Uncut Gems (2019)

Uncut_Gems-posterEl prólogo de Uncut Gems (Diamantes en bruto), la nueva película de los hermanos Benny y Josh Safdie, nos transporta a una mina de Etiopía, algo poco usual para estos directores, que prefieren ambientar sus historias en entornos urbanos. En ese lugar vemos cómo se extrae una roca que contiene un valioso ópalo negro, en cuyo interior se reflejan una multiplicidad de colores, dentro de los cuales se sumerge la cámara para iniciar un recorrido psicodélico a través de la gema. Los colores del mineral son reemplazados por unos tonos más oscuros, lo que nos indica que ya no estamos en el mismo lugar donde empezamos. Con esa transición, la cinta pasa a estar ahora en el interior de su protagonista, y las imágenes que vemos corresponden a su colonoscopia.

La conexión que hace la película entre ambos elementos puede adquirir diferentes significados. Es, en primer lugar, un vínculo argumental, entre el personaje principal del relato y el MacGuffin que mantiene en movimiento a la trama. También lo podemos ver como un lazo entre dos territorios y culturas, la africana, por un lado, con su precariedad y explotación, y por el otro la estadounidense, específicamente la neoyorquina, donde transcurre el resto de la película, la que se encuentra dominada por la comercialización de los lujos y los excesos. En este planteamiento, son los sacrificios del primer territorio los que permiten los placeres del segundo. Otro tipo de contraste surge entre la magnificencia del ópalo, una perfección cautivante, y la naturaleza más mundana, hasta vulgar, de la visita del protagonista al médico.

El joyero Howard Ratner (Adam Sandler) no tiene tiempo de apreciar la belleza del mineral que llega a su oficina, ya que para él es simplemente un medio que le permitirá obtener dinero. El ópalo será parte de una subasta dentro de algunos días, y según estimaciones del protagonista podría venderse por cerca de un millón de dólares. Esa cantidad de dinero le servirá para cubrir las múltiples deudas que tiene, algunas de las cuales corresponden a prestamistas que no temen ocupar la fuerza para exigir el pago a los deudores, y también para traer algo de estabilidad a su vida personal, que está dividida entre su familia -con su esposa Dinah (Idina Menzel) y sus hijos- y su actual novia Julia (Julia Fox), quien también trabaja en su joyería. Pero las cosas no son tan sencillas para Howard, porque además de eludir a los matones de un acreedor, deberá lidiar con la obsesión que el jugador de básquetbol Kevin Garnett (él mismo) desarrolla con el ópalo, al que le atribuye poderes místicos.

Varios de los problemas surgen por las acciones del propio protagonista, ya que posee una poderosa ludopatía que lo atrapa en una espiral autodestructiva. Aunque de vez en cuando cuenta con el dinero para pagar o abonar algunas de sus deudas, Howard prefiere ocuparlo para hacer arriesgadas apuestas deportivas, las que dependen de varios factores para tener éxito, ya que mientras más específicas mayor es el pozo a ganar. El personaje siempre está ajetreado y sus planes están compuestos por diferentes piezas en movimiento, que están conectadas entre si de manera inestable, sometidas a varias eventualidades. Así, por ejemplo, el préstamo temporal de un objeto es garantizado con la custodia de otro, el que luego es empeñado por una suma de dinero que es utilizada para hacer una apuesta, que a su vez depende del desempeño de un deportista durante un partido específico, todo lo cual va dando forma a una especie de extraña máquina de Rube Goldberg.

Como los planes de Howard, la producción de esta película por parte de los hermanos Safdie estuvo sujeta a la combinación de algunas importantes casualidades. El rol del protagonista fue creado pensando en Adam Sandler, pero el actor no aceptó unirse al proyecto cuando se lo propusieron hace más de una década, por lo que debieron explorar otras opciones. Mientras tanto, el papel del jugador de básquetbol también fue cambiando, ya que los directores estaban convencidos de que debía ser interpretado por un deportista real, no por un actor. Por eso, la época en la que transcurre el relato fue escogida en base a la contratación de Kevin Garnett, para que los hechos de la película coincidieran con algunos de los verdaderos partidos que tuvo con los Boston Celtics.

Sandler finalmente accedió a actuar en Uncut Gems, algo que estuvo propiciado por la buena recepción del anterior largometraje de los directores, Good Time (2017), donde tuvieron la posibilidad de trabajar con estrellas como Robert Pattinson y Jennifer Jason Leigh. A lo largo de su carrera, los hermanos Safdie han demostrado una inclinación por trabajar con personas sin mucha experiencia actoral, algo que incluso mantuvieron con sus películas más recientes, pese a la presencia de nombres más conocidos. En estas cintas, los cineastas logran un buen equilibrio entre las interpretaciones de su elenco, independiente de lo versado que sea cada individuo, gracias a la forma en que los actores se empapan de sus respectivos personajes.

