Cats (2019)

Cats-posterEsta película dirigida por Tom Hooper no es la primera vez que el musical de Andrew Lloyd Webber trata de ser llevado al cine. Además de una presentación teatral que fue filmada y estrenada en 1998 en el mercado casero, durante esa misma década Steven Spielberg tuvo planes para hacer una película a través de su estudio de animación Amblimation, pero diversos obstáculos -incluido el propio cierre del estudio- impidieron que concretara su proyecto. Ahora, con su compañía Amblin Entertainment, pudo ser parte de una adaptación cinematográfica de la obra, la que en términos técnicos ocupa un lugar intermedio entre su idea de animar a los personajes y el maquillaje y disfraces de la versión original.

Puede llamar la atención que una producción tan exitosa haya demorado casi cuatro décadas en tener una versión cinematográfica, pero las dificultades surgen de la naturaleza misma de la obra. El musical de Webber está basado en un libro de poemas escrito por T.S. Elliot, los que fueron inspirados por las características de los gatos y dirigidos a un público infantil. En vez de añadir una trama que sirva como estructura para su obra, Webber fue fiel al espíritu del libro y planeó su adaptación como una colección de números musicales en los que sus personajes se presentan a través de canciones, teniendo solo un leve hilo argumental que atraviesa el relato. Es esa estructura poco convencional la que se convirtió en uno de los principales obstáculos para llevar al musical al cine, algo que Spielberg trató de solucionar, pero la estrategia de Hooper fue diferente ya que prefirió mantener la flexibilidad original, reforzando solo ligeramente la dirección narrativa del musical.

Para eso, Hooper y su coguionista Lee Gall le dieron mayor protagonismo a un personaje menor, Victoria (Francesca Hayward), que en el musical solo era una gata que bailaba ballet. En la película vemos cómo la protagonista es abandonada en la calle y a partir de ahí conoce al resto de los personajes, algo que les permite a los espectadores conocer este extraño mundo a través de sus ojos. Durante el resto del metraje conoce a gatos como Mr. Mistoffelees (Laurie Davidson), un mago; Rum Tum Tugger (Jason Derulo), un seductor que adora las fiestas; Bustopher Jones (James Corden), un glotón; Jennyanydots (Rebel Wilson), una gata perezosa y torpe; Gus (Ian McKellen), que rememora su pasado en el teatro; Mungojerrie y Rumpleteazer (Danny Collins y Naoimh Morgan), dos hermanos a quienes les encanta registrar casas; y Grizabella (Jennifer Hudson), una desdichada gata que es excluida del resto del grupo.

Todos ellos se reunirán esa noche de luna llena para una ceremonia especial. Una vieja gata llamada Deuteronomy (Judi Dench) los visita una vez al año para seleccionar a alguno de los gatos, quien recibirá la recompensa de ir a un estado celestial superior, donde podrá acceder a una nueva vida. La selección se basa en las presentaciones musicales que hagan, por medio de las cuales deben expresar su verdadero espíritu. Esta vez, no obstante, la ceremonia corre el riesgo de ser saboteada por el malvado Macavity (Idris Elba), cuyas trampas van eliminando al resto de su competencia con el objetivo de dejarlo como el único gato que pueda ser escogido por Deuteronomy.

Como la trama de la obra es algo vaga, y con tal de no hacer que la película resulte tediosa, la ambientación del relato, la construcción del mundo en el que transcurre la cinta, se convierte en algo de gran importancia. Sin embargo, lo que debía ser una experiencia cautivante, que transportara a la audiencia a un estado de asombro, no es capaz de despegar del todo, cuestión que termina por afectarla de manera grave. Es difícil sumergirse en la atmósfera que una película trata de plasmar si estamos cuestionando constantemente las decisiones artísticas de sus realizadores, y si bien en el cine es necesario que los espectadores pongan de su parte con la suspensión de la incredulidad, casos como este sobrepasan los límites razonables e impiden que nos dejemos conquistar por su propuesta.

Algo tan básico como el diseño de los personajes surge como uno de los puntos más discutibles de la obra, debido a la forma en que las herramientas digitales son utilizadas para “maquillar” a los actores. Hay algo extraño en cómo se mezclan los rasgos humanos de las caras con el pelaje digital que cubre sus cuerpos, creando humanos con rasgos felinos en vez de gatos antropomórficos. La decisión coincide con la estrategia del musical original, pero incluso en ese caso el maquillaje y los elementos prostéticos se complementaban mejor con los intérpretes. La estética de la versión teatral tiene un aire más tangible, ocupando el límite entre realidad y ficción, pero esa barrera se desdibuja con los efectos especiales de la cinta, cayendo en el denominado “valle inquietante”. Además, la posibilidad de que la audiencia se olvide de los seres humanos que dan vida a los personajes se esfuma debido a lo famosos que son los miembros del elenco y a que sus caras permanecen casi inalteradas, como un constante recordatorio de su presencia.

