Little Women (2019)

Little_Women-posterDurante los primeros minutos de Little Women (Mujercitas), la nueva película dirigida por Greta Gerwig, vemos a la joven Jo March (Saoirse Ronan) corriendo entusiasmada por las calles de Nueva York, tras recibir la noticia de que uno de sus cuentos será publicado en una revista. La imagen recuerda a otra que tiene a Gerwig como protagonista, quien en la cinta Frances Ha (2012) de Noah Baumbach -coescrita por ella- también corría por la misma ciudad poseída por la alegría de alguien que está camino a cumplir sus sueños. A pesar de transcurrir en épocas muy distintas, ambos momentos comparten un interés que la actriz, guionista y directora ha cultivado en varios de sus trabajos, incluido su largometraje Lady Bird (2017): el deseo de sus personajes femeninos por alcanzar un objetivo y las circunstancias que permiten o dificultan ese resultado.

Esa idea la llevó a adaptar la novela homónima de la escritora estadounidense Louisa May Alcott, cuya propia vida estuvo marcada por el deseo de hacer realidad su voluntad. El libro es un clásico de la literatura universal y ha sido adaptado varias veces al cine y al teatro, así que Gerwig tenía el desafío de hacer una versión que se diferenciara del resto, pero conservando la esencia del material original. Su guion es fiel a la historia de Alcott, mostrando numerosas situaciones y detalles descritos en sus páginas, incluyendo de vez en cuando diálogos textuales del relato, pero al mismo tiempo tiene la valentía de cambiar algunos elementos importantes de la novela, como su estructura. Mientras el libro, que fue publicado en dos partes en 1868 y 1869, narra los hechos de manera cronológica, esta película se desenvuelve de forma no lineal, alternando entre el presente y el pasado.

El presente está representado por los hechos que ocurren en el segundo volumen, cuando las protagonistas están en los inicios de su adultez, mientras que los flashbacks nos transportan a su adolescencia. Gracias a los saltos temporales del guion, que fueron materializados en la película a través del montaje de Nick Houy, la obra adquiere una notoria agilidad narrativa, que condensa varios años y episodios de la vida de sus personajes en poco más de dos horas, y permite además crear unos interesantes paralelos temáticos, visuales y emotivos entre sus escenas. La transición entre una época y otra es diferenciada por medio de la fotografía, que recurre a algunos filtros para resaltar ciertos colores, el diseño de vestuario, que va evolucionando dependiendo de la madurez de las protagonistas, y el maquillaje.

La trama gira en torno a cuatro hermanas que pertenecen a una familia modesta, aunque no necesariamente pobre, quienes poseen diferentes intereses y personalidades. Jo es una joven aguerrida, que no se interesa por seguir las convenciones sociales y desea convertirse en escritora; Meg (Emma Watson), la mayor, trata de actuar con madurez y ser el ejemplo para sus hermanas; Amy (Florence Pugh) es algo frívola y vanidosa, pero cuenta además con una gran determinación; y Beth (Eliza Scanlen) es la más tímida del grupo, dotada de un gran talento musical y con una fuerte convicción por hacer siempre lo correcto. El patriarca de la familia March se unió al ejército para participar en la guerra civil, así que el hogar queda a cargo de la madre de las protagonistas, Marmee (Laura Dern), quien pese a las dificultades económicas y el temor de que algo le ocurra a su marido intenta mantener la estabilidad y guiarlas por el buen camino.

Como la novela fue escrita en siglo XIX, hay algunos aspectos de la obra que pueden resultar algo anticuados para los lectores contemporáneos, como la moral piadosa que Marmee trata de inculcar a sus hijas. Por eso, Gerwig se esfuerza en darle un aire más moderno al relato, una tarea que no recurre a técnicas tan estrafalarias como las que Sofia Coppola ocupó en Marie Antoinette (2006), por ejemplo, sino que a decisiones más sutiles. Aunque estamos ante una cinta histórica o de época, la directora evita la rigidez que a veces se nota en ese tipo de películas, intentando que se sienta como un mundo vivo y no como una mera pintura. Para los personajes, la época en la que transcurre la cinta no es nuestro pasado, sino que su presente, así que la habitan con el frenesí de soñar con lo que vendrá más adelante, una idea que se ve reflejada en algo tan trivial como los bailes, en los que se permiten pasarlo bien.

