Waves (2019)

Waves-posterEs llamativo el efecto que logra Waves. La nueva película de Trey Edward Shults se siente viva, como las olas a las que hace referencia su título, creciendo y contrayéndose, explotando y calmándose, adoptando un dinamismo que complementa bien la historia contada. Sus imágenes literalmente se estrechan y expanden a lo largo del metraje, ya que la relación de aspecto de sus planos va cambiando según el tipo de sensación que el director quiere transmitir. En términos narrativos también vemos esa fluctuación, a través de una primera mitad que avanza con energía y hasta agresividad, lo que desemboca luego en un punto medio devastador, que es seguido por una segunda mitad más serena y reflexiva.

La cámara se hace partícipe de este efecto gracias a unos movimientos que le entregan intensidad al relato. Una de las primeras imágenes que vemos transcurre en el interior de un vehículo, mientras la cámara gira sobre su eje para mostrar a Tyler Williams (Kelvin Harrison Jr.), un estudiante y deportista, junto a su novia Alexis (Alexa Demie). Durante las siguientes escenas la cámara se mantiene activa, con travellings, paneos y otras técnicas que nos hacen partícipes de la ajetreada vida del protagonista, quien debe dividir su tiempo entre los entrenamientos, las competencias de lucha libre, las clases, las fiestas y la vida en pareja. Tyler es un adolescente popular en su colegio y un hábil atleta, impulsado por un deseo de excelencia y competitividad que lo lleva a querer comerse el mundo, como si no existiese un mañana.

Una razón importante de que tenga esa actitud se debe a su padre, Ronald (Sterling K. Brown), un empresario de la construcción que lo empuja a no conformarse con lo que tiene y a buscar algo más. Ambos entrenan juntos, han definido el camino que llevará a Tyler a la universidad y compiten constantemente por alcanzar una virilidad idealizada que los haga sentir completos. El tipo de masculinidad que encarna su padre contrasta con la personalidad más conciliadora de su madrastra, Catherine (Renée Elise Goldsberry), y con la presencia introvertida de su hermana menor, Emily (Taylor Russell). Aunque la vida del joven parece desenvolverse de manera normal, la llegada de dos noticias muy importantes lo enfrenta a un futuro incierto, algo que no tarda en adquirir tintes catastróficos.

Waves avanza con un ritmo ágil, adentrándonos al mundo en el que se desenvuelve Tyler y permitiendo que lo acompañemos en sus diferentes actividades. Cuando empiezan a aparecer los conflictos más graves que debe enfrentar el protagonista, y dado que todo eso ocurre en la primera hora del metraje, pueden surgir dudas acerca de qué ocurrirá después o qué tipo de historia vamos a ver. Si todo esto pasó en tan poco tiempo, ¿qué otras tragedias experimentará el protagonista en lo que queda de película? Hacia la mitad de la cinta se produce un punto de inflexión, un hecho fatídico que es recibido como un choque inesperado, sacudiendo a la obra de tal manera que no solo comprime los extremos del plano para pasar de una relación de aspecto alargada a otra más cuadrada, sino que cambia el foco narrativo a otro personaje, quien adquiere ahora un mayor protagonismo.

El quiebre que significa la tragedia transforma al relato en un díptico, con dos segmentos muy diferenciados entre sí, pero unidos por el lazo de parentesco que comparten ambos protagonistas. La estrategia hace recordar a lo que Derek Cianfrance hizo en The Place Beyond the Pines (2012), donde también veíamos algunas ideas relacionadas con las consecuencias de los actos y la culpa. Si en la primera mitad del metraje la energía avasalladora de Tyler permeaba las escenas, en la segunda parte se nota una atmósfera más melancólica y tímida, la que resulta coherente con el nuevo personaje al que seguimos. La cámara adquiere un estilo menos frenético, prefiriendo la calma y hasta la dulzura para retratar los diferentes momentos.

Durante la segunda mitad del metraje el pasado se convierte en una presencia poderosa, que lleva a los personajes a cuestionar algunas de sus acciones y a lidiar con los efectos de la tragedia que ocurrió. La empatía es ocupada por Shults como el pilar de su relato, como una herramienta que sirve para abordar los momentos dolorosos y reconciliarnos con otras personas y con nosotros mismos, resaltando a la vulnerabilidad como algo positivo. Todo esto es desarrollado a través de la fotografía de Drew Daniels y la banda sonora compuesta por Trent Reznor y Atticus Ross, quienes crean una experiencia sensorial cautivante. En vez de que el resultado sea un simple espectáculo de destreza técnica, el lenguaje cinematográfico permite resaltar la humanidad de la obra y las muy buenas actuaciones de su elenco.

Viendo algunos de los elementos que conforman la película, podemos encontrar similitudes con otras obras e influencias que probablemente inspiraron al director. El plano donde la cámara gira dentro de un vehículo sobre su propio eje ya había sido popularizado por Alfonso Cuarón en Children of Men (2006), mientras que ciertas imágenes filmadas en exteriores evocan la atmósfera que Barry Jenkins logró en Moonlight (2016), otra cinta ambientada en el sur de Florida. Aunque se pueden crear paralelos como esos, más que examinar los componentes aislados de Waves lo sobresaliente se encuentra en la forma como Shults los combina y construye algo propio. Incluso comparándola con el resto de su filmografía -como la película de terror It Comes at Night (2017)- se nota no solo un cambio en el tipo de historia que narra sino también una mayor ambición y confianza en sus capacidades.

El drama familiar al centro de la obra, el dolor de sus personajes y su incesante búsqueda de una respuesta, adquieren una dimensión fascinante gracias a cómo son retratados por el director y la manera en que ocupa los medios que están a su alcance. En otras manos, las situaciones narradas podrían haber caído en lo melodramático, y hasta en lo olvidable, pero Waves comprende que el impacto que el cine puede provocar sobre los espectadores depende también de cómo una historia es contada. Vemos en la cinta una intención, una visión que moldea cada una de sus piezas, lo que termina calando hondo si nos dejamos conquistar por ella. La cinta no tiene miedo de expresar su voz, de crear algo distintivo y especial.

Con solo 30 años cuando se estrenó está obra, Trey Edward Shults demuestra una madurez emocional y artística poco habituales, sobre todo en el cine estadounidense. Que su anterior película sea una cinta de género engrandece la buena impresión, ya que demuestra una capacidad para explorar diferentes tipos de registros, sin limitarse a uno solo. Algunas obras se sienten distintas al resto, como si fuesen conscientes de su grandeza sin necesidad que eso se traduzca en un ejercicio pretencioso, logrando en cambio un resultado sorprendente, como este.

Un pensamiento en “Waves (2019)

  1. Pingback: Luce (2019) – sin sentido

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