Capone (2020)

Capone-posterEn menos de diez años y con solo tres largometrajes, la carrera de Josh Trank ha tenido una trayectoria más agitada que la de muchos otros directores a lo largo de toda su experiencia profesional. Con Chronicle (2012), su largometraje debut, tuvo un éxito repentino que le abrió las puertas a múltiples ofertas, incluida la posibilidad de trabajar con estudios grandes en proyectos de enorme presupuesto. Fue así como se convirtió en el director de Fantastic Four (2015), una megaproducción que estuvo llena de inconvenientes durante su realización, con reportes acerca del comportamiento errático del joven cineasta, disputas creativas y refilmaciones, lo que provocó una respuesta negativa de parte de la crítica y un desastroso resultado en la taquilla.

Los problemas en torno a esa obra la convirtieron en un fracaso difícil de olvidar, mientras el nombre de Trank se manchaba dentro de la industria y detenía lo que parecía un futuro prometedor. Pero pese a este obstáculo aparentemente insuperable, el director logró estrenar hace poco una nueva película, Capone, que podría ser su intento de recuperar la reputación perdida. Si el paso de Chronicle a Fantastic Four surgía como algo natural, ya que en ambas historias se muestra a un grupo de personajes que adquiere superpoderes y deben lidiar con esas habilidades, pueden surgir algunas interrogantes acerca de la razón que lo llevó al mundo de los gangsters. A simple vista, el cambio es algo abrupto, aunque mirando la experiencia del propio cineasta se nota la conexión entre su vivencia y el relato de un hombre atrapado consigo mismo, quien alguna vez tuvo una época gloriosa pero ahora vive agobiado por los fantasmas de su pasado.

El Al Capone (Tom Hardy) que vemos en la cinta no se encuentra en la cima de su actividad delictual, aquel que reinaba en el mundo del crimen de Chicago. La película está ambientada años después de su condena por evasión de impuestos, cuando su estadía en la cárcel de Alcatraz se vio interrumpida por el deterioro físico y psicológico que le provocó su neurosífilis. Instalado en su mansión de Palm Island, en Miami Beach, el protagonista es vigilado constantemente por el FBI, cuyos agentes no solo están pendientes de que no vuelva a delinquir, sino que tratan de descubrir si el criminal escondió la fortuna que obtuvo de manera ilegal. Capone dice haber escondido 10 millones de dólares, pero su memoria se encuentra dañada por las secuelas mentales de su enfermedad, debiendo ser cuidado por su esposa Mae (Linda Cardellini). Dentro de este ambiente, ni siquiera su nombre más famoso es utilizado por el resto de los personajes, siendo llamado en cambio por el apodo más familiar de “Fonzo”.

Durante esta era, el personaje es solo una sombra de lo que solía representar, aquejado de problemas económicos y rodeado de algunas personas que están solo interesadas en algún tipo de beneficio monetario. Su mente ya no distingue lo real de lo ficticio, y sus propios crímenes parecen algo ajeno, como si hubiesen sido cometidos por alguien más. Durante los primeros minutos del metraje, Trank muestra algunas imágenes de las estatuas que rodean la mansión de Capone, asociadas a las raíces italianas del protagonista, las que representan a emperadores y dioses romanos. La suntuosidad de esas obras, sin embargo, no llega a tapar el aire sombrío de aquel lugar, siendo en cambio un recordatorio nostálgico de un tiempo que ya no existe.

La figura de los gangsters como una parte importante de la cultura estadounidense, llegando incluso a transformarse en estrellas dentro de esa sociedad, le debe bastante al cine, la televisión y la radio. Si la serie Los Soprano se encargó de mostrar un lado menos idealizado de ese tipo de personajes, al desmitificar algunos de sus elementos, la película Capone va más allá en su afán por mostrar la vulnerabilidad de uno de los delincuentes más famosos del siglo XX. Trank no tiene miedo de representar los aspectos incómodos de la enfermedad de su protagonista, especialmente una incontinencia intestinal y urinaria que lo obliga a usar pañales. Por cuestiones como esa, la obra cruza la línea de los denominados relatos crepusculares, que exploran el tema de la decadencia, atreviéndose a ver directamente las consecuencias de ese declive personal, con el riesgo de ser demasiado excesiva.