La fotografía de Yorick Le Saux, complementada por la banda sonora de Alexandre Desplat, le otorga un importante dinamismo a la cinta, que en sus flashbacks transmite gran energía. Las escenas ambientadas en la casa de los March, cuando las cuatro hermanas están juntas, encierran una vitalidad y calidez contagiosas. A pesar de algunos diálogos que a ratos son muy teatrales debido a que describen cosas que se podrían haber explicado de manera más sutil, por lo general la obra logra una efectiva cuota de espontaneidad entre las protagonistas. Son habituales las interpolaciones de sus voces cuando hablan, permitiendo que la línea de una hermana comience antes de que termine la de otra, con resultados muy naturales.

Con las constantes irrupciones que tiene el pasado en el relato a través de los flashbacks, la adolescencia de las protagonistas adquiere una sensación nostálgica, de añoranza, un efecto distinto al que habría tenido si la directora hubiese contado la historia de forma cronológica. Esto ayuda a reforzar la melancolía de las escenas que transcurren en el presente, sobre todo por Jo, que es quien más extraña aquellos tiempos en los que su familia estaba reunida. El paso de la niñez a la adultez significa para la protagonista el miedo a perder aquello que más quiere, viendo además como el resto de las personas comienza a formar sus propias familias. La soledad se transforma en un fuerte peso sobre su alma, lo que expresa de forma desgarradora en una escena que tiene con su madre en el ático de la casa.

En relación a los temas de Little Women, Gerwig no introduce ideas que no se encuentren en la misma novela, en otros escritos de Alcott o en la vida de la propia autora. Así como el libro presenta algunos aspectos inherentes a la época en la que fue creado, también tiene ciertos elementos que resultan adelantados para esos años. El ejemplo más claro es Jo, que ha sido admirada por generaciones como un ejemplo de convicción y espíritu libre, pero el principal mérito de esta nueva adaptación es la manera en que reivindica a Amy, uno personaje que a juicio de la directora ha sido demasiado incomprendido. La forma en que es caracterizada por el guion, sumado a la buena interpretación de Florence Pugh, le dan una importante capa de complejidad y la convierten en una de las revelaciones de la película.

El atractivo de Amy como personaje está vinculado con algo que Gerwig señaló en una entrevista para la revista Time, donde describió a la obra como una historia sobre “mujeres, ambición, arte y dinero”.  Si bien la joven demuestra ser rencorosa y superficial en sus momentos más cuestionables, a medida que el metraje avanza descubrimos una cara más madura, que privilegia el pragmatismo por sobre lo demás. Este rasgo lo vemos en una muy buena escena donde explica por qué decidió abandonar su sueño de convertirse en una pintora famosa, la misma escena donde se refiere a cómo los medios materiales de una mujer influyen en la independencia que puede tener durante su vida y que por esa razón no es objetable considerar a la riqueza como uno de los factores relevantes cuando se piensa sobre el matrimonio.

Las cosas que Amy dice durante esa escena tienen como destinatario a Laurie (Timothée Chalamet), un vecino de la familia March y viejo amigo de las hermanas. Su presencia en la novela inspiró varias cartas de las lectoras del primer volumen, que le escribieron a Alcott para expresar su deleite por la química que había entre él y Jo, unas especies de precursoras de los shippeos y OTPs contemporáneos. Pero si bien el segundo volumen les dio una mayor preponderancia a las relaciones de pareja, el destino de estos tres personajes fue muy distinto al que se esperaba entre los fanáticos, algo que la escritora hizo casi como simple diversión. La verdad es que la autora se sentía algo conflictuada con la novela que la hizo famosa, ya que su origen se remonta a los deseos de su editor por aprovechar un lucrativo sector del mercado, ligado al público juvenil, y por lo mismo Alcott la empezó a escribir como si fuese un encargo.

Es así como nuevamente entran en juego el arte, la ambición y el dinero, aspectos que ligan también a Jo con la escritora, siendo este el personaje del relato que presenta más similitudes con Alcott. Los elementos autobiográficos del libro son potenciados por Gerwig en esta adaptación, llegando incluso a límites metaficticios, los que permiten comprender algunos detalles que a priori resultaban solo anecdóticos, como la tipografía escogida para el título de la película, inspirada por la que fue utilizada en la primera edición de Mujercitas. La cinta aborda de forma directa algunos de los dilemas que tuvo la autora cuando escribió el libro, haciéndose cargo además de ciertos elementos de la trama que fueron cuestionados por los lectores, algo que provoca que el presente sea “ahora el pasado, o talvez ficción”, como señala Gerwig en una indicación de su guion.

A través de estas decisiones que implementa la directora durante los últimos minutos del metraje, realidad y ficción, obra y autora, se van entrelazando, logrando algo más profundo que un simple ejercicio autorreferencial, ya que permite una reconciliación entre Alcott y su novela. No cualquier adaptación es capaz de hacer algo tan importante.

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