Dark Waters (2019)

Dark_Waters-posterAdemás de su carrera como actor, Mark Ruffalo ha desarrollado una importante faceta como activista, llegando a estar involucrado en campañas sobre la comunidad LGBT, apoyar candidaturas de políticos progresistas y defender el medioambiente. Su participación en la película Dark Waters (El precio de la verdad) le permitió combinar esos dos intereses, produciendo y protagonizando la historia real de un abogado que se enfrentó a una poderosa empresa estadounidense acusada de desarrollar un químico de enorme poder contaminante. Basada en un artículo publicado en The New York Times Magazine, la película se convirtió en un proyecto de gran interés para el actor, quien convenció al director Todd Haynes de encabezar la obra.

Este tipo de cinta escapa de los trabajos que Haynes creó anteriormente, como la poco convencional interpretación que hizo de la figura de Bob Dylan en I’m Not There (2007) o el evocador romance de época que es Carol (2015). La estilización y hasta lirismo que se notaba en aquellas obras son abandonados en esta nueva película, donde las reglas de los dramas judiciales, la meticulosidad de la investigación que lleva a cabo el protagonista y los tecnicismos involucrados llevan al director a adoptar una estética más sobria, más aterrizada. La paleta de colores ocupa tonos apagados, que complementan el carácter opaco de la historia, así como la seriedad que busca transmitir a través de los temas explorados.

Al centro de todo esto se encuentra Robert Bilott (Mark Ruffalo), un abogado que acaba de ser nombrado socio en un importante estudio jurídico de Cincinatti. Aunque se especializa en la defensa corporativa, eso no impide que llegue a su oficina un granjero llamado Wilbur Tennant (Bill Camp), quien por recomendación de la abuela de Bilott le encarga un caso relacionado con su rebaño, el que sospecha murió por culpa de la empresa DuPont. Algo reacio, el protagonista acepta revisar los antecedentes para ver qué tan cierto es lo que dice el hombre, así que viaja a su granja ubicada en Parkersburg, Virginia Occidental, donde ve cómo el lugar perdió la vida que alguna vez tuvo. Al lado de la granja, compartiendo un riachuelo con esta, se encuentra un depósito de desechos de la empresa DuPont, el que según Tennant es responsable de todos los problemas. Aunque un informe de las autoridades sanitarias no encontró sustancias prohibidas en el lugar, la investigación de Bilott lo lleva a descubrir que la situación es más grave y extensa de lo que pensaba, algo que exigirá toda su atención y le provocará algunos conflictos con su esposa Sarah (Anne Hathaway) y con su jefe Tom (Tim Robbins).

Lo que parecía ser una causa bien delimitada se convierte en una gesta que se extiende durante casi dos décadas. La película va indicando el paso del tiempo con señas explícitas, como la aparición de textos que nos informan cuánto tiempo ha transcurrido desde que Bilott asumió el caso, y otras más implícitas, como los cambios que se producen en la familia del protagonista y en él mismo. El abogado, que es caracterizado en un principio como alguien tímido, medio encorvado y con una expresión nerviosa en el rostro, experimenta un notorio desgaste físico a medida que los años pasan y los obstáculos se vuelven más difíciles, lo que se termina materializando en un temblor de su mano que funciona como recordatorio constante de esa carga.

El guion escrito por Mario Correa y Matthew Michael Carnahan tenía el desafío de convertir una historia que gira en torno a detalles procedimentales, a la forma poco glamorosa en que se buscan los antecedentes para construir un caso, en un relato atractivo para la audiencia. Las películas como esta, para que funcionen, necesitan ser comprendidas por la mayoría de los espectadores, sin que los tecnicismos involucrados se conviertan en un obstáculo para quienes no somos entendidos en la materia. Dark Waters logra ese objetivo, ya que sin la necesidad de entender cada detalle de lo que ocurre, somos conscientes del hilo conductor que une sus fragmentos y nos damos cuenta de cuándo el protagonista está cerca de descubrir algo importante.

Que estemos ante una historia basada en hechos reales no impide que la cinta presente arquetipos o lugares comunes que la relacionen con otros relatos similares. La lucha desigual contra una entidad poderosa, el interés obsesivo del protagonista que lo enfoca de forma exclusiva en su trabajo y lo aísla del resto de las personas, la figura del héroe masculino que debe sufrir en silencio, todos esos elementos comienzan a aparecer a lo largo de la obra para darle un aire de familiaridad. El guion incluso hace una alusión más o menos directa a uno de los aspectos típicos de estas obras, como lo es la esposa abnegada que ve a su marido aguantar el peso del mundo sobre sus hombros. Sarah le reprocha al protagonista que su trabajo lo ha alejado de su familia, y que está cansada de ser simplemente “la esposa” dentro de esa situación, pero si bien sus palabras reconocen la posición en la que se encuentra, no llegan a cambiar lo que está criticando, lo que al final se siente como un rol que no aprovecha del todo a una actriz de la talla de Hathaway.

Aunque la obra no presenta todas las virtudes de los mejores trabajos de Todd Haynes, de vez en cuando aparecen algunas muestras de su talento. Es lo que ocurre, por ejemplo, con una secuencia que está casi en la mitad del metraje, cuando Bilott explica en qué consiste lo que hizo DuPont y las consecuencias de sus actos. El momento es representado a través de un montaje paralelo, que combina la investigación misma del protagonista, quien revisa múltiples documentos y carpetas, con las conversaciones que mantiene con su esposa, su jefe, el granjero y el propio abogado de la empresa. La manera en que se relacionan esos instantes, que se encuentran unidos no por una proximidad espacial ni temporal, sino que temática, les entrega una mayor intensidad que si hubiesen sido mostrados por separado, y nos sumerge en la paranoia y tensión que agobian al personaje principal.

Instantes como ese, sin embargo, son escasos, y por lo general la labor de Haynes no llega a ser lo sobresaliente o significativa que uno esperaría. No se trata de algo reprochable al tipo de historia que cuenta, ya que el director Michael Mann le entregó una importante impronta personal a The Insider (1999), donde los personajes interpretados por Al Pacino y Russell Crowe revelaban los oscuros secretos de la industria tabacalera. Incluso trabajos más circunspectos como Spotlight (2015) de Tom McCarthy presentaban algunas decisiones artísticas llamativas, como la forma en que sugerían la fuerte presencia de la institución investigada sobre la comunidad en la que está inserta. Una idea como esa también es explorada por Dark Waters, pero sin la agudeza que se notaba en aquella cinta.

Aunque resulte paradójico, la fortaleza de este relato no surge de una historia donde triunfa el bien y los problemas son solucionados. De hecho, si existe un triunfo en la película, este es solo parcial y ocurre justo al final del metraje, cuando aparecen los habituales textos de las obras basadas en hechos reales donde se describe lo que ocurrió posteriormente con sus personajes. La lucha de Bilott es contra una empresa enorme, cuya influencia se siente en gran parte de los habitantes de la ciudad donde ocurrieron los hechos, cuyas acciones son amparadas por un sistema que no es capaz de regular algo que tiene implicancias directas sobre la salud de las personas.

La indignación que surge mientras vemos la película se convierte en el principal motor de la obra, ya que con cada traspié que dificulta o hace retroceder los esfuerzos del protagonista, más valoramos su lucha. Es su persistencia, más que los resultados, lo que resulta inspirador.

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