Honey Boy (2019)

Honey_Boy-posterCuando escribí sobre la película The Way Back (2020) mencioné cómo el cine puede servir para que sus actores y realizadores aborden algunos de sus problemas de la vida real a través de la ficción, logrando una especie de catarsis gracias a su trabajo. Si eso se notaba en el caso de Ben Affleck y su alcoholismo, resulta aún más claro para Shia LaBeouf, quien enfrenta algunos de los traumas de su niñez en la cinta Honey Boy. El actor no solo escribió el guion de la obra, que fue dirigida por Alma Har’el, sino que también ocupó un rol frente a la cámara, interpretando a su padre, el principal responsable del trato abusivo que experimentó durante esos años. Lo que hace, por lo tanto, va más allá de encarar a sus demonios, ya que incluso se pone en los zapatos de estos.

Durante los últimos años, la carrera de LaBeouf estuvo marcada más por lo que ocurría fuera de la pantalla, debido a conductas erráticas y a llamativas performances artísticas. Pensar en el actor es pensar también en la vez que llegó a la alfombra roja del Festival de Berlín con una bolsa de papel sobre su cabeza (con la frase “I am not famous anymore”); en la vez que estuvo inmóvil en una galería de arte, ocupando la famosa bolsa de papel, mientras los visitantes se podían sentar a solas frente a él; y en la vez que vio todas sus películas en un cine, por orden cronológico, filmando además sus propias reacciones a esa experiencia. Estos episodios públicos generaban algunas dudas acerca de la película que escribió, ya que no permitían saber si este nuevo proyecto sería una tomadura de pelo más, como Joaquin Phoenix y su documental falso I’m Still Here (2010).

La película, sin embargo, parece ser bastante fiel a la vida de LaBeouf, aunque se toma algunas necesarias libertades narrativas y cambia los nombres de los personajes para no tener inconvenientes. Su historia transcurre en dos épocas distintas, alternando entre los años 1995 y 2005. Primero vemos al protagonista, Otis Lort (Lucas Hedges), cuando ya es un actor famoso, trabajando en una película de acción. Su alcoholismo lo lleva a sufrir un accidente automovilístico y a ser arrestado, siendo internado en un centro de rehabilitación por orden del tribunal, lugar donde debe permanecer a menos de que quiera ir a la cárcel. Allí, una de las actividades que debe hacer es examinar su infancia, cuando era un actor infantil (Noah Jupe) que daba sus primeros pasos profesionales bajo el cuidado de su padre James (Shia LaBeouf), un hombre divorciado, que lleva un par de años sobrio pero que habitualmente estalla en arranques de ira.

Si bien sus primeros trabajos le permiten ir adquiriendo una mayor fama, su estilo de vida sigue sujeto a la precariedad material que tenía antes de ser actor. El niño debe vivir junto a su padre en un motel de mala muerte, sin la estabilidad ni las comodidades necesarias para alguien de su edad. A eso se suma la presión de ser el principal sustento económico de la familia, personificando la esperanza de que podrán salir de esa situación, algo que conflictúa también a James, un antiguo payaso de rodeo que ve cómo su hijo está logrando lo que él nunca pudo alcanzar.

LaBeouf escribió el guion bajo unas circunstancias no muy diferentes a las mostradas en la cinta, mientras estaba en un centro de rehabilitación y como una manera de explorar los recuerdos que tenía con su padre, de quien estaba distanciado hace varios años. Lo que podría haber sido una obra cercana a la simple autoayuda, a un ejercicio terapéutico que no necesariamente iba a ser interesante en términos narrativos, funciona mucho mejor de lo que uno podía temer. No estamos ante un proyecto de egocentrismo ni de autocompasión, sino que frente a algo más profundo. Uno de los méritos de la película es la honestidad con la que el actor aborda la historia, reconociendo la complejidad de las emociones y los hechos involucrados, sin caer en una distinción simplista entre buenos y malos.

Salvo el personaje de una prostituta que representa tanto la oportunidad de un despertar sexual como un símbolo materno para el protagonista, cuya caracterización tiende hacia el cliché, el guion de LaBeouf trata de no irse por el camino fácil. La película no esconde el maltrato que sufrió el actor de manos de su padre, el que va desde situaciones de abandono hasta hechos de violencia psicológica y física, pero incluso con esos antecedentes se nota un interés por ir más allá de la demonización. Una parte importante del metraje está dedicado a mostrar al padre de Otis como persona, ya sea acudiendo a reuniones de exveteranos de guerra o expresando la frustración que siente por no haber triunfado como su hijo.

Es común que los dramas inspirados en hechos reales tengan una estética naturalista, con cámara en mano y una iluminación que pase desapercibida, pero la directora Alma Har’el le da a Honey Boy algunos momentos de mayor expresividad. Aunque obra sigue arraigada en el mundo real, gracias a elementos como el montaje de Dominic LaPerriere y Monica Salazar, quienes deben saltar entre pasado y presente de manera fluida, y la fotografía de Natasha Braier, que le da un aire medio onírico a ciertas escenas, la cinta es capaz de transformar las situaciones narradas en la obra y potenciarlas con el uso del lenguaje cinematográfico. Eso le da una mayor autoridad a la película, una sensación de que no se trata de algo desechable, de algo hecho a la rápida o de manera improvisada, sino que de un trabajo bien pensado y serio.

El acierto de la película depende también de sus actuaciones, sobre todo las de Hedges y Jupe, que tenían el desafío de encontrar la identidad del personaje que comparten, para que exista una continuidad entre sus interpretaciones a pesar de los años que separan ambas épocas. La labor de LaBeouf tampoco debe ser subestimada, ya que pese a lo difícil que puede ser acostumbrarnos a la apariencia de su personaje, su esfuerzo le termina entregando una importante cuota de humanidad a James. La química que existe entre él y Jupe se nota sobre todo en una escena donde el personaje de LaBeouf pelea con su exesposa por teléfono, teniendo a Otis como intermediario de sus palabras, un momento en el que hasta la puesta en escena contribuye a crear algo desgarrador.

Ver Honey Boy conociendo de forma previa algunos aspectos de la vida de LaBeouf sirve para complementar ciertos elementos del relato, pero surge también la pregunta de qué tan efectiva será la película para alguien que llegue a ella a ciegas. Es difícil situarse en un escenario hipotético como ese, porque nuestra experiencia nunca nos abandona por completo, pero creo que la vida que los actores le entregan a los personajes y la fuerza de las emociones que explora la cinta tienen el poder suficiente para trascender ese tipo de barreras.

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