Luce (2019)

Luce-posterEstados Unidos tiene varios apodos, uno de los cuales es “tierra de las oportunidades”. El país es visto por algunos como un lugar donde a través del esfuerzo y la persistencia, cualquier persona puede lograr el estilo de vida que quiera, lo que permite dar forma al famoso “sueño americano”. Eso es lo que parece ocurrir con Luce (Kelvin Harrison Jr.), el protagonista de la película homónima, quien pese a una dura infancia en África se logró adaptar a su nueva realidad como estadounidense, ocupando un lugar destacado dentro de su colegio, como un atleta sobresaliente, un alumno aplicado y en general una figura intachable dentro de la comunidad. Esa imagen, sin embargo, no es del todo correcta, ya que detrás de su vida aparentemente normal se esconden algunos rasgos más sombríos y preocupantes.

Todo comienza cuando su profesora de historia, Harriet Wilson (Octavia Spencer), le encarga a su clase escribir un ensayo en el que adopten la perspectiva de algún personaje histórico. Las opciones más esperables consistían en escoger a algún presidente estadounidense, o, en caso de querer ser controversial, algún personaje ampliamente conocido como Fidel Castro, pero Luce decide escribir basándose en Frantz Fanon, un revolucionario africano que abogaba por la violencia como una herramienta necesaria en la lucha contra el colonialismo. La elección preocupa a Wilson, quien no había nombrado a Fanon en ninguna de sus clases, y sumado al propio origen del protagonista, quien pasó su infancia en una zona asediada por la guerra, decide informarle esto a sus padres adoptivos, Amy y Peter Edgar (Naomi Watts y Tim Roth). La noticia incomoda a los padres, quienes no logran ponerse de acuerdo sobre cómo abordar la situación con Luce, algo que se complica mucho más con el surgimiento de otras sospechas sobre él.

Basada en la obra de teatro homónima de J. C. Lee, la adaptación fue escrita por el propio Lee con la ayuda de Julius Onah, quien se encargó de la dirección. El guion de la cinta es algo torpe para instalar la premisa del relato y transmitir la información básica de su protagonista, recurriendo de vez en cuando a unos diálogos expositivos que se sienten demasiado forzados, lo que se nota sobre todo con la primera conversación a solas que tienen los personajes de Spencer y de Watts. Es ahí cuando descubrimos que Luce proviene de un país llamado Eritrea, ubicado en el noroeste de África, y que su experiencia en aquel lugar llevó a sus padres adoptivos a buscar ayuda profesional para que pudiese lidiar con posibles traumas y adaptarse a su nuevo entorno. Esos datos, que son importantes para entender al personaje, son deletreados de una forma tan obvia que nos hace temer por cómo la obra va a desarrollar esos y otros temas en las escenas posteriores.

La buena noticia es que el guion no cae muy seguido en ese tipo de errores, predominando en cambio un tratamiento más sutil y ambiguo de la historia durante la mayoría del metraje. Aunque se va instalando una tensión propia de los thrillers, la trama no gira en torno a cuestiones demasiado explícitas, sino que está cubierta por un velo que va desdibujando los contornos de las cosas y de la posible culpabilidad de sus personajes. Las situaciones narradas ocurren dentro de un contexto bastante cotidiano, ya sea en suburbios o en el colegio, mientras que sus elementos más turbios se asoman desde los rincones, sin que podamos verlos con completa claridad. Hay mucho de sospechas y conjeturas en esta historia, siendo la posibilidad de algo negativo, y no tanto la certeza en sí, lo que nos va incomodando como espectadores.

Esa manera de ir desenvolviendo el relato concuerda con algunos de los temas explorados por la película. Debido a su origen y a la familia que lo adoptó, Luce está sujeto a varias expectativas por parte del resto, quienes ven en él un ejemplo a seguir. La excelencia que ha logrado dentro del colegio adquiere una significación adicional debido a su calidad de inmigrante, sobre todo uno que estuvo expuesto a vivencias tan crudas, lo que puede ser agobiante para alguien que quiere ser visto como algo más que un simple ideal. Las apariencias, los prejuicios, la presión social, las manipulaciones y la capacidad para construir nuestro propio camino, le van otorgando una dimensión muy interesante al relato, y sirven como base para el conflicto que se produce entre el protagonista y su profesora.

Fiel a la opacidad que atraviesa a la cinta, la manera en que Lee y Onah caracterizan a los personajes escapa de ciertas reglas a las que nos tienen habituadas las películas. Lo sencillo habría sido convertir a Luce o a Wilson en el villano, pero si bien existe un claro antagonismo entre ambos, los dos evitan encasillarse dentro de categorías morales tan restringidas. Su conflicto se desarrolla a través de comentarios pasivo agresivos, indirectas y amenazas veladas, cuidando de no transgredir las convenciones sociales o normas de comportamiento que rigen el contexto en el que se encuentran. Es como ver Election (1999) de Alexander Payne, pero pasada por el filtro de We Need to Talk About Kevin (2011) de Lynne Ramsay y The Killing of a Sacred Deer (2017) de Yorgos Lanthimos, ya que bajo la superficie se esconde una constante amenaza. Se nota también la influencia de Michael Haneke en la obra, algo que Onah parece referenciar con la elección de Roth y Watts como los padres de Luce, ya que anteriormente interpretaron a un matrimonio en Funny Games (2007), el remake que el director austriaco hizo de su propia cinta.

En el mismo año que se estrenó Luce, el actor Kelvin Harrison Jr. también protagonizó Waves (2019) de Trey Edward Shults, una película con la que existen ciertas similitudes. Ambos personajes son adolescentes que ocupan lugares destacados dentro de sus colegios, pero ese éxito está acompañado de una pesada carga externa que incide sobre sus respectivas identidades. A partir de bases parecidas, estas obras construyen unos resultados dotados de una personalidad propia, estando por un lado la estimulante experiencia sensorial de Shults y por otra el ejercicio más sobrio de Onah. Los dos enfoques son igual de válidos y tienen sus respectivas virtudes, y si bien prefiero más lo que hace Waves, los riesgos narrativos que toma Luce son muy admirables.

La cinta prescinde de las soluciones inequívocas, de los desenlaces que atan todos los cabos sueltos, y aprovecha la inquietud que provoca la incertidumbre para crear un efecto bastante particular. Incluso sin entender todas las motivaciones e implicancias de lo que ocurrió, la obra sigue rondando nuestras cabezas de manera insistente después de que termina. En una película donde las cosas pueden o no pueden ser, donde los encubrimientos esconden la realidad, las mismas palabras son capaces de transmitir significados muy distintos según las circunstancias en las que son dichas. Así, un discurso que es ensayado en un auditorio vacío puede reflejar la impotencia de alguien que se siente defraudado por una promesa incumplida, mientras que cuando es presentado ante una multitud adquiere un aire de gratitud y esperanza, sentimientos que en realidad esconden una situación más dolorosa.

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