Horse Girl (2020)

Horse_Girl-posterDurante su carrera como director, Jeff Baena ha trabajado con algunos actores de forma recurrente, creando un tipo de vínculo que con el paso del tiempo puede generar la confianza suficiente para una colaboración artística más compenetrada. Eso fue lo que ocurrió con la actriz Alison Brie, quien no solo protagoniza su nueva película, Horse Girl (La chica que amaba a los caballos), sino que además debuta como productora y coguionista en este proyecto. Como pasa a veces con los intérpretes que escriben su primer guion, la creación de Brie y Baena está inspirada por algunos aspectos personales de la actriz, extraídos de su propia historia familiar, pero esa base es luego desarrollada de una manera poco convencional, introduciendo una osada y admirable cuota de irrealidad.

La cinta gira en torno a Sarah (Brie), una treintañera que trabaja en una tienda de manualidades y vive junto a su compañera de piso Nikki (Debby Ryan). A diferencia de Nikki, que es extrovertida y encaja dentro de lo que se puede considerar normal, la personalidad de Sarah es más retraída y le cuesta desenvolverse en algunas situaciones de carácter social. Sus principales actividades consisten en frecuentar un establo donde trata de mantener contacto con su antiguo caballo, y ver episodios de su serie favorita, Purgatory, una mezcla de show policial con elementos sobrenaturales. A pesar de sus dificultades para socializar, la protagonista intenta ser amigable y hablar con otras personas, pero su torpeza termina por incomodar a casi todos, por lo que debe resignarse a una soledad a la que ya se habituó.

Por la manera en que es presentado el relato, uno puede asumir que está ante una típica comedia dramática de Sundance -festival donde, de hecho, fue estrenada-, algo que parece reforzado por la presentación de Darren (John Reynolds), un tipo también retraído pero bien intencionado, quien se convierte en el interés romántico de la protagonista. Sin embargo, la posibilidad de un romance excéntrico es abandonada cuando otros elementos adquieren mayor preponderancia y la obra se sumerge en aguas desconocidas. Unos episodios de sonambulismo y de sangrado de nariz que afectan a Sarah nos indican que algo no anda bien con ella, y no tardamos en descubrir que en su familia existen antecedentes de enfermedades mentales, los que afectaron a su abuela materna y a su madre, que se suicidó hace un año.

A esto se suman unos extraños sueños, donde la protagonista aparece en un entorno blanco, acompañada de dos personas desconocidas y la presencia de unas misteriosas siluetas negras. Las dificultades para distinguir lo que es real de lo ficticio la llevan a buscar explicaciones que se acercan al terreno de la ciencia ficción, las que involucran clones, viajes temporales y extraterrestres. Su carácter obsesivo permite que cualquier detalle, ya sea el parecido físico entre ella y un pariente, los comentarios de una cliente acerca del significado de los colores, o las coincidencias de nombres, sirvan para alimentar sus extravagantes teorías conspirativas.

Inspirada por lo que vivió su propia abuela, que fue diagnosticada con esquizofrenia paranoide, Alison Brie coescribió esta historia acerca de las enfermedades mentales vista a través del prisma del cine de género. Durante los últimos años han aparecido buenos ejemplos sobre ese tipo de enfoque, como The Babadook (2014) de Jennifer Kent, acerca de la pérdida de un ser querido, y Hereditary (2018) de Ari Aster, que también exploraba el miedo a los oscuros legados familiares. Relatos como estos, dotados de elementos que escapan de lo común y corriente, pueden ser utilizados también para tratar cuestiones más cercanas, más humanas, como la salud mental. No estamos ante simples ejercicios de escapismo, sino que frente a intentos por conectarnos con ideas que pueden ser incluso difíciles de mirar de frente, por lo que las metáforas se convierten en grandes aliadas.

Lo que podría haber sido una cinta que mira con extrañeza al personaje de Sarah, como si fuese un bicho raro, es reemplazado por un estudio de personaje más íntimo, ya que el punto de vista de la obra coincide con el de la protagonista. Como espectadores, no asumimos un rol distante de ella, sino que estamos obligados a adoptar su propia perspectiva. La muy buena actuación de Brie ayuda a ese objetivo, capturando primero su incompetencia en situaciones sociales básicas, y luego adentrándonos en las emociones que están en conflicto dentro de ella. El tono de Horse Girl tiende hacia la comedia durante gran parte del metraje, pero en un momento crucial, que está ambientado en un cementerio, las circunstancias adquieren un grado de desesperación y alarma de enorme peso. Es como pasar desde Safety Not Guaranteed (2012) de Colin Trevorrow a Take Shelter (2011) de Jeff Nichols de forma repentina.

Cuando una película transita diferentes tonos y géneros, ese esfuerzo puede estar acompañado de un aire medio cínico o autocomplaciente, donde el afán de subvertir las reglas se nota en cada decisión tomada. Sin embargo, no se nota esa intención con la obra de Baena, que en vez de justificar sus acciones a través de un impulso jactancioso, va creando un relato que se mueve casi con vida propia. El guion que escribió con Brie no se siente como un esfuerzo por descolocar al espectador ni romper esquemas, siendo sus elementos no convencionales una parte inherente al mundo en el que transcurre. La historia funciona con unas reglas que en lugar de ser impertinentes resultan necesarias para ella si nos dejamos conquistar por el viaje de la protagonista.

Aunque los aspectos inusuales de la cinta pueden generar reacciones divididas, sobre todo de aquellas personas que ven a las películas como fuentes de respuestas concretas y de soluciones a los problemas que ellas plantean, detenerse demasiado tiempo en ellos es contraproducente. Teorizar de manera incansable acerca de si tal o cual cosa es real, o de cómo funcionan determinadas cuestiones de carácter logístico, nos distrae de lo más importante de Horse Girl, que es Sarah y la forma en que se siente. Lo esencial no es la naturaleza de las circunstancias que la agobian, sino cómo esas situaciones la afectan personalmente. La determinación que tomó Brie por expresar algunos de sus miedos e inquietudes más profundos es valiente, y afortunadamente el resultado se encuentra a la altura de ese sacrificio.

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