El robo del siglo (2020)

CREATOR: gd-jpeg v1.0 (using IJG JPEG v80), quality = 75Una de las cosas que aprendemos gracias a las noticias y al cine es que en los robos grandes no importa solo la ejecución del crimen, sino también lo que ocurre después. Mientras las autoridades están investigando el caso y buscando a los responsables, cualquier paso en falso, ostentación o declaración puede servir para que descubran a los involucrados. El robo en si pudo haber sido planeado de manera meticulosa, cuidando cada detalle, pero una vez que el botín es repartido comienzan a actuar una serie de factores impredecibles, que escapan de un control único, a menos que se adopten medidas muy drásticas como las que utilizó James Conway en la película Goodfellas (1990) después del robo a Lufthansa.

Ese tipo de medidas no se adoptaron en 2006, cuando un grupo de ladrones robó la sucursal del Banco Río que estaba en Acassuso, Argentina, cuya compleja ejecución hizo que la acción fuese apodada como “el robo del siglo” por los medios de comunicación. El ingenio con el que perpetraron el hecho no se extendió de forma completa a lo que ocurrió después, cuando algunos pasos en falso permitieron que fuese atrapada y juzgada parte importante de los responsables, aunque no se llegó a recuperar todo el dinero extraído. Incluso los involucrados en el también denominado “robo del siglo” chileno, que ocurrió en el aeropuerto de Santiago en agosto de 2014, fueron descubiertos entre otras razones por algunos descuidos que cometieron después con el dinero.

Lo intrincado del delito argentino, la combinación de elementos llamativos y el particular intento de justificación ética del robo, hicieron de ese suceso un caso idóneo para ser llevado al cine, en una película cuyo título es, cómo no, El robo del siglo. La cinta dirigida por Ariel Winograd muestra las consecuencias del robo y cómo fueron atrapados sus responsables, pero eso sería adelantarnos más de la cuenta, así que es mejor comenzar con el robo en sí. La obra parte casi de inmediato con la creación del plan, ya que no pasan más de tres minutos y el protagonista Fernando Araujo (Diego Peretti) decide que quiere robar el banco en cuestión. Su inspiración llega de repente, en una noche lluviosa, cuando surge con la idea de aprovechar el alcantarillado de la ciudad para llevar a cabo el delito.

Aunque varias de sus ideas son ingeniosas, necesita llevarlas a la realidad de una manera práctica, para lo cual debe buscar otros cómplices y a alguien que financie los gastos del golpe. Su principal aliado será Luis Mario Vitette (Guillermo Francella), un ladrón uruguayo de gran experiencia, pero especializado en robos modestos, a quien convence de ayudarlo y de integrar un grupo que también estará conformado por “El marciano” (Pablo Rago), “El Doc” (Mariano Argento), Alberto de la Torre (Rafael Ferro) y “Paisa” (Juan Alari). Gracias a una verdadera obra de ingeniería, los ladrones planean recurrir a la distracción para hacer creer a la policía de que todo se trata de un robo con toma de rehenes, pero mientras el negociador del grupo Halcón, Miguel Sileo (Luis Luque), habla con uno de ellos, el resto se encargará de vaciar las cajas de seguridad para luego escapar a través de un túnel que los lleva a la alcantarilla.

Es tan precisa la combinación de factores que permitieron el robo en el que se basa la película, que si estuviésemos ante un relato completamente imaginado podría ser tildado de demasiado inverosímil. La realidad a veces supera la ficción y en este caso los hechos que ocurrieron en 2006 sirven como un sólido cimiento para esta entretenida obra. En la escritura del guion estuvo involucrado el propio Araujo, quien junto a Alex Zito seleccionaron los aspectos más interesantes de lo ocurrido, resaltaron otros y modificaron los necesarios para construir una historia de ritmo ágil que cumple con las conocidas reglas de las películas de atracos (heist film), aunque de vez en cuando su afán por la liviandad le impide profundizar lo suficiente en la caracterización de los personajes.

Si bien sabemos que las motivaciones de Vitette van ligadas al enorme botín del robo y a la posibilidad de lograr un último gran golpe que le permita retirarse de ese estilo de vida, no ocurre lo mismo con Araujo, cuyo objetivo es más nebuloso. No hay, en el caso de Araujo, un ser querido que lo lleve a una especie de redención, como la hija de Vitette, Lucía (interpretada por la hija de Francella, Johanna), ni se muestran antecedentes de que se dedique de forma habitual a la delincuencia. A lo largo del metraje lo vemos reflexionando en voz alta, ya sea con sus compañeros del robo o con su psicólogo, haciendo alusiones incluso al filósofo danés Søren Kierkegaard o demostrando un buen entendimiento de la geometría, pero sus divagaciones alimentadas por la marihuana no dejan muy clara la naturaleza específica de su motivación para el plan.

El protagonista explica en una escena que lo suyo no es igual a lo de Robin Hood, ya que no roba para darle a los pobres, aunque en una nota escrita que deja en el banco si trata de justificar el acto haciendo referencia al barrio donde ejecutó el plan. También lo oímos hablar sobre equilibrios naturales, una especie de código moral que trata de seguir y se muestra la importancia que le da a la meditación, para adquirir una imagen de ladrón zen que la propia película celebra. Que en el robo no se dispararan armas ni resultara herido nadie, y que los clientes del banco fuesen indemnizados posteriormente, permite que la obra demuestre simpatía por los ladrones y hasta recurra a unas dosis de humor negro a pesar del carácter ilegal de lo que hicieron.

Aunque la historia está basada en algo que ocurrió de verdad, eso no impide que operen algunos principios extraídos de la ficción, y una de las principales influencias cinematográficas que notamos es la película Ocean’s Eleven (2001) de Steven Soderbergh y sus secuelas. Hay similitudes en cómo las obras buscan crear el afecto de los espectadores por los personajes, la estructura con la que es narrado el plan (incluidos algunos flashbacks que nos explican la preparación de determinadas etapas), y hasta  la utilización de canciones pop para ensalzar ciertos momentos. Sin embargo, el trabajo de Soderbergh, que se siente como la labor de un relojero que hace encajar cada una de las piezas del relato, supera bastante a lo que hace Winograd, quien, pese a que logra hacer andar su máquina, parece haber olvidado algunas partes.

La diferencia entre ambos trabajos es aquella que puede separar a los artesanos de los artistas. Esto no significa que El robo del siglo sea una cinta desechable o mala, ya que demuestra una buena eficacia narrativa, pero si le resta la individualidad necesaria para que trascienda el género al que pertenece. En vez de ayudar a definirlo, se limita a un rol más derivativo, ocupando los recursos que ya fueron desarrollados de mejor manera por otras obras.

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