjo paranormal. Si bien la cinta parte con situaciones arraigadas a un determinado contexto, retratando los hechos con una estética naturalista y cercana, poco a poco introduce elementos que difuminan los límites entre realidad y fantasía, en una transición fluida, donde ambas dimensiones pueden coexistir de manera armónica.

La directora Mati Diop no aborda el aspecto sobrenatural de la obra de la manera a la que nos tienen habituados el cine y la literatura, una aproximación que fue definida por los europeos y estadounidenses, sino que integra ese elemento con una sensibilidad más africana. En lugar de precisar cada componente y determinar sus características, como lo que hizo, por ejemplo, Guillermo del Toro en El espinazo del diablo (2001), esta cinta es más nebulosa al momento de representar ese aspecto del relato. Tampoco se recurre a un enfoque estrafalario, prefiriendo en cambio la sutileza, lo que permite además una mayor compenetración entre lo cotidiano y lo extraordinario, como una especie de realismo mágico que hace que el paso de uno a otro se sienta natural.

Como los fantasmas que están sujetos a un determinado lugar, Atlantique demuestra un fuerte vínculo con la costa de Senegal. Su mar se siente como un factor omnipresente, que sirve tanto de barrera como de invitación para sus habitantes. Aunque Europa es referenciada algunas veces durante la obra, como un destino auspicioso o el lugar de trabajo de uno de sus personajes, la cámara no abandona el continente africano, que se transforma así en una presencia magnética. La ciudad de Dakar fue el último hogar que tuvieron los tripulantes de la embarcación de Souleiman, por lo que funciona como un faro que los llama de vuelta cuando están a la deriva. Y esa conexión también se nota entre las mismas personas, ya que lo ocurrido con los que se fueron repercute sobre quienes dejaron atrás.

La razón que los hizo marcharse es, al final, aquello que los hace volver. Las críticas que la cinta realiza a las injusticias económicas son claras, y las representa tanto visualmente (con las desigualdades materiales que vemos en ciertas escenas) como a través de las fatales consecuencias que surgen de la desesperación de los personajes. A veces, los fantasmas son un recordatorio constante de los pecados del pasado, algo que en esta película adquiere una especial repercusión. Adicionalmente, el guion presenta un viaje de autodescubrimiento de Ada, que comienza a valorarse a si misma y a su independencia, aceptando la autonomía que surge cuando da el paso de la niñez a la adultez.

Pese al buen trabajo de la directora de fotografía Claire Mathon (quien, junto a la compositora Fatima Al Qadiri y la editora Aël Dallier Vega dan forma a una importante presencia femenina dentro de este proyecto), cuyas imágenes se acomodan al tipo de historia narrada y de vez en cuando logran resultados sobresalientes, sobre todo en las escenas nocturnas, Atlantique queda algo corta en cuanto a su atmósfera. Los efectos de esto surgen sobre todo durante las secuencias que involucran a la dimensión sobrenatural del relato, que no tienen un peso demasiado notorio y terminan siendo algo planas. Si bien entendemos lo que la historia quiere lograr y los temas explorados, hay algo en sus sensaciones y emociones que no alcanza a cuajar.

El afán por la sutileza y la ambigüedad no es un impedimento para construir un ambiente cautivador, como los logrados por Under the Skin (2013) de Jonathan Glazer o A Ghost Story (2017) de David Lowery. Lo que vemos en la cinta de Diop no se acerca a lo creado en esas obras, ya que la manera en que desarrolla el lenguaje cinematográfico no llega a tener un impacto tan duradero, algo que la podría perjudicar en el largo plazo.

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