Por eso, se produce una buena armonía en escenas donde participan Adam Sandler, un actor que lleva décadas de trayectoria en el cine de comedia, Lakeith Stanfield, una estrella en ascenso que ha participado en varios proyectos cinematográficos atractivos durante los últimos años, Kevin Garnett, un jugador de básquetbol retirado, y Julia Fox, una artista cuyo personaje fue escrito basado en ella misma. No es una novedad el talento que Sandler tiene cuando debe participar en películas alejadas del género que lo hizo famoso, ya que existen ejemplos tan insignes como Punch-Drunk Love (2002) de Paul Thomas Anderson, pero es bueno recordar lo que es capaz de hacer cuando sale de su zona de confort. Su interpretación además le otorga una necesaria cuota de humanidad al protagonista, evitando así que su cuestionable comportamiento lo transformen en alguien insoportable, lo que podría afectar a la cinta como un todo.

El guion que los hermanos Safdie escribieron junto a Ronald Bronstein retrata a Howard como una persona dominada por impulsos primarios, por la emoción de los riesgos altos y las recompensas aún mayores. Hasta sus relaciones interpersonales parecen obedecer a ese tipo de principios, ya que al igual que sus negocios, va fluctuando entre su esposa y su novia según su propia conveniencia, declarando su amor a una de ellas cuando está peleado con la otra. Los obstáculos que surgen durante su camino no obedecen solo a la simple mala suerte, sino que a esa fuerza visceral que lo lleva a tomar decisiones que desde la comodidad de nuestros asientos no entendemos del todo, pero que para él resultan inevitables.

Tan importante como el protagonista es el mundo donde transcurre la película, especialmente el denominado “distrito de los diamantes” en la Calle 47 de Nueva York. Durante el puñado de días que abarca la historia, Howard entra y sale de edificios, negocia precios, recorre calles a pie y en automóvil, y habla con múltiples personas, todo lo cual ocurre dentro una vibrante atmósfera alimentada por la cultura judía. El estado de agitación que se sentía en Good Time vuelve a operar en esta obra, que avanza como una carrera contra el reloj, con múltiples factores que inciden sobre el destino de Howard. Sumergirse en la cinta es una experiencia tensa, aunque más controlada que un trabajo como Climax (2018) de Gaspar Noé, que se merece más las comparaciones que algunos críticos de cine hicieron entre la película de los Safdie y un ataque de pánico.

No es necesario que Uncut Gems llegue a los extremos de ese relato para alcanzar un resultado efectivo, ya que la claridad y precisión de sus realizadores termina siendo más admirable. Que una obra sea más chocante que otra no necesariamente implica que sea mejor. Visualmente, esta película constituye una mejora para los hermanos Safdie en comparación a su anterior largometraje, gracias al trabajo del director de fotografía Darius Khondji, quien ha tenido una carrera muy variada junto a cineastas de la talla de Wong Kar-wai, Michael Haneke, Woody Allen, James Gray y Bong Joon-ho. Su labor transmite la visceralidad que busca generar la historia, pero sin caer en la innecesaria confusión que a veces se notaba en los planos de Good Time.

En una obra como esta, que tiene como base el sentido de urgencia que agobia a su protagonista, es importante determinar aquello que está en juego, para ver los riesgos a los que se enfrenta el personaje principal. La dimensión simplemente económica no parece ser un problema demasiado grave para Howard, así que debemos irnos hacia otro tipo de presiones que pueden aplicar sus acreedores para obligarlo a pagar sus deudas. Sin embargo, respecto de ese punto surgen algunas dudas sobre la factibilidad de que los matones de su principal prestamista, Arno (Eric Bogosian), puedan realmente dañarlo, ya que luego descubrimos que ambos tienen un vínculo familiar. Ese tipo de conexión parece servir como un obstáculo para que adopte medidas graves contra el protagonista, así que no es raro cuestionarse el verdadero peligro al que se enfrenta,

Sin embargo, esas preguntas son aclaradas durante el último tercio de la cinta, en el que la tensión aumenta de manera considerable y los Safdie construyen un clímax muy efectivo, donde debemos ver junto a los personajes si la apuesta de Howard fue acertada o no. El protagonista está acostumbrado a hacer sus planes tratando de predecir ciertos resultados o de adivinar cómo se desenvolverán algunos acontecimientos, pero entre los factores que debe considerar también se encuentra el comportamiento humano. Cada persona tiene diferentes impulsos, inclinaciones y temperamentos, y muchas veces es difícil determinar lo que hará alguien en una situación específica. Cuando eso ocurre, las consecuencias pueden dejarnos mudos.

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