Si en Fantastic Four estuvo sujeto a la voluntad de un estudio grande, lo que limitó la visión que tenía para esa obra, con esta nueva película Trank recuperó ese control que deseaba, desempeñando además de las labores de director y guionista la de editor. Ocupando la confusión de Capone para distinguir entre realidad y ficción, la cinta no queda limitada por los márgenes del realismo, ya que es capaz de entregar algunos toques más expresivos, con secuencias que a veces hacen recordar a The Shining (1980) de Stanley Kubrick. De vez en cuando, la voz del cineasta se acerca a lo extravagante, sobre todo por los tonos que ocupa en ciertas escenas, aunque no siempre queda claro si la sorpresa y hasta risa que llegan a provocar es algo que él buscaba.

El particular enfoque que ocupa en esta obra encuentra un claro aliado en Tom Hardy, actor que en vez de sentirse intimidado por los elementos poco comunes del guion se compromete de lleno con la película. Desde la voz rasposa que le da al personaje hasta la intensidad de sus gestos, se nota en la labor del intérprete el esfuerzo que ocupó en cada una de sus tomas, pero la sensación impide despejar la imagen de que estamos ante una actuación, no ante alguien de carne y hueso, algo que tampoco se ve beneficiado por el tipo de maquillaje que debe ocupar. Sus gruñidos y gritos le dan al protagonista un aspecto algo bruto, animalesco, un efecto que acentúa el tono exagerado de la película, sin alcanzar esa huella de verosimilitud que Timothy Spall, por ejemplo, logró en Mr. Turner (2014) como otro individuo de comportamiento tosco y áspero.

A lo largo del metraje van apareciendo algunas ideas que Trank va planteando y que debidamente desarrolladas podrían haber elevado a la obra, pero solo se quedan como oportunidades desaprovechadas. Una de ellas tiene relación con el mismo título de la película, que originalmente iba a ser Fonzo, pero que por razones comerciales fue cambiado al más llamativo de Capone. En una escena vemos que Mae le recuerda a uno de los personajes que dentro de esa casa está vetado el nombre por el cual se hizo conocido su marido, un momento que insinúa por un lado el conflicto entre la faceta pública e íntima del protagonista, así como la manera en que su familia se sentía frente a eso. Sin embargo, se trata de una cuestión que recibe solo una mención breve al final de la cinta, cuando aparecen esos textos que explican lo que ocurrió después de que termina la historia, donde se lee que tras el fallecimiento de Capone sus familiares debieron cambiarse el apellido debido al estigma que tenía.

Tampoco se ve mucho interés por explorar lo que el protagonista siente ante los crímenes de los cuales fue responsable, ya que la psiquis del personaje se encuentra atrofiada por las secuelas de su enfermedad, quedando impedido incluso de recordar algunas de las cosas que hizo.  No hay, por lo tanto, un viaje personal como el que Martin Scorsese narró en The Irishman (2019), donde el paso del tiempo se transformaba en el principal enemigo de su personaje principal, quien se veía obligado a encarar sus pecados. Trank se muestra más interesado por atormentar a Capone con las imágenes de su pasado, pero solo como un susto visceral, no para que realice un ejercicio más profundo a partir de lo que hizo.

El control que el director anhelaba tener en su anterior largometraje regresa con esta película, pero ese logro no sirva de mucho cuando la visión que pretende plasmar en la obra es tan irregular. El deseo por crear algo distinto, sumado al entusiasmo de Hardy por interpretar a Capone, no se traduce en un resultado del todo satisfactorio, debido a un confuso manejo de los tonos del relato y a un poco acertado desarrollo del potencial que tenía la cinta. La película plantea una intrigante visión acerca de un hombre que se transformó en una imagen deforme de lo que alguna vez fue, sumergiéndose en el patetismo de sus últimos años, pero no le saca todo el partido que merece una premisa como esa.

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