The Two Popes (2019)

The_Two_Popes-posterCuando el cardenal argentino Jorge Bergoglio fue elegido líder de la iglesia católica en 2013, asumiendo el nombre de Francisco, se convirtió en el primer papa jesuita, el primero proveniente del hemisferio sur y el primero del continente americano. Lo novedoso de su elección contrasta con la historia que arrastra la iglesia, una institución que existe hace cientos de años y que posee tradiciones muy arraigadas, pero el aire reformista que el religioso representaba parecía llegar en el momento indicado, cuando el Vaticano atraviesa por una época muy complicada debido a un debilitamiento en la fe y sobre todo a los numerosos casos de abusos sexuales cometidos por sacerdotes.

Su elección estuvo acompañada de otro elemento inusual, ya que, en vez de ocurrir tras el fallecimiento de un papa, como es lo normal, el anterior pontífice (Benedicto XVI) había renunciado, algo que no ocurría hace casi 600 años. Es por eso que, con la elección de Francisco, se produjo la particular situación de que dos papas -uno de ellos “emérito”- coexistieron al mismo tiempo. El guionista neozelandés Anthony McCarten -cuyos últimos trabajos han estado enmarcados dentro del cine biográfico- ocupó esta idea como base para escribir la película The Two Popes (Los dos papas), donde ambos personajes tienen la posibilidad de interactuar en un contexto íntimo, al que no tenemos acceso en circunstancias normales.

Aunque se señala que la cinta está inspirada por hechos reales, la base fáctica de la obra es bastante elemental, ya que no se extiende a los aspectos más importantes del guion. Las conversaciones entre ambos papas, que constituyen la columna vertebral de la película, en caso de haber ocurrido se desarrollaron tras puertas cerradas así que no existe un registro de lo que pudieron haberse dicho. Por eso, el ejercicio de McCarten termina siendo uno de carácter especulativo, donde imagina cómo se pudieron haber desarrollado esas interacciones dependiendo del contexto en el que ocurrieron y de las personalidades de cada uno. Entre los pilares de la película se encuentran las actuaciones de sus protagonistas, y tanto Jonathan Pryce como Anthony Hopkins cumplen con ese desafío gracias a sus versiones de Francisco y Benedicto XVI, respectivamente.

La obra está estructurada en torno a una serie de conversaciones que se desarrollaron en tres años distintos, a lo largo de casi una década. La primera época que comparten los personajes, y que representa sus interacciones más acotadas, transcurre en 2005 cuando ambos son cardenales, durante el cónclave para elegir al sucesor de Juan Pablo II. La segunda, ambientada en 2012 y que marca el segmento más sustancial del relato, está compuesta por varias conversaciones, primero en la residencia de verano de Benedicto, luego a bordo de un helicóptero y posteriormente en el Vaticano. En la última de sus conversaciones los hechos se transportan a 2014, cuando Francisco ya era papa y Benedicto se había retirado, y sirve como un corolario más distendido de la relación entre los personajes.

Aunque las conversaciones entre dos ancianos pueden no parecer muy atrayentes a priori, la obra logra hacerlas interesantes a través de la manera en que presenta sus personalidades y construye sus diálogos. Sus primeras apariciones marcan las diferencias entre ambos personajes, ya que mientras el religioso argentino es mostrado dando un sermón en un barrio popular de Buenos Aires, rodeado de personas, en el caso del alemán lo vemos en los pasillos del Vaticano estudiando las fortalezas y debilidades de quienes serán sus “rivales” en el cónclave para elegir al nuevo papa. El carisma de Francisco, su cercanía con la gente y su humildad son elementos que contrastan con el respeto que Benedicto XVI demuestra por las jerarquías, el estudio y los dogmas, dando forma a dos visiones que se enfrascan en un tira y afloja a lo largo del metraje.

Sus conversaciones van desde lo celestial, como el origen de los ángeles, hasta lo mundano, como el fútbol, con una transición fluida entre los diferentes temas que tocan. El guion de McCarten demuestra sus mayores virtudes durante este tipo de escenas, donde el ingenio de los personajes y la manera en que sus personalidades salen a relucir se convierten en el principal atractivo. Hay varias líneas dignas de citar, sobre todo las que tratan acerca de ideas que en otras manos podrían resultar áridas, pero que acá son presentadas de forma simple y accesible, como la importancia de la compasión, el objetivo del sacramento de la confesión o la diferencia entre cambiar y ceder. El logro de la película en estas secuencias no es solo intelectual, sino que humano, al darles rasgos distintivos a sus protagonistas y permitir que expresen sus respectivos enfoques del mundo influidos por quienes son como personas.

