Hra (2019)

Hra-posterPara ocupar una analogía que resulte en consonancia con una de sus películas recientes, la carrera del director Alejandro Fernández Almendras ha avanzado como un delantero que corre a punta de gambetas, esquivando obstáculos y moviéndose de manera impredecible. Tras ganar dos premios en el Festival de Sundance con sus cintas Huacho (2009) y Matar a un hombre (2014), uno como espectador podría creer que ya había “descifrado” su estilo, y que sus obras posteriores serían una consolidación de la voz que presentó con sus primeros trabajos, pero el camino que tomó su trayectoria pareció alejarse de lo que se perfilaba como una dirección natural.

En el lapso de un año vieron la luz dos películas muy distintas, tanto entre ellas como respecto al resto de su filmografía. Mi amigo Alexis (2019) fue su cinta más comercial a la fecha, debido a su tono y a la curiosa participación de Alexis Sánchez, uno de los futbolistas chilenos más famosos de la historia reciente, mientras que Hra (The Play; El estreno) lo lleva por primera vez fuera de Chile, para filmar una obra en República Checa, hablada en checo y con actores de aquel país. Exhibida en el último Festival de Cine de Valdivia, la estética monocromática de este trabajo presenta una fuerte conexión con el cine europeo de los años 60 y surge como una inesperada bifurcación en la carrera del director, que se compromete de lleno con esta particular visión.

La historia es protagonizada por Petr (Jirí Mádl), un director de teatro que quiere aprovechar la libertad que significa mudarse desde una ciudad grande a un pueblo más modesto, sobre todo en términos artísticos. El proyecto que ha ocupado su atención durante el último tiempo es una adaptación de la obra Fedra, específicamente la versión que desarrolló Miguel de Unamuno, cuya base es el mito griego de la princesa del mismo nombre. Mientras Katerina (Marika Soposká), la esposa de Petr, debe equilibrar sus labores de madre con las de empresaria, el director se ve enfrentado a dificultades propias, como perder a su actriz principal a seis semanas del estreno de la obra. Lo que parecía una desgracia cambia cuando conoce a Karolina (Elizaveta Maximová), una joven actriz que resulta perfecta para el papel, pero el interés de Petr no tarda en extenderse más allá de lo profesional, complicando aún más la situación.

En el mito que sirve como base para la obra de teatro, Fedra se enamora de su hijastro Hipólito, pero sus deseos no son correspondidos, situación que deriva en un intento de venganza a través de una mentira, en un castigo, y finalmente en el suicidio de ella. A este armazón, Petr le agrega algunos elementos inspirados en la historia política de República Checa, con tal de darle una mayor complejidad al relato. Sin embargo, Karolina le comenta que, considerando los temas explorados por la obra original, ¿qué puede ser más complejo que los enredos pasionales y amorosos? Como una profecía autocumplida, esas complicaciones escapan de los límites del libreto y pasan a entorpecer la producción de la obra misma cuando el protagonista mezcla su dimensión profesional con sus deseos más íntimos.

Petr no es un personaje especialmente malintencionado, y los problemas que debe enfrentar no ocurren con la exageración que podría haber sido utilizada en una película más efectista. Por eso, y si bien somos testigos del hundimiento de su matrimonio y de los inconvenientes de su obra de teatro, todos esos hechos son representados a través de un enfoque más parco, donde las malas noticias son entregadas con serenidad y los escándalos no son tan escandalosos. Más que asemejarse a una espiral descendiente, el trayecto del protagonista está marcado por la incertidumbre, aquella que define a su proceso de creación artística, en el que los problemas de financiamiento y de logística están a un paso de desmoronar todo, y que también influye sobre su vida familiar, con consecuencias que dejan a Petr en un estado nebuloso.

Los problemas del protagonista surgen por estar demasiado ensimismado, por no darse cuenta de las necesidades de quienes lo rodean. Su incapacidad para identificar lo que ocurre con los demás provoca roces con su esposa y lo lleva a interpretar de manera errada lo que Karolina realmente busca de la relación que nace entre ellos. La aparición de la actriz en la vida del director no tiene como objetivo cumplir con el cliché de sacarlo de la rutina y mostrarle lo importante de la vida, contando en cambio con unos efectos más mundanos. En vez de tener desenlaces concluyentes y claros, las relaciones humanas que dan forma a Hra son enmarañadas y sus márgenes no siempre terminan donde uno cree.

Al naturalismo presente en Huacho, en esta ocasión Fernández Almendras contrapone un estilo más formalista y cuidado, donde la cámara de Inti Briones (uno de los pocos colaboradores chilenos con los que contó en este proyecto) ocupa no solo una apariencia en blanco y negro, sino que una relación de aspecto que aprieta el plano hasta hacerlo más cuadrado, asemejándose a ese cine que se hacía a mediados del siglo XX. La música también aspira a lo utilizado por ese tipo de obras, sobre todo a las provenientes de Europa, con una banda sonora original que estuvo a cargo de otro compatriota, Pablo Vergara, y una selección de melodías clásicas en piano de compositores como Franz Schubert y Johanes Brahms.

El director logra emular la estética a la que aspira, pero, así como adapta elementos de la cultura checa a su trabajo, surgen dudas acerca de qué aspectos de sus anteriores obras subsistieron en Hra. Algo que caracterizó a sus otras cintas, entre ellas a Aquí no ha pasado nada (2016), es la manera en que incorporaban rasgos idiosincráticos de la sociedad chilena, como el clasismo y la forma en que funcionan (o no) las instituciones. Ver una de sus películas implica adentrarse en una realidad precisa, regida por reglas implícitas que dominan la vida de las personas, entregando una imagen sutil pero elocuente de la realidad del país. Salvo unas breves menciones a la privatización de empresas que ocurrió hace algunas décadas en República Checa, no vemos un ejercicio como ese en su nuevo trabajo, que sustituye las pinceladas meticulosas con las que sus proyectos previos construían sus mundos por unos brochazos más gruesos.

La incursión de Fernández Almendras en ese entorno europeo le permite ocupar algunas técnicas novedosas para su filmografía, construyendo una atmósfera fiel al contexto donde trabajó, pero en aquel proceso se fueron diluyendo también algunas de las cualidades que definieron a sus anteriores obras. Trabajar en un ambiente distinto implica adaptarse y probar cosas nuevas, pero incluso con los cambios necesarios que ocurren en esas ocasiones hay algo que subsiste, un núcleo que funciona como esencia de las obras de un director, y que en un caso como este tendremos que descubrir con el paso de los años, a medida que sus futuros proyectos nos ayuden a identificarlo con mayor claridad.

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