Les Misérables (2019)

Les_Misérables-posterAprovechando el entusiasmo que existía en Francia con el Mundial de Fútbol de 2018 y las probabilidades que su selección tenía de ganar, el director Ladj Ly decidió ocupar imágenes extraídas de la realidad misma para su largometraje Les Misérables (Los miserables). Junto a una cámara y un puñado de sus jóvenes actores, registró lo que ocurría en las calles de París con los festejos de la gente, en medio de banderas tricolores y gritos. Estos momentos, que son utilizados al comienzo de la película a modo de prólogo, no son una mera demostración de oportunismo, de usufructuar del tiempo y lugar indicados, sino que conectan de manera inteligente con los temas que explora la cinta. Presentan un contraste que se irá haciendo más evidente a medida que la obra avanza, una doble dimensión que le da un nuevo aire a esos minutos de alegría.

Dentro del equipo que obtuvo la copa del mundo en esa ocasión destacaron jugadores como Kylian Mbappé, Samuel Umtiti, Blaise Matuidi y N’Golo Kanté, todos de raíces africanas. Se trata de un reflejo de la nueva Francia, cuya demografía se ha visto influida por la inmigración, sobre todo la proveniente de África, convirtiéndose en una nación multicultural. Pero mientras los logros deportivos le dieron al país una sensación de unidad, un sentimiento de orgullo del que todos podían participar, fue solo algo pasajero y superficial. Bajo las celebraciones subsisten las divisiones de una sociedad en constante tensión, donde los sectores más perjudicados son precisamente los de mayor presencia de inmigrantes, quienes además de las carencias materiales deben aguantar el trato hostil de las autoridades.

La película no transcurre en los mismos lugares que vemos durante el prólogo, los que se encuentran en la zona más turística de París, como la avenida de los Campos Elíseos. Los jóvenes que vemos al comienzo de la cinta viven en el distrito de Montfermeil, aquel que aparece en algunos pasajes de la famosa novela de Víctor Hugo que le da el título a esta cinta. El guion de la obra, escrito por Ladj Ly, Giordano Gederlini y Alexis Manenti, no es una adaptación moderna de ese libro, pero existe una especie de continuidad en algunos temas que exploran, como la marginalidad, el abuso de poder y la rebelión. Aunque han pasado casi un par de siglos entre ambas épocas, hay ciertos problemas que permanecen en el tiempo.

Nuestro principal punto de vista a lo largo del metraje coincide con el de Stéphane Ruiz (Damien Bonnard), un policía que acaba de ser transferido a la ciudad para formar parte de una brigada contra el crimen. En su primer día debe acompañar a dos agentes, Chris (Alexis Manenti) y Gwada (Djebril Zonga), en sus labores de patrullaje dentro de Montfermeil, siendo testigo de los atropellos e irregularidades con la que actúan sus compañeros, algo habitual dentro de ese barrio. En medio de las tareas rutinarias que deben hacer, la jornada de Ruiz y sus colegas se vuelve más complicada cuando ocurre el robo de un cachorro de león, ya que los dueños amenazan con recurrir a acciones más violentas en caso de que no aparezca. La investigación desencadena un hecho grave, que puede terminar con la carrera de los policías, empeorando además la animosidad que los residentes del barrio tienen hacia ellos.

Gran parte del atractivo de Les Misérables depende de la forma en que retrata el entorno donde transcurre la historia. La obra construye una llamativa ambientación, dotada de una particular jerarquía social, grupos diferenciables y costumbres propias. Ly, que también pertenece a una familia de inmigrantes, creció en las mismas calles que registra en esta cinta, así que le otorga al relato un buen nivel de detalles e idiosincrasia, para que el resultado se sienta verídico. A esto también contribuye la decisión de ocupar un gran número de intérpretes sin mayor experiencia profesional, quienes se mezclan con los actores más versados para crear un efecto coherente, bien logrado.

Si bien seguimos a Ruiz la mayor parte del tiempo, la cámara nos muestra de vez en cuando lo que ocurre con otros personajes, reforzando así el carácter colectivo de la película. Vemos, por ejemplo, al Alcalde (Steve Tientcheu), el líder de facto del barrio, quien se encarga de mantener el orden y solucionar los conflictos, y a Salah (Almamy Kanoute), un exconvicto con un supuesto pasado yihadista que inspira respeto dentro de los vecinos. Ninguno de los personajes existe en el vacío, aislado de los demás, sino que todos participan de una estructura donde las interacciones, las negociaciones y las alianzas van determinando lo que ocurre con ellos. Esa importancia del conjunto permite asimilarla a una serie como The Wire, que fue capaz de representar en la pantalla un verdadero microcosmos social. La obra de Ly no cuenta con el tiempo suficiente para una caracterización tan multidimensional como la que logró David Simon en su serie, pero de todas maneras su trabajo no debe ser menospreciado.

El relato se desenvuelve con algunas fórmulas conocidas, como la del policía en su primer día de trabajo, cuya experiencia es el punto de referencia para los espectadores. Ruiz actúa además como una especie de brújula moral, ya que no comparte el mismo código de conducta que sus compañeros más experimentados, quienes ven su trabajo y el entorno donde lo deben desempeñar de una manera bastante singular. Al ocupar estos lugares comunes y arquetipos, la cinta parece avanzar por un camino medio convencional, algo que llama la atención considerando que estamos ante una obra que fue premiada en el Festival de Cannes de 2019 con el Premio del Jurado. Sin ser una mala película, pueden surgir dudas acerca de qué tan sobresaliente es para merecer un reconocimiento de ese tipo.

La respuesta a esas preguntas brota durante los últimos minutos del metraje, con una secuencia de gran intensidad, que surge como una explosión de la tensión que se fue acumulando durante años en el barrio. Es difícil imaginar un clímax como este en una película hollywoodense, dado que en esa industria prefieren evitar situaciones conflictivas como la mostrada en Les Misérables, sobre todo porque nos obliga como espectadores a pensar sobre nuestros propios principios, sobre cuestiones que se encuentran en la base misma de nuestro ser.

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