La naturaleza conversacional de The Two Popes, su número limitado de personajes y el tipo de locaciones en la que transcurre, revelan los orígenes teatrales de la cinta. Para este guion, McCarten se basó en una obra de teatro que escribió un par de años atrás, titulada The Pope, que también giraba en torno a la relación entre Francisco y Benedicto XVI. La elección del brasileño Fernando Meirelles como director parece tener como objetivo entregarle un aire más cinematográfico al relato, debido al estilo dinámico y a veces estrafalario con el que se hizo conocido en Cidade de Deus (City of God; 2002). Si bien el resultado final se aleja de aquel carácter algo estático que se intentaba evitar, la balanza se inclina más de la cuenta y se llega a un efecto excesivamente exagerado a ratos.

No es que la cinta carezca de momentos donde el lenguaje cinematográfico logra un impacto sobresaliente, ya que esto se puede ver en escenas como las votaciones de los cónclaves, donde el montaje de Fernando Stutz permite crear expectación a hechos de los cuales ya conocemos los resultados, pero se trata de excepciones dentro de una obra algo errática en su estilo. De vez en cuando, Meirelles y su director de fotografía César Charlone toman algunas decisiones que son demasiado excesivas en su magnitud, y otras que no se entienden del todo. Además de una sobreabundancia de cámara al hombro, que les da una apariencia temblorosa a las imágenes, y la utilización de ángulos estrafalarios sin razón aparente (planos holandeses, ángulo cenital), la película incluso rompe algunos principios básicos de la filmación, como la regla de los 180 grados en las conversaciones entre dos personajes.

“Más” no siempre es lo mismo que “mejor”, y en películas que tratan de escapar de la influencia teatral de su material de origen a veces se cae en ese error. La calidad puede obedecer a otro tipo de virtudes, como la precisión, que consiste en utilizar los recursos en su justa medida, cuando las circunstancias lo exijan.  Esto permite, por ejemplo, que una cinta como Doubt (2008) de John Patrick Shanley, también basada en una obra de teatro, se eleve como una obra superior en comparación a The Two Popes, debido a la manera en que maneja los elementos a su alcance, sin necesidad de abusar de las herramientas del lenguaje cinematográfico de forma innecesaria.

Las falencias relacionadas con la sobreabundancia se extienden también a la trama de la cinta, que además de las conversaciones entre sus personajes muestra algunos flashbacks sobre la vida de Francisco, quien tiene el mayor protagonismo de los dos papas. Aunque las secuencias que narran el origen de su vocación religiosa son buenas y están acompañadas de una atractiva estética en blanco y negro, la película también presenta unos segmentos acerca del rol que tuvo durante la dictadura militar de Argentina, que corresponden a los flashbacks más extensos del metraje. Son aspectos de la vida del personaje relevantes no solo en términos históricos sino también como una manera de caracterizarlo, otorgándole una mayor complejidad moral a alguien que hasta ese momento había sido presentado como un hombre simplemente bondadoso, pero no se integran del todo al resto del relato y afectan el ritmo de la obra.

En una película como esta, inserta en una institución tan cuestionada como la iglesia católica, la determinación de qué aspectos serán tratados por el guion y cuáles no, adquiere gran importancia. Haber prescindido completamente de cuestiones controversiales como los abusos sexuales cometidos por sacerdotes era un error, así que McCarten agrega ese tema en una escena crucial de la obra, donde se menciona al religioso mexicano Marcial Maciel y las medidas que no adoptaron sus superiores jerárquicos ante las denuncias en su contra. El momento posee además un tratamiento especial, ya que la conversación es silenciada, dejando que sea el propio espectador quien a través del propio conocimiento que tiene de esa situación y también viendo la reacción de uno de los protagonistas determine la gravedad de los hechos.

De los dos personajes principales, la cinta demuestra una clara preferencia por el papa argentino, al que instala como una figura reformadora y necesaria para la iglesia, capaz de conectar con las necesidades de la gente e identificarse con ellos. Es cuestionable si Francisco representa el espíritu tan progresista que le otorga la película, porque en la realidad sus apreciaciones sobre materias morales son bastante eclécticas, pero al menos le otorga una cierta complejidad que lo hace más humano. Pese a que se encarga de administrar materias muy trascendentales, no debemos olvidar que, para bien y para mal, la iglesia católica fue creada y es manejada por personas.

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