En vez de crear algo asimilable a la explosión de color y brillo que Baz Luhrmann logró en Moulin Rouge! (2001), una cinta que existía dentro de un universo estilizado y estrafalario, que funcionaba con sus propias reglas, Hooper entrega algo que carece de atractivo, de chispa. En Cats vemos colorido y cuestiones fuera de lo común, pero no con el manejo que caracteriza a esa otra obra. El director ya había adaptado otro musical complejo en Les Misérables (2012), que, junto con la dificultad de tener canciones en vez de diálogos convencionales, presentaba algunas decisiones cinematográficas poco acertadas. En esta ocasión los pasos en falso son más notorios, debido a lo extravagante de las situaciones, lo que da paso a escenas como la que protagoniza el personaje de Rebel Wilson, en la que baila con unos inquietantes ratones y cucarachas.

Cuando una adaptación no es del todo satisfactoria, surgen algunos comentarios acerca de cómo sus defectos no deben eclipsar la buena calidad del material original. Pero la verdad es que, siendo sinceros, la obra de Webber no es un muy buen musical. De todas sus canciones, solo un puñado de ellas resultan genuinamente pegadizas, como “The Rum Tum Tugger”, “Skimbleshanks: The Railway Cat” y “Mr. Mistoffelees”. El resto de los números musicales son a lo más correctos, y varios de ellos parecen algo anticuados ya que son un fiel reflejo de las mañas de la música ochentera, con sus excesos y su espíritu kitsch. Ni siquiera la melodía principal de Cats, que es lo primero que escuchamos, resulta clara en lo que quiere lograr, ya que sus sonidos se asemejan más a una película de terror que a una fantasía.

De todas las canciones, “Memory” ha trascendido los márgenes de la obra de teatro y se instaló en el inconsciente colectivo durante décadas, por lo que obviamente ocupa un rol central en esta película. Jennifer Hudson la interpreta con gran emoción, cargándola de un peso sentimental que parece querer emular lo que Anne Hathaway hizo en Les Misérables, aunque el espíritu melodramático termina siendo excesivo. Más acertada es la escena que protagoniza Ian McKellen, quien sin necesidad de caer en la sobreabundancia transmite la melancolía de su personaje con la delicadeza de un actor de su talla. Actuaciones como esas, donde se nota que los intérpretes lo están dando todo de sí, se sienten como un esfuerzo que la cinta no merece, ya que pertenecen a mejores películas. Hooper no aprovecha del todo los buenos elementos que están a su alcance, como las coreografías, que son filmadas con demasiados cortes, sin que la cámara las pueda mostrar en todo su esplendor.

A diferencia de tantas películas fallidas que se estrenan cada año, Cats tiene la particularidad de ser un traspié mayúsculo, hasta fascinante. Su presupuesto de $100 millones de dólares, el shock que produjo su primer tráiler, la baja recaudación en taquilla, los efectos especiales incompletos que obligaron al estudio a enviar versiones corregidas a los cines, los memes, la confusión que genera en los espectadores, todos esos aspectos sirven para crear algo que no se ve muy seguido en producciones de este nivel. Para dimensionar el desastre que significó esta cinta, antes de su estreno ya había iniciado una campaña para ser nominada en la temporada de premios, algo que parecía casi seguro ya que los últimos tres trabajos de Tom Hooper fueron bien recibidos en aquellas instancias, llegando incluso a ganar un Óscar como mejor director por The King’s Speech (2010).

Ninguna de esas prestigiosas expectativas se cumplieron, porque en lugar de ser una experiencia mágica se transformó en motivo de burla, uno que probablemente va a ser recordado por varios años. Aunque puede sonar algo cruel, incluso este resultado tiene sus ventajas, porque no es lo mismo ser una película regular y olvidable que una película mala y célebre. De hecho, la obra es capaz de descolocarnos tanto que hasta en sus equivocaciones se puede volver algo entretenido, siendo de las obras de Hooper la que más me ha llamado la atención. A veces, la torpeza desastrosa puede ser más interesante que el ansia de una falsa reputación artística.

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