Skin (2018)

Skin-posterUna de las imágenes más memorables de la película American History X (1998) es la enorme esvástica que el protagonista tiene tatuada en el pecho, algo que existía primero como un intenso símbolo de su compromiso ideológico y luego como un constante recordatorio de su oscuro pasado. Aunque las cabezas rapadas de los neonazis pueden volver a tener pelo, los tatuajes constituyen una marca más permanente de su pensamiento, y en el caso de aquel personaje lo que alguna vez fue motivo de orgullo después se convirtió en un secreto que debía ocultar. Si ya era difícil para él esconder ese vestigio de su pasado, lo es aún más para el protagonista de la cinta Skin, quien llevó la situación a tal nivel que esos símbolos son una parte inseparable de su apariencia.

Da lo mismo la forma en que se vista, los tatuajes de Bryon Widner (Jamie Bell) -que llegan incluso a cubrir su rostro- se encargan de dejar en claro los círculos que frecuenta. Los símbolos que lleva sobre su piel no solo representan su vinculación con la supremacía blanca, sino que implican también un distanciamiento del resto de la sociedad, un acto de provocación dirigido a las demás personas. A Bryon parece bastarle con el grupo al que pertenece, donde fue acogido por el matrimonio de Fred y Shareen Krager (Bill Camp y Vera Farmiga), quienes se convirtieron en sus figuras paternas. Sin embargo, llega un punto en que el protagonista se cansa del ambiente violento en el que se encuentra, algo que se gatilla entre otras cosas tras conocer a una madre soltera llamada Julie (Danielle Macdonald), con quien descubre que es posible aspirar a otros estilos de vida. Lo difícil será tratar de dejar atrás su antiguo mundo, ya que al igual que sus tatuajes no es algo que simplemente se abandone.

Basada en hechos reales, esta cinta escrita y dirigida por Guy Nattiv surge como una pieza oportuna para lo que ha vivido Estados Unidos durante los últimos años, con el resurgimiento de sectores racistas y violentos dentro de su panorama político. Una de las primeras escenas de Skin está ambientada en 2009, pero las imágenes que muestra, de una marcha neonazi donde los protestantes empuñan antorchas, hace recordar lo ocurrido en Charlottesville, Virginia, en 2017. La importancia de la obra, no obstante, no garantiza que el desarrollo de las ideas esté necesariamente a la altura, dado que si bien existen algunos elementos que tenían potencial, la película no los aprovecha del todo.

El mismo año en que estrenó esta obra, Nattiv presentó un cortometraje de mismo título, con el que comparte la ambientación que gira en torno a supremacistas blancos y donde incluso se repiten algunos actores. Las historias son distintas, ya que en vez de adaptar hechos reales en esa otra cinta se narran algunas situaciones más estrafalarias, pero en ambas los tatuajes tienen un rol fundamental. Y aunque los dos trabajos representan diferentes enfoques, en ninguno de ellos se logra un desarrollo satisfactorio de cada perspectiva. Mientras el corto emplea una cuestionable metáfora para entregar un mensaje de manera forzada -algo que no impidió que ganara un Óscar el año pasado-, el largometraje opta por un estilo más convencional, el que a la larga termina sintiéndose algo monótono.

Sin el carisma que Edward Norton demostraba en American History X ni la cólera desquiciada que Russell Crowe ocupó en Romper Stomper (1992), hay pocas cosas que destacar de Bryon además de sus tatuajes. Jamie Bell lo interpreta con los rasgos que uno espera de este tipo de personajes, pero sin alcanzar una chispa que lo haga trascender fuera de los márgenes de esta cinta. El guion tampoco lo ayuda demasiado, ya que el arco del protagonista surge más como un requisito del relato que como una progresión natural de su viaje personal. La película apresura su interés por Julie y su deseo de redención de tal manera que parecen faltar algunas escenas entre medio para comprender esos avances en la trama.

Tampoco vemos las suficientes señas del pensamiento de Bryon antes de su cambio de mentalidad, es decir, algo que nos permita dimensionar mejor la extensión de su evolución. Desde el inicio de la cinta lo vemos conflictuado con el mundo al que pertenece, lo que debilita un poco su transformación al no tener un punto de referencia a partir del cual comparar su viaje personal, así como las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. Esta falta de precisión se extiende también al personaje de Julie, cuyo padre fue miembro del Ku Klux Klan y también se alejó de ese entorno. Debido a esto, se instalan algunas dudas acerca de qué los llevó a escoger una nueva vida, ya sea un reconocimiento de los horrores ideológicos que alguna vez defendieron o simplemente un deseo de preservación personal, de alejarse de un entorno que puede ser peligroso para ellos y para sus seres queridos.

Uno de los aspectos más meritorios de la obra es cómo asimila el grupo de supremacistas blancos al que pertenece Bryon con una secta. Por un lado, está la dependencia afectiva y material que se produce entre sus miembros y sus líderes, quienes acogen a jóvenes vulnerables para darles techo y comida a cambio de adoctrinamiento político. Esto explica las principales dificultades que tiene el protagonista para abandonar ese entorno, ya que todo lo que conoce, incluso su fuente de ingresos, fue proporcionado por ellos. Iniciar una nueva vida implica partir desde cero. Y, por otro lado, está el compromiso que los discípulos terminan asumiendo por esa ideología, algo que los lleva a ver el mundo de una manera muy distinta al resto de la sociedad. Lamentablemente este último elemento no es desarrollado con la profundidad necesaria, sobre todo por lo rápido que surge el cuestionamiento del protagonista, y termina solo en una dimensión más superficial, reflejada en los tatuajes de Bryon, que son un recordatorio del compromiso que tuvo por el grupo.

Para la película, el proceso de remoción de los tatuajes de Bryon es un componente fundamental del relato, apareciendo a lo largo del metraje con escenas que nos van adelantando lo que ocurrirá con el protagonista. Esas imágenes, que pueden tener una buena capacidad simbólica, no están acompañadas del mismo interés por sumergirnos en el pensamiento de ese personaje, lo que termina reforzando la superficialidad de la cinta. Son pocos los instantes en que la obra escapa de su enfoque liviano y explora cosas más interesantes, como ocurre con el personaje de Shareen, que ocupa una máscara de inocencia para esconder su lado manipulador.

Las películas son mucho más que los temas que tratan y que la importancia de sus historias. Una cinta “relevante”, “oportuna” o “valiosa” no es más que un conjunto de buenas intenciones si no cuida la forma en que desarrolla esos elementos. Cuando estamos ante un caso como Skin, el efecto es que los puntos bajos del relato llegan a afectar el interés que podemos sentir por lo que la obra intenta decirnos.

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