Jojo Rabbit (2019)

Jojo_Rabbit-posterBasada en la novela El cielo enjaulado de Christine Leunens, la nueva película del director Taika Waititi, Jojo Rabbit, puede ser descrita como la historia de un imaginativo niño de 10 años que conoce a una chica mayor que él, con quien tiene profundas diferencias al pertenecer a mundos opuestos, pero a medida que la va conociendo descubre que las barreras que los separan son más ficticias que reales. La descripción no es incorrecta, pero sí incompleta, ya que omite el contexto en el que se desarrolla la historia, un elemento fundamental de la obra. El niño vive en el Tercer Reich, en plena Segunda Guerra Mundial, y su principal interés consiste en ser un miembro ejemplar del régimen nazi, mientras que la chica es una joven judía que está escapando precisamente de ese tipo de personas.

El protagonista, llamado Johannes “Jojo” Betzler (Roman Griffin Davis), vive junto a su madre Rosie (Scarlett Johansson) y está entusiasmado por unirse a las Juventudes Hitlerianas. Tras sufrir un accidente durante uno de sus entrenamientos, sus posibilidades de participar en el campo de batalla se esfuman, quedando relegado a tareas más mundanas como pegar carteles y repartir cartas. Esto lo lleva a pasar más tiempo en su casa, donde descubre que su madre ha estado escondiendo de las autoridades a Elsa Korr (Thomasin McKenzie), una chica judía que era amiga de la fallecida hermana de Jojo. Debido al adoctrinamiento que recibió durante todos estos años, el primer impulso del niño consiste en querer delatar a la joven, a quien considera una criatura carente de humanidad, pero eso implicaría que él y Rosie sean acusados como cómplices. Obligado a aguantar esta situación hasta que se le ocurra una mejor salida, Jojo adopta una tregua momentánea con Elsa, a quien interroga sobre las características de los judíos para escribir un libro, y a medida que la empieza a conocer la distancia personal que los separa se va acortando.

Aunque la ambientación permite acercar la descripción de la obra a lo que vemos en pantalla, sigue sin capturar la esencia de la película, que gira en torno al tono utilizado. El libro sirve solo como un puto de partida para esta adaptación, donde el principal aporte de Waititi al material original fue la incorporación de un humor satírico y absurdo, ya que además de dirigir estuvo a cargo del guion. Esto se ve reflejado con más claridad en un personaje creado especialmente para la cinta, un amigo imaginario de Jojo que corresponde a una representación del mismísimo Adolf Hitler, interpretado por el propio Waititi. Que el director ocupara ese controvertido papel no fue una iniciativa de él, sino más bien de Fox Searchlight Pictures, pero no deja de tener gracia que una figura histórica que se transformó en ícono de la intolerancia sea encarnada por alguien de raíces maoríes y judías.

Hacer una comedia sobre el nazismo no es una idea completamente original, ya que existen ejemplos insignes como The Great Dictator (1940) de Charlie Chaplin, estrenada mientras Hitler aun estaba en el poder, pero eso no significa que sea algo sencillo. Una de las decisiones a las que se ven enfrentados los realizadores de estas películas consiste en determinar qué cosas serán objeto de risa y cuáles no. En el caso de Jojo Rabbit, el humor se basa en la exageración de la ideología nazi, incluidas las mentiras que ocupaban para estigmatizar al pueblo judío, pero el sufrimiento directo que experimentó aquel grupo durante el Holocausto queda vetado de los chistes. De hecho, a pesar de lo arriesgada que es la combinación entre comedia y nazismo, y los límites estrafalarios a los que estira algunas situaciones, la obra posee un núcleo de bondad que la mantiene a raya.

Al ver las anteriores películas de Waititi se puede notar su interés por darle una cuota de humanidad a las historias narradas, sin que el uso de un humor ridículo sea un impedimento para ello. Ya sea una obra sobre unos vampiros excéntricos que residen en Nueva Zelanda, la aventura de un niño rebelde que huye de cualquier forma de autoridad, o los problemas que enfrenta un dios nórdico en el espacio, siempre hay algo que conecta a esos personajes emocionalmente con los espectadores. Es algo que lo diferencia, por ejemplo, del estilo utilizado por Trey Parker y Matt Stone, quienes pueden perfectamente prescindir de los elementos sentimentales en sus relatos.

Los componentes más llamativos de la película se encuentran en su superficie, fuera de ese núcleo de bondad, donde se permite la creación de caricaturizaciones extremas, que abrazan el absurdo. Es ahí donde encontramos al Hitler interpretado por Waititi, cuya versión del personaje -al tratarse de alguien imaginado por un niño de 10 años- es disparatada y estrambótica. El individuo le habla directamente a Jojo, actuando como una especie de conciencia del protagonista, corrigiendo su rumbo cuando trata de pensar fuera de los márgenes del nazismo. Lo extravagante de su personalidad es también compartido por otros personajes de la obra, aunque en menor medida, como el Capitán Klenzendorf (Sam Rockwell), Fräulein Rahm (Rebel Wilson) y Finkel (Alfie Allen), quienes están encargados de instruir a los postulantes de las Juventudes Hitlerianas.

Gran parte de los chistes en esta cinta apuntan a la forma en que lo cotidiano es permeado por la maldad. La ideología nazi está presente en todos los aspectos de la vida de Jojo, quien en una de las escenas iniciales de la película corre feliz por las calles de su pueblo saludando a los que pasan con unos animados “¡heil Hitler!”. La quema de libros es una actividad celebrada por él y el resto de los niños, mientras que una de las poses de combate que aprenden en sus entrenamientos es “la esvástica”. El protagonista es descrito en un par de ocasiones como un ejemplo para el régimen debido a su docilidad y fanatismo ciego, y si bien se hace hincapié en cómo la mente moldeable de los niños es aprovechada por este tipo de ideologías para lograr una mayor fidelidad, los aspectos satíricos del guion de Waititi no llegan a ser tan elocuentes ni astutos como lo que George Orwell logró en su novela 1984, donde cuestiones como la influencia del uso del lenguaje sobre el pensamiento de las personas se convierte en una de las claves de los totalitarismos.

El tono jovial de la cinta es preponderante a lo largo del metraje, pero de vez en cuando se filtra una sensación de peligro que nos recuerda los horrores que ocurrieron en Europa durante esos años. Una de las mejores secuencias de Jojo Rabbit tiene al comediante británico Stephen Merchant como protagonista, quien a través de una presencia física muy efectiva y un comportamiento cortés logra combinar el absurdo y lo amenazante de manera precisa. La tensión que se logra durante estos momentos le da un peso importante al relato, necesario para evitar que la cinta dependa solo de la frivolidad para transmitir sus ideas. Durante esta secuencia vemos además un lado que desconocíamos de uno de los personajes secundarios, una muestra de bondad que refleja el optimismo de la obra.

A pesar de que el protagonista vive en un entorno controlado por la intolerancia, la cinta plantea que incluso en ese tipo de situaciones hay personas capaces de actuar guiadas por lo correcto. La idea se extiende al propio Jojo, quien, si bien fue instruido con ideas inspiradas en el odio, poco a poco va descubriendo las semejanzas que lo unen con Elsa. El desenlace de la historia no escapa de lo convencional, ya que, pese a su cubierta colorida y afán irreverente, la esencia de la película se basa en fórmulas narrativas muy afianzadas. Los elementos familiares de este trabajo son complementados con la buena labor de sus actores, sobre todo de Thomasin McKenzie, quien confirmando la gran impresión que generó en Leave No Trace (2018) logra construir un personaje con matices sutiles dentro del estruendoso entorno en el que se encuentra.

Waititi no siempre alcanza el equilibrio que se propone, entre el humor ácido y los momentos más emotivos del relato. El primer aspecto llega incluso a debilitar al segundo en algunas ocasiones, diluyendo el impacto emocional que debería lograr. El propio mundo que construye con esta película, donde la ridiculización de los nazis opera través de su ignorancia o incompetencia, impide pensar demasiado sobre aquellas personas que no abrazaron la ideología por simple desconocimiento, sino que inspirados por un profundo compromiso con esa retorcida forma de ver a los demás, deshumanizando a sus enemigos y exaltando una supuesta superioridad sobre el resto. Uno de los aspectos más estremecedores de los crímenes cometidos por el Tercer Reich fue la sistematización de estos y la meticulosa organización que existió detrás, algo que se pierde cuando se les reduce a unos payasos en uniforme.

Aunque la relación que se forma entre Jojo y Elsa le otorga un valor a la película que impide despreciarla, y la energía que transmite la cinta se siente contagiosa a ratos, las irregularidades de la obra afectan el resultado final. La subversión que vende Jojo Rabbit se queda en lo elemental, en criticar cosas que ya sabemos merecen nuestro reproche y en destacar valores indiscutibles, mientras evita algunas de las implicancias más complejas del escenario en el que se desenvuelve. Paradójicamente, la cinta cómica sobre nazis termina siendo más azucarada de lo que uno podría esperar.

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